Quedaban dos días.
Ren lo supo apenas abrió los ojos, incluso antes de mirar la hora en el teléfono. Había ciertas condenas que no necesitaban calendario. Se instalaban en el cuerpo, en la garganta, en esa parte silenciosa del pecho donde el miedo no hacía ruido, pero tampoco dejaba respirar.
Dos días para que venciera el plazo de Kuno Iko.
Dos días para decidir si obedecer a un hombre capaz de convertir una amenaza en accidente.
Dos días para mirar a Kaoru, a Yoshiro, a Saori, y fingir que el mundo seguía funcionando con normalidad.
Permaneció sentado en el borde de la cama durante varios minutos, con la camisa aún desabotonada entre las manos. La llamada de Kuno volvía a él con una precisión cruel.
Sería una lástima que la directora Kaoru, el director Yoshiro o la eficiente asistente Saori se vieran involucrados en algún accidente.
Ren cerró los ojos.
No era su vida la que estaba en juego.
Si hubiera sido solo él, quizá habría sido más fácil.
Pero no lo era.
Y por eso el miedo tenía otro peso.
Llegó a la empresa antes que casi todos. Las luces del piso todavía estaban encendiéndose una a una cuando cruzó el pasillo hacia su oficina. Dejó el bolso sobre la silla, encendió el computador y abrió los informes de Kanagawa, pero las cifras se le mezclaron frente a los ojos. Presupuesto. Proveedores. Confirmaciones técnicas. Fechas de inicio. Todo aquello por lo que había trabajado durante años estaba allí, ordenado en archivos impecables, como si el esfuerzo pudiera protegerse a sí mismo de la violencia.
No podía.
Miró el documento final.
El proyecto estaba listo.
Demasiado listo.
Y quizá por eso Kuno lo quería muerto antes de nacer.
Ren apoyó los codos sobre la mesa y se cubrió el rostro con ambas manos. Durante un segundo, una idea cruzó su mente con una claridad terrible.
Detenerlo.
Bastaba con una firma.
Una demora técnica.
Una objeción administrativa.
Un informe falso.
Podía romper con sus propias manos aquello que había levantado durante años.
Podía hacerlo.
Si con eso Kaoru seguía a salvo.
El pensamiento le provocó una náusea breve, pero no lo apartó. Porque Ren sabía que el amor no siempre se parecía a una promesa hermosa. A veces se parecía a una renuncia que nadie iba a agradecer.
A las nueve en punto llegó la convocatoria.
Sala de directorio.
Última reunión antes del viaje final a Kanagawa.
Ren tardó unos segundos en levantarse. Al salir de la oficina, se encontró con Saori en el pasillo. Ella llevaba una carpeta contra el pecho, el cabello perfectamente ordenado y esa elegancia discreta que hacía parecer fácil cualquier cosa que en realidad exigía esfuerzo. Lo miró con atención.
—No dormiste bien —dijo.
Ren intentó sonreír.
—¿Se nota tanto?
—En ti, sí.
Él bajó la mirada.
—Hay mucho que cerrar.
Saori caminó a su lado.
—Kanagawa siempre ha sido mucho para ti.
Ren no respondió de inmediato.
Porque decir “sí” ya no alcanzaba.
Porque Kanagawa había dejado de ser solo un proyecto. Ahora era una amenaza. Un blanco. Un lugar hacia donde todos caminaban sin saber que alguien ya había decidido esperarlos con las manos sucias.
—Solo quiero que termine bien —murmuró.
Saori lo miró de reojo.
—Va a terminar bien.
Ren quiso creerle.
Pero no pudo.
Cuando entraron a la sala, Kaoru ya estaba sentada en la cabecera. Vestía de manera sobria, impecable, con esa autoridad que no necesitaba levantar la voz. Sin embargo, había algo distinto en ella. Ren lo notó antes de entenderlo. Una tensión leve en los hombros. Una sombra bajo los ojos. Una forma distinta de sostener el lápiz entre los dedos, como si hubiera pasado la noche sujetando preguntas que no encontraba dónde dejar.
Kaoru no lo miró de inmediato.
Y eso, por alguna razón, le dolió.
La reunión comenzó con normalidad. Los equipos técnicos confirmaron avances. Los permisos finales estaban aprobados. La visita a Kanagawa debía cerrar los últimos detalles antes del inicio oficial de las obras. Saori expuso el itinerario con precisión.
—La salida está prevista para mañana a primera hora —dijo, pasando una hoja al centro de la mesa—. Ren y yo nos reuniremos con los proveedores, revisaremos la zona de instalación y entregaremos el informe definitivo al regresar.
Kaoru levantó la vista.
—No.
La palabra cayó limpia.
Sin volumen.
Sin explicación.
Saori se quedó inmóvil.
Ren también.
—¿Perdón? —preguntó Saori.
Kaoru dejó el lápiz sobre la mesa.
—Esta vez iré yo.
Saori tardó un segundo en reaccionar.
—Directora, no es necesario. El viaje es operativo. Ren y yo podemos resolverlo.
—Lo sé.
—Entonces…
—Pero quiero supervisarlo personalmente.
Ren observó a Kaoru. Había algo en su voz que no pertenecía al proyecto. Algo más íntimo, más confuso, más difícil de nombrar.
Saori respiró con calma, aunque sus dedos se tensaron sobre la carpeta.
—En ese caso, iré con ustedes.
Kaoru la miró.
—No será necesario.
El silencio que siguió no fue laboral.
Fue humano.
Y todos lo sintieron.
Saori bajó lentamente la carpeta.
—¿No será necesario?
—Ren conoce los detalles técnicos. Yo necesito revisar el estado general del proyecto. Con eso basta.
Ren quiso intervenir, pero no supo cómo hacerlo sin empeorar algo que aún no entendía.
—Kaoru —dijo con cuidado—, Saori ha estado en todo el proceso. Puede ser útil que…
—No estoy cuestionando su capacidad.
La frase salió demasiado rápida.
Kaoru lo notó.
Saori también.
Ren guardó silencio.
Kaoru sostuvo la mirada de Saori con una serenidad que parecía construida, no nacida.
—Solo estoy reorganizando la visita.