Siempre fuiste Tú. Cuando el amor regresa tarde

Capítulo 35- El camino de regreso

Saori fue la primera en marcharse.

No dijo nada más.

No era necesario.

Las palabras que había pronunciado frente a los ascensores continuaron flotando en el aire incluso después de que su figura desapareciera al final del pasillo.

Kaoru permaneció inmóvil.

Observando el espacio vacío donde segundos antes había estado la asistente.

Por alguna razón, aquella conversación había logrado algo que ni los informes del hospital, ni las fotografías antiguas, ni las explicaciones racionales habían conseguido.

La había obligado a mirar hacia dentro.

Cuando él está conmigo, usted aparece.

Y cuando usted aparece, él deja de estar conmigo.

Aquella frase regresó una vez más.

Suave.

Dolorosa.

Imposible de ignorar.

Durante varios segundos permaneció allí, sin moverse, mientras empleados y ejecutivos continuaban transitando por el piso corporativo ajenos a la tormenta silenciosa que comenzaba a formarse dentro de ella.

Finalmente levantó la vista y presionó nuevamente el botón del ascensor.

Las puertas se abrieron.

Entró sola.

Y el descenso comenzó.

Los números cambiaban lentamente sobre el panel iluminado mientras Kaoru observaba su propio reflejo deformado en las puertas metálicas.

Parecía la misma mujer de siempre.

La directora segura.

La ejecutiva brillante.

La mujer que rara vez dudaba.

Y sin embargo, algo estaba cambiando.

Porque junto a las palabras de Saori aparecieron otras imágenes.

El hospital.

La carpeta antigua.

El nombre Kaoru Takagi.

Las fotografías.

Los dolores de cabeza.

Aquellas sensaciones imposibles de explicar que aparecían cada vez que se acercaba a algo relacionado con su pasado.

Cerró los ojos.

Y por primera vez una idea se presentó con absoluta claridad.

Necesitaba volver.

No al hospital.

No exactamente.

Necesitaba volver a aquel pueblo.

A los lugares que existían antes de los documentos.

Antes de los informes.

Antes de que otros le contaran quién había sido.

Las puertas se abrieron en el estacionamiento subterráneo.

Kaoru salió lentamente.

Su automóvil corporativo ya la esperaba.

El chofer abrió la puerta trasera apenas la vio acercarse.

—Buenas tardes, directora. ¿Vamos a la reunión?

Kaoru se detuvo unos segundos.

La reunión.

Los contratos.

Las cifras.

Las negociaciones.

Todo seguía aguardándola.

Pero por primera vez en mucho tiempo nada de aquello le pareció verdaderamente importante.

—No.

El chofer levantó la vista por el espejo retrovisor.

—¿Directora?

—Lléveme al pueblo donde está el hospital.

La sorpresa cruzó fugazmente el rostro del hombre.

—¿Ahora mismo?

—Sí.

—Entendido.

El vehículo abandonó el estacionamiento.

Y mientras los edificios de Tokio comenzaban a quedar atrás, Kaoru tuvo la extraña sensación de estar avanzando hacia algo que llevaba demasiado tiempo esperándola.

El viaje transcurrió en silencio.

La ciudad desapareció poco a poco.

Las avenidas dieron paso a carreteras más estrechas.

Los edificios se transformaron en pequeñas casas.

Y cuanto más se acercaban al pueblo, más intensa se volvía aquella sensación difícil de describir.

No era nostalgia.

No era tristeza.

Era reconocimiento.

Como si una parte olvidada de sí misma estuviera despertando.

Como si su memoria conociera el camino incluso cuando ella era incapaz de recordarlo.

Entonces apareció.

Una pequeña plaza.

Árboles altos.

Senderos de tierra.

Y unos viejos columpios.

El corazón de Kaoru dio un vuelco tan repentino que incluso ella se sorprendió.

—Deténgase.

El automóvil frenó suavemente junto a la acera.

—¿Ocurre algo, directora?

Kaoru no respondió de inmediato.

No podía apartar la mirada de aquellos columpios.

—Espéreme aquí.

Descendió lentamente.

El aire del pueblo era distinto.

Más limpio.

Más tranquilo.

Caminó hasta la plaza.

Y al acercarse sintió una opresión extraña en el pecho.

Ya había estado allí.

Lo sabía.

No podía explicarlo.

Pero lo sabía.

Se sentó en uno de los columpios.

El metal crujió suavemente.

El viento agitó las hojas de los árboles.

Y entonces ocurrió.

No fue un recuerdo completo.

Fue apenas una grieta.

Una niña balanceándose.

El cielo girando lentamente sobre ella.

Risas.

Y una voz masculina a su espalda.

—Más alto.

La niña reía.

La voz también.

Nada más.

La imagen desapareció tan rápido como había llegado.

Kaoru abrió los ojos de golpe.

Su respiración se había acelerado.

Una extraña emoción se instaló dentro de su pecho.

No podía recordar el rostro.

No podía recordar el nombre.

Pero aquella voz le había resultado dolorosamente familiar.

—¿Quién eres…? —susurró.

Pero solo el viento respondió.

Permaneció allí varios minutos.

Intentando recuperar aquella imagen.

Intentando escuchar aquella voz una vez más.

Intentando alcanzar algo que seguía escapando justo antes de ser comprendido.

Finalmente se levantó y regresó al automóvil.

Sin respuestas.

Solo con una sensación aún más profunda de que había olvidado algo importante.

Algo que alguna vez había significado el mundo entero para ella.

Cuando abandonaban el pueblo, otro lugar llamó su atención.

El gimnasio apareció al otro lado de la calle.

Varias adolescentes ingresaban cargando bolsos deportivos.

Y apenas lo vio, una punzada atravesó su pecho.

—Deténgase otra vez.

El chofer obedeció sin hacer preguntas.

Kaoru observó el edificio.

Algo en él la llamaba.




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