Siempre fuiste Tú. Cuando el amor regresa tarde

Capítulo 36- La cuenta regresiva

El teléfono vibró sobre el escritorio.

Ren levantó la vista de los documentos de Kanagawa y observó la pantalla iluminada. Un número desconocido. Durante unos segundos no hizo nada. El aparato continuó vibrando en medio del silencio de la oficina hasta que, finalmente, dejó de sonar.

Pensó que había terminado.

Se equivocó.

Un minuto después apareció un mensaje.

Dos palabras.

Dos días.

Nada más.

El frío que le recorrió la espalda fue inmediato. No necesitaba una firma para reconocer al remitente. Kuno Iko había decidido recordarle que el tiempo seguía avanzando, que la amenaza no había sido una advertencia vacía, que en alguna parte de Tokio alguien había empezado a contar las horas por él.

Ren eliminó el mensaje casi por reflejo, como si borrar aquellas letras pudiera hacer desaparecer también el peligro que contenían. Pero incluso después de que la pantalla volvió a quedar vacía, la sensación permaneció allí, instalada en algún lugar entre el pecho y la garganta.

Se puso de pie y cerró la puerta de su oficina.

Tokio seguía abajo, inmensa, brillante, indiferente. Millones de personas continuaban con sus vidas sin sospechar que, en alguna parte de aquella ciudad, hombres como Kuno Iko podían decidir el destino de otros con la misma facilidad con que alguien mueve una pieza sobre un tablero.

Ren apoyó una mano contra el vidrio.

La ciudad parecía tranquila.

Demasiado tranquila.

Y él comenzaba a desconfiar de las cosas que parecían tranquilas.

Porque el peligro rara vez llegaba haciendo ruido. A veces llegaba mediante una llamada. O mediante una fecha. O mediante una amenaza pronunciada con voz educada.

Cerró los ojos.

Y, como ocurría cada vez que el miedo lograba atravesar sus defensas, el primer rostro que apareció en su mente fue el de Kaoru.

La recordó sentada al otro extremo de una mesa de reuniones, fingiendo una seguridad que a veces parecía agotarla. La recordó caminando por los pasillos de la empresa con aquella elegancia natural que hacía que todos se apartaran para dejarla pasar. La recordó aquella noche en que el dolor de cabeza la había obligado a bajar la guardia durante unos minutos y él había descubierto, detrás de la directora impecable, a una mujer que parecía cargar más peso del que admitía.

Cada día que pasaba, Kaoru se acercaba más a una verdad que ninguno de los dos alcanzaba a comprender por completo.

Y quizá por eso el miedo era peor.

Porque ya no temía por sí mismo.

Temía por ella.

—Perdóname… —murmuró.

La palabra escapó apenas de sus labios.

No sabía exactamente a quién iba dirigida. Tal vez a Kaoru. Tal vez al proyecto de Kanagawa. Tal vez a sí mismo. Tal vez a la niña que había amado durante veinte años sin saber que el destino terminaría devolviéndola convertida en otra persona, con otro apellido, otra vida y un anillo prometido por otro hombre.

Kaoru continuaba en su auto camino a su casa. Durante unos segundos permaneció inmóvil, escuchando el zumbido distante del aire acondicionado, como si ese sonido pudiera llenar el vacío que se le había formado en el pecho.

Luego tomó el teléfono.

Había un mensaje de Yoshiro desde Estados Unidos.

Espero que estés bien. Mañana tengo la última reunión. Cuando vuelva, quiero que podamos hablar tranquilos. Te extraño.

Kaoru leyó el mensaje una vez.

Luego otra.

Y sintió culpa.

Yoshiro era bueno. Lo había sido siempre. Bueno de una manera serena, constante, sin necesidad de exigirle nada. Era el tipo de hombre que no presionaba, que no invadía, que no intentaba poseerla. Había estado a su lado con paciencia, aceptando sus silencios, sus ausencias, sus distancias inexplicables. Y precisamente por eso la culpa dolía más.

Porque Yoshiro no merecía ser parte de ese desorden silencioso que ella llevaba dentro.

Le respondió con cuidado.

Estoy bien. Hablamos cuando regreses. Cuídate.

Envió el mensaje.

Y solo después se dio cuenta.

No había escrito “yo también te extraño”.

La omisión quedó flotando frente a ella con más peso que una mentira.

Kaoru dejó el teléfono sobre el asiento y cerró los ojos. Durante un instante intentó justificarlo. Cansancio. Trabajo. Distracción. Pero ninguna explicación logró quedarse en pie demasiado tiempo.

Había palabras que una prometida debía escribir sin pensarlas.

Y ella no las había escrito.

Pensó en Ren.

En su forma de callar cuando algo le dolía. En la manera en que desviaba la mirada antes de responder ciertas preguntas. En esa tristeza antigua que parecía acompañarlo incluso cuando sonreía. Una tristeza que no pertenecía al presente. Una tristeza que parecía venir desde mucho antes de que ella entrara en su vida.

Pensó en Saori.

En su dignidad herida. En su forma de haber dicho la verdad sin levantar la voz. En esos celos que no habían parecido capricho, sino advertencia.

Kaoru cerró los ojos.

El dolor de cabeza apareció apenas, como un aviso.

No fue intenso.

Fue peor.

Fue familiar.

Al llegar a su departamento, no encendió todas las luces. Dejó el abrigo sobre una silla, caminó hasta la ventana y observó Tokio desde la altura. La ciudad parecía tranquila, pero Kaoru ya no confiaba en las cosas que parecían tranquilas.

Las palabras de Saori seguían allí.

Las de Yoshiro también.

La foto en el gimnasio.

Ese niño que no podía recordar.

Y en medio de todas, como una presencia que no había pedido entrar, estaba Ren.

Al día siguiente viajaría a Kanagawa con él.

Sola con él.

Intentó repetirse que era una decisión profesional. Una visita necesaria. Una supervisión lógica antes del inicio de las obras. Nada más que trabajo. Nada más que responsabilidad. Nada más que una directora cumpliendo con su deber.

Pero por primera vez en mucho tiempo, Kaoru no logró convencerse del todo.




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