La mañana llegó demasiado rápido.
Tokio apenas comenzaba a despertar cuando Ren Nakamura salió del edificio donde vivía y caminó hacia el vehículo corporativo que la empresa había dispuesto para el viaje. El aire era fresco y el cielo comenzaba a teñirse con los primeros tonos dorados del amanecer.
Quedaba un día.
Solo uno.
La frase seguía resonando dentro de su cabeza desde la llamada de Kuno Iko.
Tres días.
No decir nada.
No acudir a la policía.
No intentar ser un héroe.
Ren había intentado convencerse de que aquella amenaza era una simple maniobra para intimidarlo. Sin embargo, algo en la voz de aquel hombre le había hecho comprender que hablaba completamente en serio.
Cuando vio aparecer a Kaoru frente al edificio corporativo, apartó aquellos pensamientos.
Ella llevaba un elegante abrigo oscuro y una carpeta bajo el brazo. Su cabello negro se movía suavemente con el viento de la mañana.
—Buenos días.
—Buenos días.
Nada más.
Pero ambos sintieron aquella incomodidad extraña que aparecía cada vez con más frecuencia cuando estaban solos.
Subieron al vehículo.
El chofer puso rumbo al aeropuerto.
Apenas habían avanzado unos minutos cuando el teléfono de Ren vibró.
Un mensaje.
Saori.
“Buen viaje. Cuando regreses quiero que conversemos. Todavía sigo esperando que me des una oportunidad.”
Ren sonrió con cierta resignación.
Saori era una buena mujer.
Inteligente.
Honesta.
Directa.
Quizás demasiado directa.
Guardó el teléfono.
No alcanzó a notar que Kaoru había visto parte del mensaje reflejado en la pantalla.
Y tampoco notó la sensación desagradable que apareció dentro de ella.
Una molestia irracional.
Infantil.
Injustificada.
Porque Ren podía hablar con quien quisiera.
Porque Saori era libre de sentir lo que quisiera.
Porque ella estaba comprometida.
Y porque Ren no era nada suyo.
Nada.
Aun así, durante buena parte del trayecto permaneció mirando por la ventana.
Molesta consigo misma.
Y sin entender realmente por qué.
Mientras tanto, en Tokio, Yoshiro Adewaki atravesaba el vestíbulo principal de la empresa después de regresar desde Estados Unidos.
El viaje había sido un éxito.
Los últimos asuntos pendientes estaban prácticamente resueltos.
Por primera vez en años comenzaba a imaginar una vida estable junto a Kaoru en Japón.
Saludó a varios empleados.
Entre ellos a Hiko.
—Bienvenido de vuelta.
—Gracias.
Yoshiro sonrió.
—¿Dónde está Kaoru?
—Salió temprano.
—¿Reunión?
—Kanagawa.
Yoshiro asintió.
—Perfecto.
Hiko dudó apenas un instante.
—Fue con Ren.
El silencio apenas duró unos segundos.
Nada más.
Yoshiro no era un hombre desconfiado.
Mucho menos celoso.
Sin embargo, desde hacía semanas existía una sensación que no lograba ignorar.
Algo estaba cambiando.
Algo que no podía ver.
Como una grieta pequeña bajo una superficie aparentemente perfecta.
—Entiendo.
Continuó caminando hacia su oficina.
Pero por primera vez desde que había llegado a Japón se preguntó si realmente conocía todo lo que estaba ocurriendo dentro del corazón de Kaoru.
Kanagawa los recibió con un cielo despejado.
Los permisos estaban aprobados.
Los contratos firmados.
Los inversionistas presentes.
La prensa local esperaba.
Meses de trabajo finalmente desembocaban en aquel momento.
Cuando comenzó la ceremonia oficial, Ren observó el enorme terreno donde se levantaría el proyecto.
Recordó las reuniones interminables.
Los viajes.
Los obstáculos.
Las discusiones.
Las amenazas.
Todo.
Kaoru estaba a su lado.
Por un instante sus miradas se encontraron.
Luego llegó el momento.
Ambos tomaron las herramientas ceremoniales.
La primera piedra fue colocada.
Los aplausos estallaron alrededor.
Las cámaras capturaron el instante.
Y durante unos segundos pareció que nada malo podía ocurrir.
Como si el mundo les hubiera concedido una pequeña tregua.
Una última tregua.
La celebración comenzó al caer la noche.
Un pequeño bar cercano al puerto.
Nada lujoso.
Nada ostentoso.
Solo un lugar tranquilo donde los equipos podían relajarse después del éxito conseguido.
La mayoría de los ingenieros ocupaba otras mesas.
Ren y Kaoru terminaron sentados frente a frente.
Con dos copas sobre la mesa.
La conversación avanzaba con una naturalidad que ninguno de los dos estaba dispuesto a reconocer.
Entonces el teléfono de Ren volvió a vibrar.
Saori.
“Felicitaciones. Sabía que lo lograrías.”
Ren sonrió apenas antes de guardar el dispositivo.
Kaoru observó el gesto.
Y finalmente preguntó.
—¿Es Saori?
Ren asintió.
—Sí.
—Parece escribirte bastante.
—Supongo.
—Le gustas.
Una pequeña sonrisa apareció en el rostro de Ren.
—Tal vez.
Kaoru tomó la copa.
—¿Y a ti?
La respuesta llegó inmediatamente.
—No.
Aquello produjo un alivio tan repentino dentro de ella que casi se molestó consigo misma.
—¿Por qué?
Ren permaneció unos segundos en silencio.
Luego bajó la mirada.
—Porque mi corazón pertenece a otra persona.
Algo se tensó dentro de Kaoru.
Por un instante pensó que existía una mujer de la que nunca había hablado.
Quizás alguien que seguía esperando.
Quizás alguien que ocupaba ese lugar desde hacía años.
—¿Ella lo sabe?
Ren soltó una leve risa.
Una risa triste.
—No.
—¿Entonces?
Él observó la copa frente a sí.
—Porque probablemente nunca vuelva a verla.
Kaoru frunció ligeramente el ceño.