Siete años despues

Capitulo 2

Elena

El segundo día de trabajo se sentía diferente. La adrenalina del primer día había sido reemplazada por una presión sorda en el pecho. Me miré unos segundo al espejo mientras terminaba de abotonar mi blazer gris marengo. El corte era perfecto, profesional y se apegaba a mis curvas de una forma exquisita, no era una mujer delgada, todo lo contrario. Siempre fui voluptuosa, llena de curvas y luego del embarazo era inevitable notar que mis pechos y trasero eran más grandes y llamaban demasiado la atención.

Como cada mañana, mientras terminaba de arreglar y ajustar el cuello de mi camisa, un destello de memoria saltó sin previo aviso.

Tenía apenas quince años cuando Luca de Santis me miró por primera vez. Fue una tarde de esas que parecen insignificantes hasta que el recuerdo se vuelve eterno. El sol caía sobre Sitges y yo estaba descalza frente a la fuente de la plaza, con los pies en el agua fría, riendo con mis amigas. Llevaba un vestido simple, de un color verde menta que me hacía sentir libre.

—Te estás mirando —susurró mi amiga Camila.

Y entonces lo vi. Luca estaba apoyado contra la pared, con los brazos cruzados. No era como los otros chicos; él no gritaba ni hacía bromas. Solo observaba. El hijo de Marc de Santis. El chico brillante que se iría lejos. Cuando nuestras miradas se cruzaron, sentí una suave curiosidad instalándose en mi estómago.

A los pocos días, empezó a aparecer en todas partes: la cafetería, la biblioteca, la playa. Hasta que un día, con esa voz profunda y ronca que parecía vibrar en el aire, me dijo:
—Hola, Elena.

Nos enamoramos sin promesas. Él me hablaba de libros y de Nueva York, de un futuro donde yo estaba incluida.
—Nunca te haría daño —me dijo una vez, apoyando su frente contra la mía bajo un cielo lleno de estrellas.

Yo le creí. Siempre le creí. Y tal vez ese fue mi mayor error.

—¡Mami, no encuentro mi mochila! —El grito de Leo desde el pasillo me devolvió de golpe a la realidad.

Parpadeé frente al espejo. La chica del vestido verde menta ya no existía. Ahora solo quedaba esta mujer de treinta años que solo vivía constantemente para el pequeño que acababa de gritarle desde el pasillo..

—Está junto a la puerta, Leo. La tía Sofi la dejó ahí —respondí, intentando que mi voz no temblara.

Cada vez que un recuerdo de Luca asomaba en mi mente me dejaba inquieta, pero hoy era el cumpleaños de Leo y no quería que se diera cuenta de que algo pasaba.

Deje a Leo en su colegio con un beso rápido en la frente. Sus ojos verdes me miraron profundamente, y por un segundo, sentí un escalofrío. "Hoy cumple siete años", pensé. Siete años de un secreto que pesaba cada día más.

Cada cierto tiempo, me culpaba por estar quitandole a Leo la presencia de su padre, pero luego de irme de Sitges intente comunicarme con Luca en demasiadas oportunidades a través de llamadas y correos, pero todas terminaban en su buzón de voz o los mail rebotaban ya que al parecer había bloqueado la recepción de mensajes de correos nuevos. Por eso me rendí, cuando mi hijo llegó a mi vida me juré protegerlo y no quería que él también sintiera el desprecio de Luca pero aún así me preguntaba que haría él si se enterara de su existencia.

Sin darme cuenta llegué a la oficina antes que nadie. La planta doce estaba sumida en un silencio sepulcral, interrumpido solo por el zumbido del aire acondicionado.

Me preparé un café y me senté en mi escritorio para revisar el informe financiero que había preparado el día de ayer y que el CEO había solicitado. Hoy volvía de Madrid y no podía permitirme ni un solo error. Todos en la oficina hablaban de él como el temible Jefe, que no aceptaba errores ni faltas en el trabajo y yo no quería dar una mala impresión.

Sin darme cuenta, en un momento el ambiente de la oficina cambió. Había un silencio algo extraño y se instaló una tensión eléctrica en el aire. Escuché varios pasos decididos por el pasillo y vi pasar a algunos altos ejecutivos hasta la sala de junta general.

—Ya llegó —susurró Julián, quien era mi compañero de escritorio y con quien debía trabajar codo a codo en el área de finanzas, con una mezcla de respeto y miedo.

De un momento a otro, me puse nerviosa. Había escuchado como algunas personas hablaban del CEO, pero verlos con tanto miedo y respeto me asusto.

Luego de unos minutos que se me hicieron eternos, la puerta de la sala de juntas se abrió y la Sra. Garrido asomó la cabeza.

—Elena, por favor, traiga los balances. El director General la espera.

Caminé con la espalda recta, sosteniendo la carpeta contra mi pecho como si fuera un escudo. Entré en la sala, bañada por la luz blanca de los grandes ventanales de Barcelona. Había varios hombres de traje, pero solo uno estaba de espaldas, mirando hacia el horizonte de la ciudad.

Era alto, de hombros anchos, y vestía un traje impecable que se notaba que estaba hecho a su medida y que gritaba poder.

—Señor —dijo la Sra. Garrido—, esta es Elena Rossi, nuestra nueva encargada de finanzas.

El hombre se tensó y por un segundo no entendí el por qué, vi cómo sus hombros se ponían rígidos, como si el nombre hubiera sido un disparo. Lenta, muy lentamente, se dio la vuelta y entendí el motivo de su rigidez.

El aire abandonó mis pulmones. El mundo, tal como lo conocía, se detuvo.

No era un extraño. No era un jefe exigente de Madrid, ni el CEO de ninguna empresa.
Era él.

Luca.

Pero esté hombre no era el mismo chico cariñoso, carismático y con una sonrisa cálida que conocí a mis 15 años en Sitges. El hombre que tenía frente a mí tenía la mirada endurecida, un aspecto frío y una cicatriz casi imperceptible en la muñeca que yo conocía perfectamente y esos ojos verdes que veía todo los días en nuestro hijo, se posaron en mi y solo podía sentir su rabia con una mezcla de desprecio y odio que me hizo retroceder un paso.

—¿Elena? —Su voz, ahora más grave y cargada de una frialdad que me heló la sangre, pronunció mi nombre como si fuera un insulto.




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