Siete años despues

Capitulo 3

Elena

El silencio en la sala de juntas de Elaris Group era tan denso que podía oír el zumbido de los servidores ocultos tras los paneles de madera de nogal. El aire acondicionado, ajustado a una temperatura gélida, no lograba enfriar el ardor de mis mejillas. Los papeles de los balances, los mismos que llevaba horas enteras revisando en la mesa de mi escritorio para que estuvieran perfectos, yacían desparramados a mis pies como pétalos marchitos tras una tormenta.

—¿Se conocen? —La voz de la Sra. Garrido sonó pequeña, lejana, rompiendo el trance que nos mantenía congelados.

Luca no respondió. No apartaba sus ojos de los míos. Eran los mismos ojos verdes que acababa de ver en Leo esa mañana mientras desayunábamos cereales, pero estos estaban vacíos de toda la calidez que mi hijo les otorgaba. Ya no era el chico que me prometió, bajo el faro de Sitges, que nunca dejaría que nada me hiciera daño; era un extraño que cargaba con el peso de un imperio y el rencor acumulado de siete inviernos.

—NO —dijo Luca.

El tono de su voz fue más alto de lo normal, una vibración grave que hizo que se me erizaran todos los vellos del cuerpo. Era una voz pausada y cortante, precisa como un bisturí entrando en carne viva

—Sra. Garrido, ¿esta es la mejor candidata que Finanzas pudo encontrar para el puesto de confianza? Porque si su capacidad de organización es igual a la destreza que tiene para sostener una carpeta, estamos en problemas.

El golpe dolió más que si me hubiera abofeteado físicamente. Mi orgullo, ese que había construido ladrillo a ladrillo en Barcelona, lejos de los susurros de la alta sociedad que me dio la espalda, se encendió como un reguero de pólvora. Me agaché a recoger los papeles, intentando que mis manos no temblaran. Sentía su mirada quemándome la nuca, juzgando cada uno de mis movimientos.

Al levantarme, me obligué a sostenerle la mirada. Ya no era la niña asustadiza que él recordaba.

—Mis antecedentes son impecables, Sr. De Santis —dije, usando su apellido como una barrera de acero—. Pasé tres filtros de selección externos y mis números hablan por sí solos. Si tiene alguna duda sobre mi profesionalidad, podemos revisarlos ahora mismo. No he llegado aquí por casualidad, sino por capacidad.

Luca dio un paso hacia adelante, rodeando la mesa de cristal. El aroma de su perfume, una mezcla de sándalo, cuero y algo metálico, me golpeó los recuerdos con la fuerza de un naufragio. Seguía oliendo igual que hace siete años, una fragancia que se me había quedado grabada en la piel durante tantas noches de verano. Se detuvo a escasos centímetros de mí. La hostilidad que emanaba era física, una presión en el pecho que me dificultaba respirar.

—La profesionalidad implica confianza, Rossi —susurró, bajando el tono para que solo yo lo escuchara, su aliento rozando mi oreja como una amenaza—. Y tú y yo sabemos que esa es una palabra que te queda demasiado grande. No sé cómo has logrado engañar a Recursos Humanos, pero a mí no me vendes tus mentiras otra vez.

—Luca, por favor... —empecé a decir, sintiendo que las paredes de la sala se cerraban sobre nosotros.

—Señor De Santis —me corrigió con una frialdad que me heló la sangre—. Aquí no soy nada más. Sra. Garrido, dejen los balances sobre la mesa. Quiero revisarlos a solas con la nueva encargada. El resto, fuera. Ahora.

Los demás ejecutivos salieron rápidamente, evitando el contacto visual conmigo y lanzándome miradas que oscilaban entre la curiosidad morbosa y la lástima, mi compañero Julian, fue el último en salir, cerrando la puerta con un clic metálico que sonó en mis oídos como una sentencia de muerte.

Estábamos solos. El eco de nuestra última conversación en Sitges volvió a instalarse en mi memoria con una claridad aterradora. Aquella noche de lluvia, sus gritos, mi maleta medio abierta en el suelo y el motor de su coche alejándose mientras yo me quedaba bajo el umbral de la puerta, rota y vacía.

Luca caminó hacia el gran ventanal que ofrecía una vista privilegiada de la Barcelona que me había acogido cuando no tenía nada. Se veía imponente, con su traje italiano hecho a medida que marcaba la rigidez de una espalda que gritaba que ahora él era el dueño del mundo. Yo, en cambio, me sentía como un peón que acababa de descubrir que el tablero pertenecía a su peor enemigo.

—Siete años, Elena —dijo sin girarse—. Siete años sin dar señales de vida, y apareces precisamente en mi empresa. ¿Qué buscas? ¿Dinero? ¿Venganza? ¿O es que tu vida de lujos en la ciudad no resultó ser tan brillante como planeaste?

No iba a negar que dolía demasiado que pensara que estaba aquí por su dinero. Él me conocía, o mejor dicho, creía conocer a la Elena de veintiún años que solo quería merecer su amor. No sabía nada de la mujer que había trabajado en tres sitios a la vez para pagar guarderías y alquileres.

—Busco trabajo, Luca. Solo trabajo —respondí, intentando recuperar el aliento—. No sabía que Elaris era tuya. El holding cambió de nombre hace tres años, ¿cómo iba a saberlo?

Él se giró bruscamente. Sus ojos destellaron con una furia contenida que me hizo retroceder un paso.

—Adquirí la mayoría de las acciones hace algunos años—escupió—. Pero claro, ¿qué vas a saber tú de esfuerzo, si escapaste de Sitges a los pocos días de que se descubriera la verdad de tus intenciones? Huiste como la cobarde que siempre fuiste cuando te atraparon en tu propio juego.

—¡Tú me echaste! —Mi voz se quebró, pero recuperé el control de inmediato, clavando las uñas en mis palmas—. Me echaste sin escucharme, basándote en las mentiras de los demás. Me trataste como a una basura y me fui porque no me quedaba nada que proteger allí.

—Te quedaba la verdad, y nunca tuviste el valor de decirla —se acercó de nuevo, invadiendo mi espacio personal de una forma que resultaba asfixiante—. Mañana quiero tu carta de dimisión en mi mesa a primera hora. No te quiero en mi edificio. No te quiero en mi ciudad y, sobre todo, no te quiero en mi puta vida. ¿Ha quedado claro?




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