Luca
La luz fría de Barcelona se filtraba por las persianas automáticas de mi ático, marcando líneas perfectas sobre las sábanas de seda negra. Me desperté antes de que sonara la alarma, como siempre. El silencio en mi habitación era absoluto, una calma artificial que me había costado millones construir.
Me quedé unos segundos mirando el techo, dejando que el vacío me envolviera. Cada mañana, antes de poner un pie en el suelo, hacía un inventario mental de mi poder. Era un ritual de supervivencia. Pero hoy, algo en el aire se sentía pesado, como el presentimiento de una tormenta que no aparecía en el radar, como si algo estuviera a punto de romper el equilibrio perfecto que me había construido.
Me levanté y caminé descalzo hacia el ventanal. Mientras observaba el despertar de la ciudad, mi mente, traicionera, viajó a Sitges. Recordé los amaneceres en la costa, cuando el sol no era esta luz blanca y estéril de la ciudad, sino un resplandor dorado que iluminaba el cabello de Elena mientras dormía a mi lado. En aquel entonces, yo no necesitaba un imperio para sentirme el dueño del mundo; me bastaba con el calor de su cuerpo.
Aparté el pensamiento con un gruñido de desprecio. «Eso no fue real», me recordé por milésima vez. «Fue una inversión en una mentira que casi me cuesta la cordura».
Caminé hacia el vestidor. Mi uniforme de guerra consistía en trajes de tres piezas, camisas almidonadas y gemelos de platino. Mientras me anudaba la corbata frente al espejo, estudié mi reflejo. Había endurecido las facciones; la mandíbula era más cuadrada, la mirada más cínica. Ya no quedaba nada del chico que alguna vez pensó en comprar un anillo de compromiso ni del idiota que creyó que el amor era suficiente.
Ese chico murió el día que el video llegó a mi teléfono. Ese día, la voz de mi padre —que siempre me había advertido que la gente como los Rossi solo quería nuestro apellido— se convirtió en la única verdad.
—Hoy no es un día para debilidades, De Santis —le dije a mi reflejo, ajustando el blazer sobre mis hombros.
El trayecto a Elaris Group fue rutinario, pero mi irritación crecía sin motivo aparente. Cuando entré en la sala de juntas, varias personas ya esperaban mi presencia. Comenzamos la reunión hablando sobre el proyecto del cual me encargue de cerrar en Madrid.
Luego de tocar varios puntos y pedir al área de marketing que se encargaran de las propuestas para el siguiente proyecto di media vuelta para revisar los reportes financieros pero no había nadie representando a esa área. Como si hubiera leído mi mente, la Sra. Garrido se apresuró a buscar a la nueva jefa de finanzas que debía mostrar sus reportes.
—Por favor, traiga los balances. El director General la espera— no alcancé a escuchar el nombre pero me falto solo un segundo para poder reconocer a la mujer que entraba en la sala de reuniones, la vi y mi corazón dio un vuelco que me enfureció. Pensé que era una alucinación de mi mente cansada, pero cuando sus ojos quedaron fijos en los mios no dudaba de que la persona que tenía frente a mí era real... El impacto fue físico. Fue como si me hubieran arrancado el oxígeno de los pulmones, como si el pasado hubiera decidido golpearme sin previo aviso
Elena.
Ya no era la muchacha de vestidos de flores y risa fácil. La mujer que tenía frente a mí era una revelación de curvas y determinación. El tiempo había esculpido su cuerpo con una crueldad exquisita; se veía más llena, más mujer, más... prohibida. El traje que llevaba marcaba la curva de sus caderas de una forma que hacía que mis manos picaran por el recuerdo de su tacto.
Pero lo que más me dolió fue su mirada. Ya no había adoración en sus ojos, sino una chispa de desafío que me volvía loco. una distancia que no existía antes y que ahora me golpeaba directo en el orgullo.
—Señor —dijo la Sra. Garrido—, esta es Elena Rossi, nuestra nueva encargada de finanzas.
—Elena— dije en un susurro, escuchar su nombre nuevamente saliendo de mi boca fue el balde de agua fría que necesitaba y todos los recuerdos del pasado me llegaron como una tormenta que se desata sin previo aviso en medio de la calma.
El video.
Su plan de aprovecharse de mi y mi dinero.
Como la eché de mi vida sin pensarlo dos veces…
Todo volvió en tan solo unos segundos.
—¿Se conocen? —La voz de la Sra. Garrido sonó pequeña, lejana, rompiendo el trance que nos mantenía congelados.
—NO — dije en un tono de voz más alto de lo normal.— Sra Garrido, ¿esta es la mejor candidata para encargada del área de finanzas que Recurso Humanos pudo encontrar? Porque si su capacidad de organización es igual a la destreza que tiene para sostener una carpeta, estamos en serios problemas.
Solté las palabras con intención de herirla y por la forma en que su cuerpo se tenso, supe que lo había conseguido pero solo duró unos segundos antes de que se agachara a recoger los papeles y no pude evitar ver como su traje se le pegaba al cuerpo y de verdad, le hacían un culo increible. Sentí una corriente eléctrica que no supe como, fue directo a mi polla.
Se levantó y me sostuvo la mirada, ya no veía miedo ni odio en sus ojos. Y mierda, no se por que eso me gusto.
—Mis antecedentes son impecables, Sr. De Santis —soltó usando mi apellido como si eso me molestara—. Pasé tres filtros de selección externos y mis números hablan por sí solos. Si tiene alguna duda sobre mi profesionalidad, podemos revisarlos ahora mismo. No he llegado aquí por casualidad, si no por capacidad.
Sin darme cuenta, di un paso hacia adelante, rodeando la gran mesa de cristal. Me di cuenta inmediatamente que fue un grave error, ya que en segundos el olor de su fragancia me inundó, ella ya no olía a lavanda como aquella adolescente que conocí hace quince años. Ahora desprendía un rastro de ámbar y vainilla especiada que se quedaba flotando en el aire, envolvente y peligroso
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Editado: 03.05.2026