Elena
Al levantarme esta mañana pensaba que iba a ser uno de esos días buenos, por fin luego de meses donde incluso tuve 3 trabajos para poder pagar las facturas y el alquiler había encontrado el trabajo perfecto. Lo veía como un nuevo comienzo pero esa ilusión solo me duró unas horas antes de volver a ver a mi verdugo.
Fue la forma más cruel que tuvo la vida de decirme que no merezco nada bueno, es como si solo hubiera venido a este mundo a ver como se me escapan mis sueños. Desde pequeña mi sueño era convertirme en dueña de una cafetería, que estuviera cerca de las hermosas playas de Sitges, donde pudiera hornear y preparar mis pasteles y postres que tanto le gustaban,pero ese sueño se derrumbó el mismo día que Luca rompió mi corazón.
Luego de salir de la sala de reuniones mi jornada laboral se hizo eterna, no me di cuenta de la hora hasta que me encontré sola en la oficina. Rápidamente me levanté ya que tenía que llegar a casa para la celebración de Leo.
El trayecto en el metro de regreso a casa fue un borrón de luces y rostros anónimos. Mis dedos seguían apretando las correas de mi bolso con tanta fuerza que los nudillos me dolían, pero no podía relajarme. En mi mente, la voz de Luca se repetía como un disco rayado, una y otra vez: “Te hundiré de tal forma que no volverás a encontrar trabajo”.
Al bajar en mi parada, el aire húmedo de la tarde me golpeó la cara, devolviéndome a la realidad. Tenía que cambiar el chip. Hoy no era el día en que mi pasado había vuelto para intentar destruirme; hoy era el día en que mi hijo cumplía 6 años.
Cuando abrí la puerta del departamento, el olor a chocolate y vainilla me recibió de inmediato. Sofía ya estaba allí, terminando de decorar el salón con globos de colores y guirnaldas que colgaban un poco torcidas.
—¡Mami! —Un pequeño torbellino de energía se estrelló contra mis piernas.
Me agaché de inmediato, envolviendo a Leo en mis brazos. Al aspirar el aroma a jabón infantil y pegamento de su cabello, el nudo de ansiedad que llevaba en el pecho se aflojó apenas un milímetro. Sus ojos verdes —esos ojos que eran una réplica exacta de los que me habían mirado con odio horas antes— brillaban con una emoción pura, ajena a la guerra que acababa de estallar en Elaris Group.
—¡Mira lo que dibujé para mi fiesta! —exclamó, arrastrándome hacia la mesa.
Era un dibujo de nosotros tres: él, yo y Sofía, bajo un sol amarillo gigante. Sonreí, pero por dentro sentía que se me partía el corazón. Si Luca cumplía su amenaza, si lograba echarme sin indemnización, ese dibujo y este refugio seguro que habíamos construido se desvanecerían.
—Elena, tienes una cara de haber visto a un muerto —susurró Sofía, acercándose con una copa de vino mientras Leo corría a buscar sus juguetes—. ¿Qué pasó?
Negué con la cabeza dándole a entender que luego conversariamos, no quería arruinar la celebración de mi hijo. Mi hermana al parecer entendió el mensaje y volvió a la cocina para sacar algunos de los postres preferidos de Leo que habíamos preparado la noche anterior.
Durante las siguientes tres horas, luego de que varios compañeritos de escuela de Leo llegaran a su celebración, canté, reí y ayudé a Leo a abrir sus regalos. Pero cada vez que el niño reía, yo veía el hoyuelo en su mejilla derecha, el mismo que Luca tenía cuando se reía de verdad. Cada vez que alguien llamaba a la puerta, mi corazón daba un salto violento, temiendo que fuera él, exigiendo respuestas que no estaba lista para dar.
Mientras ordenaba mi hermana salió de la cocina con 2 copas de vino, me tendió una con la intención de terminar la conversación que no habíamos podido tener hace unas horas.
—Necesito que me digas ya que fue lo que sucedió—su tono de voz mostraba real preocupación— sabes que te conozco bien y desde que llegaste es como si estuvieras en otro lugar.
Sofía era una de las pocas personas que sabía la verdad de todo lo que sucedió con Luca, compartió conmigo el sentimiento de abandono, me acompañó a los controles prenatales y estuvo conmigo el día que me convertí en madre. Aunque también era la única que en varias oportunidades me había insistido en que contactara a Luca para que supiera de la existencia de Leo.
—Sabes que esa intuición tuya para saber que algo va mal es lo que más odio de ti —respondí, intentando bromear aunque el tono de mi voz fuera de pánico—. El CEO de Elaris...—desvié la mirada para que pudiera ver el pánico en mis ojos— El CEO de Elaris es Luca, Luca De Santis.
Solté la bomba y Sofía casi suelta la copa. Sus ojos se abrieron de par en par, reflejando el mismo terror que yo sentía.
—No puede ser, Elena. ¿Qué probabilidades había? Barcelona es enorme.
—Las suficientes para que el destino me escupa en la cara —dije, dejándome caer en el sofá y escondiendo el rostro entre las manos—. Me reconoció al instante. Y no dudo ni un segundo en demostrar el odio que tiene por mi, Sofía. Cree que me fui de Sitges porque era verdad todo lo que decían, cree todas las mentiras que su padre le contó. Me ha dado una semana para encontrar un error en mi trabajo y echarme a la calle.
—Pero no puede hacerlo, tienes un contrato...
—No conoces a Luca. Cuando quiere algo, no se detiene ante nada. Y ahora lo que quiere es verme destruida.
Miré a Leo, que estaba sentado en la alfombra intentando montar una pista de carreras. El miedo me recorrió la columna, frío y punzante. No tenía miedo por mí; yo ya había sobrevivido a lo peor. Tenía miedo por él. Si Luca descubría que Leo existía, si veía ese rostro que era un espejo del suyo, me lo quitaría. Usaría todo su poder, sus abogados y su dinero para arrancármelo, solo por el placer de hacerme pagar por una traición que nunca cometí.
—Él no puede saberlo —le dije a Sofía con una urgencia desesperada y ella entendió inmediatamente de que hablaba—. Si me ve fuera de la oficina, si nos ve... no puede acercarse a Leo. Tengo que ser perfecta esta semana. No puedo permitirle ni un solo fallo.
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Editado: 03.05.2026