Elena
Mi mañana fue un auténtico caos, una coreografía de errores y prisas que amenazaba con derrumbar mi fachada de profesionalismo antes de poner un pie en la calle. Entre que no dormí mucho —pasando la madrugada en vela, con la luz de la pantalla quemándome las pupilas mientras revisaba los balances financieros de los últimos tres años— y que Leo, con esa terquedad que a veces me recordaba tanto a su padre, no quisiera levantarse para ir a la escuela, casi no alcanzo a llegar a la hora. Mi mente no dejaba de repetir que no podía darle ni una sola razón más a “mi jefe” para que me dejara sin empleo. Tan solo llevábamos tres días desde mi comienzo y sentía que caminaba sobre un campo de minas donde cada paso en falso era una sentencia.
Entré en el imponente edificio de Elaris Group sintiendo el peso del mundo sobre mis hombros. Llevaba el café más cargado que pude encontrar en la esquina, un líquido negro y amargo que era lo único que mantenía mis párpados abiertos. En el baño de la planta baja, me había aplicado una capa extra de corrector bajo los ojos, intentando camuflar las ojeras que servían como el mapa detallado de mi insomnio. Mi blazer estaba perfectamente planchado, sin una sola arruga que delatara mi estado de nervios, y mi espalda se mantenía tan recta que el dolor empezaba a irradiarse hacia mi cuello. No podía permitirme ni un solo bostezo. Ni una duda. En este lugar, la debilidad se olía como la sangre en el agua.
Cuando llegué a mi piso, el ambiente se sentía distinto, más denso de lo habitual. Las miradas de mis compañeros ya no eran simples saludos de cortesía; eran rápidas, cargadas de ese morbo corporativo que surge cuando el jefe decide poner a alguien en la diana. Sentía sus ojos en mi nuca mientras caminaba hacia mi puesto. Deseé con todas mis fuerzas estar en cualquier otro lugar que no fuera aquí: en una playa lejana, en mi antigua cama de Sitges, incluso en una cafetería sirviendo mesas... cualquier lugar lejos de esta torre de cristal. Todos sabían que estaba bajo revisión, pero lo que ninguno sospechaba era que mi "verdugo" era el hombre que alguna vez me había susurrado promesas al oído bajo la luz de la luna, el mismo que había jurado amarme para la eternidad antes de que el mundo se hiciera pedazos.
—El Sr. De Santis la espera en su despacho. Con los balances del segundo trimestre —dijo la secretaria, una mujer de expresión gélida que ni siquiera se molestó en levantar la vista de su monitor.
El corazón me dio un vuelco. Tomé aire, llenando mis pulmones de ese aire filtrado y frío, apreté la carpeta contra mi pecho como si fuera un escudo y caminé hacia la oficina del fondo. El pasillo parecía haberse estirado kilómetros. Toqué dos veces, sintiendo el frío de la madera noble bajo mis nudillos.
—Adelante —la voz de Luca, profunda, rica y carente de toda emoción humana, me hizo vibrar hasta los dientes.
Él estaba sentado tras un escritorio de obsidiana que parecía absorber toda la luz de la habitación, rodeado de pantallas táctiles con gráficos de acciones que parpadeaban en rojo y verde. Se veía impecable, con un traje que probablemente costaba más que mi alquiler de todo un año. Parecía una máquina, como si no fuera humano, como si no necesitara dormir, comer o sentir. Al verme entrar, no saludó. Simplemente recorrió mi figura de arriba abajo con un escaneo lento, posesivo y despectivo a la vez.
Fue una mirada que me hizo sentir pequeña, como si estuviera juzgando la calidad de la tela de mi ropa o el hecho de que mi cuerpo ya no era el de aquella chica de veinte años. Años atrás, a él le encantaba cada centímetro de mi piel, me buscaba con una urgencia que me dejaba sin aliento; pero ahora, su expresión era de rechazo absoluto. Era como si quisiera salir corriendo de su propia oficina para no tener que compartir el mismo oxígeno conmigo. Se detuvo un segundo más de lo necesario en mis ojos cansados, y por un instante, creí ver una chispa de curiosidad, pero desapareció antes de que pudiera confirmarlo.
—Ha llegado tres minutos antes —dijo, cerrando una de sus pantallas con un movimiento seco—. ¿Tanta prisa tiene por terminar con esto, Señorita Rossi? ¿O es que espera que la brevedad de este encuentro juegue a su favor?
—La puntualidad es parte de la profesionalidad que usted tanto cuestiona —respondí, manteniendo la voz lo más neutra posible mientras dejaba la carpeta sobre la mesa—. Aquí tiene el desglose detallado que solicitó. No me he limitado a lo superficial; he auditado personalmente cada transacción de los últimos tres años, no solo los balances actuales. Quería asegurarme de que no hubiera lugar a malinterpretaciones.
Luca arqueó una ceja, un gesto de sorpresa que no pudo ocultar del todo. Abrió la carpeta y comenzó a pasar las páginas con una lentitud tortuosa. El silencio en el despacho se volvió asfixiante, pesado como una manta húmeda. Solo oía el roce del papel satinado y mi propia respiración, que intentaba mantener acompasada para que él no notara el temblor de mi caja torácica.
Se detuvo en una página específica, frunciendo el ceño de una manera que me hizo temer lo peor. Se inclinó hacia adelante para examinar una cifra y, de nuevo, ese aroma a cuero caro y metal frío inundó mis sentidos, nublándome el juicio. Estaba tan cerca que podía ver el ligero temblor de su mandíbula, la tensión en los tendones de su cuello.
—Este asiento contable de la filial de Madrid... Hay una discrepancia de doce céntimos en la conversión de divisas respecto al cierre del viernes —dijo con una sonrisa gélida, levantando la vista para atrapar la mía—. ¿Es este su concepto de "trabajo perfecto", Elena? Doce céntimos pueden parecer nada, pero en esta empresa, la precisión es lo único que nos separa del fracaso.
—Siga leyendo, Señor De Santis —dije, y me sorprendí de la firmeza de mi tono cuando por dentro quería gritar de frustración—. Si se molesta en mirar el anexo C, encontrará la nota aclaratoria sobre el redondeo bancario de esa entidad específica en el mercado de valores de Madrid. No es un error de contabilidad, es una política de la entidad financiera que Elaris no había reclamado en los últimos dos años por pura negligencia de su predecesor. Yo ya he redactado la carta de reclamación formal para recuperar esos "céntimos". Multiplicados por todas las operaciones de la filial, suman varios miles de euros que ustedes estaban regalando.
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Editado: 03.05.2026