Siete años despues

Capitulo 7

Luca

El aroma de Elena seguía flotando en mi despacho como una bofetada invisible. Ámbar y vainilla negra. Era un olor que no pertenecía a este edificio de acero y cristal; era un olor que pertenecía a las sábanas de hilo, a las noches de verano y a una versión de mí mismo que yo había asesinado hacía siete años.

Me serví un whisky doble, aunque apenas eran las once de la mañana. Necesitaba quemar el rastro de su tacto en mis dedos. Cuando la agarré del brazo, no fue solo rabia lo que sentí. Fue una descarga eléctrica que me recordó, con una crueldad infinita, la primera vez que mis manos exploraron las suyas.

Sitges. Hacía un calor sofocante, pero el aire que entraba por la ventana de la pequeña buhardilla que ella alquilaba olía a salitre y a libertad. Elena estaba nerviosa, sus manos temblaban mientras desabrochaba los botones de su vestido de flores, el mismo que tantas veces había imaginado quitarle. Cuando finalmente la piel de su espalda quedó al descubierto, blanca y perfecta bajo la luz de la luna, me sentí como si estuviera ante algo sagrado.

—Luca… —había susurrado ella, y mi nombre en sus labios sonaba como una oración.

Recuerdo la suavidad de sus curvas, la forma en que su cuerpo se amoldaba al mío como si hubiéramos sido diseñados por el mismo arquitecto. No hubo prisa, solo una curiosidad voraz y una ternura que me asustaba. Aquella noche, entre el roce de la piel y los suspiros, le entregué algo que nunca antes había dado a nadie: mi vulnerabilidad. Creí que la estaba protegiendo a ella, pero en realidad, me estaba entregando a mi propia destrucción.

—Maldita sea —gruñí, vaciando el vaso de un solo trago. El líquido me quemó la garganta, pero no logró apagar el incendio que Elena había provocado en mis entrañas.

Un golpe seco en la puerta me sacó de mis pensamientos. No esperé a que la secretaría anunciara a nadie; solo una persona se atrevía a interrumpirme sin cita previa.

—Tienes cara de haber visto a un fantasma, o de haberte acostado con uno —dijo Marcos, entrando con esa arrogancia relajada que siempre lo caracterizaba.

Marcos era el único que quedaba de mi círculo íntimo de Sitges. Habíamos crecido juntos, compartiendo barcos, confidencias y, en su caso, una desconfianza crónica hacia las estructuras de poder que mi padre representaba. Él había estado allí la noche que eché a Elena. Él había visto cómo me rompía en mil pedazos.

—No es un fantasma. Está en la planta de abajo, auditando mis cuentas —respondí, sentándome de nuevo tras el escritorio de obsidiana, intentando recuperar mi máscara de frialdad.

No fue necesario decirle de quién se trabaja pues mi mejor amigo sabía quién era la única persona que podía ponerme de este modo. Marcos se detuvo en seco, con una mano en el aire. Sus ojos se abrieron de par en par y una sonrisa lenta, casi divertida, apareció en su rostro.

—¿Elena Rossi está aquí? ¿En Elaris? Vaya, Luca, parece que el destino tiene un sentido del humor bastante retorcido. O quizás es que ella tiene más agallas de las que pensabas.

—Está aquí por el dinero, Marcos. Siempre fue el dinero —escupí, golpeando la carpeta de los balances—. Mi padre tenía razón. Aparece justo cuando tomó el control total de la empresa. Me ha exigido una indemnización si quiero que se vaya. Es una extorsión en toda regla.

Marcos caminó hacia el mueble bar, sirviéndose su propio trago sin pedir permiso. Se quedó mirando el horizonte de Barcelona a través del ventanal antes de girarse hacia mí. Su mirada era seria, despojada de toda broma.

—Sabes que nunca me creí esa historia, ¿verdad? —dijo con calma—. Conocí a Elena. Pasé tardes enteras con ustedes dos en el puerto. Esa chica te miraba como si fueras el sol y la luna juntos. No puedes decirme que alguien finge eso durante tres años por un cheque de tu padre.

—¡Hubo un video, Marcos! ¡La oí con mis propios oídos! —rugí, levantándome de la silla. La desesperación que intentaba ocultar empezó a filtrarse por las grietas de mi voz—. Hablaba de aprovecharse de mí. Hablaba de dinero. Y luego desapareció. Mi padre me enseñó el comprobante de la transferencia que le hizo para que se fuera de mi vida. ¿Cómo explicas eso?

—Tu padre era un experto en mover hilos, Luca. Que Dios lo tenga en su gloria, pero era un hombre capaz de cualquier cosa para que su heredero no se mezclara con "la plebe" —Marcos dio un sorbo a su trago, observándome como si fuera un experimento de laboratorio—. ¿Le preguntaste a ella? ¿Le diste la oportunidad de explicar ese video o simplemente la lanzaste a los lobos?

El silencio que siguió fue denso, cargado de verdades que no quería admitir. Recordé la cara de Elena hace unos minutos en este mismo despacho. La confusión genuina cuando mencioné el pago de mi padre. El dolor crudo en sus ojos cuando me gritó que yo la había dejado en la calle.

—No había nada que preguntar —susurré, aunque mis propias palabras sonaban vacías en mis oídos—. La evidencia era aplastante.

—O quizás era lo que tú necesitabas creer para no sentirte un idiota —atacó Marcos, acercándose al escritorio—. Mírate, Luca. Eres el dueño de un imperio. Tienes todo lo que un hombre podría desear, pero estás consumido por la rabia. La aparición de esa mujer te ha desestabilizado más en una mañana que todas las crisis financieras de la última década. ¿Por qué? Porque en el fondo de tu mente corporativa, sabes que algo no cuadra.

—Lo único que sé es que la quiero fuera de mi edificio —dije, aunque mi cuerpo me traicionaba. Seguía sintiendo el calor de su brazo bajo mi mano. El recuerdo de sus curvas bajo aquel blazer negro me perseguía—. Le he dado una semana. Si encuentro un error, se va. Sin nada.

—Y si no lo encuentras… ¿qué? —Marcos se encogió de hombros—. ¿La dejarás trabajar aquí? ¿Vas a verla todos los días, oliendo ese perfume que te vuelve loco, sabiendo que cada vez que la miras recuerdas cómo se sentía su piel contra la tuya? Te vas a torturar, Luca. Y sinceramente, te lo mereces por estar tan condenadamente orgulloso.




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