Siete años despues

Capitulo 8

Luca

El informe de seguridad llegó a mi correo personal a las tres de la madrugada. No había dormido. No podía. Cada vez que cerraba los ojos, la imagen de Elena desafiándome en mi propio despacho se proyectaba en el interior de mis párpados. Su voz, cargada de una indignación que se sentía demasiado real para ser fingida, se repetía en bucle: “¡Yo no robé nada! ¡Tú me echaste!”.

Encendí la lámpara de la mesita de noche y abrí el archivo adjunto. El resplandor de la tableta hirió mis ojos, pero la adrenalina me mantuvo alerta.

—Veamos quién eres realmente ahora, Elena —susurré para la penumbra de mi habitación.

El archivo comenzaba con lo básico. Elena Rossi. Domicilio actual en un barrio de clase media-baja de Barcelona, lejos del lujo que yo le habría dado, lejos de los sueños de grandeza que mi padre aseguraba que ella perseguía. Mi ceño se frunció. Si realmente se había ido con un cheque millonario, ¿por qué vivía en un departamento de sesenta metros cuadrados en una zona donde el asfalto siempre parece estar sucio?

Pasé las páginas con impaciencia. Su historial laboral era impecable y, a la vez, agotador de leer. Tres trabajos simultáneos durante los primeros años en la ciudad. Administrativa por las mañanas, contadora externa por las tardes y, durante un tiempo, incluso trabajó en una pastelería los fines de semana.

Un nudo se formó en mi estómago. Aquel detalle me golpeó con la fuerza de un recuerdo físico. En Sitges, ella siempre decía que su verdadera pasión era la repostería, que los números eran solo una herramienta para alcanzar su sueño. Recordé el sabor de su tarta de manzana, el olor a canela que se quedaba en sus dedos cuando me acariciaba el rostro.

—Si tenías el dinero de mi padre... ¿por qué trabajabas hasta el agotamiento? —masculle, sintiendo que la primera pieza del rompecabezas empezaba a tambalearse.

Seguí leyendo. No había rastro de grandes depósitos bancarios. Ni rastro de la transferencia que mi padre me juró haber realizado. Solo pequeñas entradas de dinero, sudadas y ganadas con esfuerzo. Pero había algo más, algo que hizo que mi pulso se acelerara.

En el apartado de "Gastos y Dependientes", el informe se volvía confuso. Había pagos constantes a una guardería hace unos años, compras recurrentes en tiendas de ropa infantil y un seguro médico privado que consumía casi el cuarenta por ciento de sus ingresos mensuales.

Sentí un escalofrío. ¿Tenía un amante? ¿Se había casado? Busqué en el registro civil. Nada. No había acta de matrimonio, ni rastro de una pareja estable en los últimos siete años. Elena vivía con su hermana, Sofía, a quien yo recordaba vagamente.

—¿Para quién es todo esto, Elena? —me pregunté, apretando los dientes. La idea de ella compartiendo su vida con otro hombre me provocaba una náusea que intenté disfrazar de desprecio

En ese momento, mi teléfono vibró. Era una llamada de Mateo, el investigador que había contratado.

—Señor De Santis, lamento la hora —su voz sonaba ronca por el cansancio—. Supongo que ya está leyendo el informe preliminar.

—Lo estoy haciendo. Hay cosas que no cuadran, Mateo —dije, levantándome de la cama y caminando hacia el ventanal que daba a la ciudad—. Me dijiste que buscara el rastro del dinero de mi padre. Aquí no hay nada. Esta mujer vive al día.

—Eso es lo que más me escama, señor. He rastreado las cuentas de su difunto padre y, aunque hay un retiro de un millón de euros en las fechas que usted me dio, el rastro se pierde en una cuenta puente en las Islas Caimán que nunca llegó a nombre de la señorita Rossi. Al menos, no a ninguna cuenta que ella haya usado jamás.

Me quedé helado. El aire de la habitación parecía volverse más denso.

—¿Qué quieres decir? Mi padre me enseñó el comprobante...

—Los papeles se pueden falsificar, señor. Incluso para un hijo —la pausa de Mateo fue cargada de significado—. Pero hay algo más que debería saber. Hay un vacío legal en su historial de los últimos años. Hay un registro de "residencia compartida" y gastos médicos que sugieren que hay alguien más viviendo en ese departamento, alguien que no es su hermana. Sin embargo, los datos están extrañamente protegidos o vinculados a archivos que requieren una orden judicial que aún no tengo.

—¿Alguien más? —mi voz salió más quebrada de lo que pretendía—. ¿Un hombre?

—No lo parece, señor. Los patrones de compra no encajan con un perfil masculino adulto. Hay mucha actividad en pediatría y farmacias infantiles, pero el nombre del beneficiario está bloqueado. Es como si ella hubiera hecho un esfuerzo consciente por mantener a esa "persona" fuera de cualquier radar público.

Un rugido sordo empezó a crecer en mi cabeza. La rabia, el deseo y una sospecha que no me atrevía a nombrar se mezclaron en mi pecho. Elena ocultaba algo, algo que consumía su dinero y su tiempo, algo que la obligaba a trabajar tres empleos y a aceptar un puesto bajo mis órdenes a pesar de lo mucho que nos odiamos.

—¿Cuándo tendrás el resto? —exigí, sintiendo que las paredes de mi lujoso ático se cerraban sobre mí.

—En unos días tendré acceso a los registros de la clínica privada donde se atiende habitualmente. Ahí saldrá el nombre del tercer habitante de esa casa. Pronto tendrá la información faltante, señor De Santis. Solo necesito un poco más de tiempo para saltarme los protocolos de privacidad.




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