Siete años despues

Capítulo 9

Elena

Luego del último encontrón con Luca no lo había vuelto a ver en los últimos dos días, según los comentarios había salido a una reunión de emergencia en EEUU pero antes de partir me había mandado un mail exigiendo un informe financiero completo de los últimos dos trimestres además de una proyección financiera de Elaris Group para los próximos tres años. El maldito me había lanzado un misil directamente y estoy segura que estaba contento con eso.

Era un trabajo que normalmente tomaría una semana a un equipo completo. Él me lo había pedido hace dos días, el plazo se cumplía hoy a las 12:00 pm.

—Quiere quebrarme —susurré, tecleando con una velocidad frenética—. Quiere que llegue a esa reunión con las manos vacías para poder decir que no soy apta para el puesto.

Mis dedos volaban sobre el teclado. Conocía los números de Elaris mejor que nadie ya que había revisado cada uno de sus informes de los últimos 5 años. Había algo en la estructura financiera de la empresa que todavía me resultaba familiar, como una melodía que aprendiste en la infancia y nunca olvidas. Estaba terminando la proyección del segundo año, ajustando los márgenes de beneficio según la inflación prevista, cuando mi teléfono personal vibró sobre el escritorio.

Vi el nombre en la pantalla y el corazón se me detuvo: "Escuela San Lorenzo".

Sentí un escalofrío que me recorrió la columna, borrando de golpe cualquier preocupación sobre balances o flujos de caja.

—¿Diga? —respondí, intentando que mi voz no temblara para no llamar la atención de mis compañeros de oficina.

—¿Señora Rossi? Habla la enfermera de la escuela. Leo se siente muy mal. Tiene una fiebre de 39 grados y no deja de llamar a su mamá. Necesitamos que venga a buscarlo de inmediato, hemos intentado contactar a su hermana pero no responde.

El mundo pareció desvanecerse a mi alrededor. La imagen de mi pequeño Leo, con sus ojos verdes brillantes por la fiebre, llamándome mientras yo estaba encerrada en esta torre de cristal auditando los millones de su padre, me provocó una náusea física.

—Estaré allí... en cuanto pueda. Por favor, cuiden de él —colgué el teléfono con las manos entumecidas.

Rápidamente marqué el número de Sofía. Uno, dos, tres tonos... buzón de voz. Maldita sea. Sabía que hoy tenía una sesión de fotos importante en el estudio y probablemente había dejado el móvil en el casillero. Volví a llamar. Nada.

Miré la hora. 10:35 am. La reunión con Luca y los directivos de finanzas era en menos de una hora y media. Si me iba ahora, llegaría a la escuela en cuarenta minutos, pero los informes no estaban listos. No estaban presentables. Y Luca... Luca me destruiría. Usaría mi "falta de compromiso" para invalidar mi contrato y, lo que era peor, empezaría a indagar por qué me fui con tanta urgencia.

Si Luca de Santis ponía su maquinaria de investigación sobre la escuela de Leo, todo se acabaría.

—Piensa, Elena. Piensa —me apreté las sienes, sintiendo las lágrimas de desesperación agolparse en mis ojos.

Miré la carpeta abierta en mi escritorio. La proyección a tres años estaba al 80%. Me faltaba el análisis de riesgo del tercer año. Podía intentar terminarlo en veinte minutos y salir corriendo, pero el tráfico de Barcelona a esta hora era una lotería suicida.

Me levanté de la silla, sintiendo que el aire me faltaba. Mi hijo me necesitaba. Mi hijo, el niño que era mi único tesoro, estaba solo y enfermo. Pero si perdía este trabajo, no tendría cómo pagar el seguro médico que mantenía sus controles al día, ni el alquiler del refugio que habíamos construido.

Caminé hacia el despacho de Luca, casi por instinto. Quizás, si le explicaba que era una emergencia... No. Él no vería una emergencia, vería una debilidad. Vería a la Elena "irresponsable" que su padre le dibujó.

Justo cuando iba a tocar su puerta, la secretaria me detuvo con una mirada gélida.

—El Sr. De Santis está en una conferencia internacional. Ha dejado dicho que no aceptará retrasos para la presentación de las doce. Dice que, si no está el informe proyectado, no hace falta que se presente a la reunión... ni mañana a la oficina.

Sus palabras fueron como una sentencia de muerte. Regresé a mi escritorio, sintiendo el peso de una elección imposible.

Abrí el chat con Sofía y le escribí diez mensajes seguidos: "¡SOFÍA, CONTESTA! LEO ESTÁ ENFERMO. TENGO LA REUNIÓN CON LUCA. POR FAVOR".

Pasaron cinco minutos que se sintieron como horas. El cursor en mi pantalla parpadeaba, burlándose de mi parálisis. 10:50 am. La enfermera de la escuela me envió un mensaje de texto: "Leo ha vomitado. Sigue pidiendo por ti. Por favor, dese prisa".

Ese fue el punto de quiebre. El corazón me dolió con una intensidad que eclipsó cualquier miedo profesional. Que Luca se quedará con su empresa, que se quedará con su orgullo y su odio. No iba a dejar a mi hijo solo cuando me llamaba con la voz rota por la fiebre.

Empecé a guardar mis cosas en el bolso con movimientos erráticos. Mis manos temblaban tanto que tiré el portalápices al suelo.

—¿Elena? ¿Te encuentras bien? —preguntó una compañera desde el cubículo de al lado.

—Tengo que irme. Una emergencia —dije, sin mirarla.




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