Luca
El reloj de pared de la sala de juntas, una pieza de diseño minimalista que costaba más que un coche de alta gama, marcaba las 12:00 pm en punto. Los tres directores financieros ya estaban sentados, con sus tabletas encendidas y expresiones de aburrimiento profesional. Yo estaba en la cabecera, con la mandíbula tan tensa que sentía un pitido en los oídos.
La silla a mi derecha —la silla de Elena— estaba vacía.
Miré la puerta cada vez que oía un paso en el pasillo, esperando verla entrar con su paso firme y esa mirada desafiante que me había mantenido despierto toda la noche. Pero los minutos pasaban y el silencio en la sala se volvía denso, casi burlón.
—Señor De Santis, ¿empezamos? —preguntó uno de los directores, consultando su reloj—. Tenemos una llamada con los inversores de Singapur en una hora.
—Demos un minuto más —mascullé, aunque por dentro la rabia empezaba a hervir.
“Lo sabía”, pensé. “Mi padre tenía razón”. En cuanto la presión subió, en cuanto el trabajo se volvió real y exigente, ella había huido. Era la misma Elena de hace siete años: la que se marchaba cuando las cosas se ponían difíciles, la que prefería desaparecer antes que dar la cara. La decepción me quemaba el pecho de una forma que no quería admitir. Una parte de mí, esa parte estúpida y nostálgica que Marcos había intentado despertar, realmente quería que ella entrara por esa puerta y me cerrara la boca con su eficiencia.
A las 12:05 pm, la paciencia se me agotó.
—Parece que la Señorita Rossi ha decidido que su tiempo es más valioso que el nuestro —dije, levantándome de golpe. La silla rodó hacia atrás con un chirrido violento—. La reunión se pospone. No pierdan más su tiempo.
Salí de la sala de juntas como un huracán de furia contenida. Caminé hacia su puesto de trabajo, listo para recoger sus cosas y echarlas a la basura personalmente. Pero cuando llegué a su escritorio, me detuve en seco.
Su ordenador estaba encendido. Había un portalápices volcado en el suelo y una chaqueta que se había olvidado en el respaldo de la silla. No parecía la huida planeada de una estafadora; parecía una evacuación de emergencia.
De pronto, mi teléfono vibró en el bolsillo de mi chaqueta. Un aviso de correo electrónico.
DE: Elena Rossi
PARA: Luca De Santis
ASUNTO: ENTREGA DE INFORMES - ELENA ROSSI
HORA: 11:55 AM
Abrí el archivo adjunto desde mi móvil mientras caminaba de regreso a mi despacho. Mis ojos escanearon los documentos. Me quedé sin aliento. No solo estaban los balances actualizados; la proyección a tres años era impecable. Había detectado fugas de capital en la logística que mis mejores analistas habían pasado por alto durante meses. El análisis de riesgo del tercer año estaba ligeramente incompleto, pero la base era tan sólida que resultaba insultante.
Había cumplido. Había hecho el trabajo de una semana en apenas dos días y lo había enviado cinco minutos antes de la reunión.
Entonces, ¿por qué no estaba aquí?
—¡Beatriz! —grité hacia la zona de secretaría.
—¿Sí, señor? —La mujer apareció casi al instante, asustada por mi tono.
—¿Dónde está la Señorita Rossi? Envió los informes hace diez minutos, pero no se presentó a la reunión.
—Salió de aquí hace casi una hora, señor. Parecía… alterada. Recibió una llamada y recogió sus cosas a toda prisa. Escuché que le decía a alguien en el pasillo que tenía una emergencia.
—¿Qué tipo de emergencia? —pregunté, sintiendo que la rabia se transformaba en una curiosidad punzante y oscura.
—No lo sé, señor. Solo la vi correr hacia los ascensores. Parecía que iba a llorar.
“¿Llorar? Elena no lloraba por el trabajo”. Entré en mi despacho y cerré la puerta de un golpe. La imagen de ella llorando me revolvió el estómago. ¿Había pasado algo con su hermana? ¿Con aquel “habitante misterioso” de su departamento que mencionaba el informe de Mateo?
La desesperación por saber volvió a golpearme, pero esta vez no era odio. Era una necesidad visceral de entender qué era lo que podía ser más importante para ella que conservar el trabajo por el que tanto había luchado.
Miré los informes en la pantalla de mi ordenador. Eran perfectos. Si la despedía ahora por faltar a la reunión, sería un acto de pura tiranía, no de justicia profesional. Y si algo me quedaba de honor, era que yo no era un tirano.
Recordé el informe de Mateo. Actividad en pediatría. Farmacias infantiles. Un vacío legal de siete años.
Las piezas empezaron a girar en mi cabeza con una velocidad vertiginosa. Una emergencia… salir corriendo… lágrimas… gastos médicos bloqueados.
—No puede ser —susurré, sintiendo que el suelo se inclinaba—. No seas imbécil, Luca. Si hubiera un hijo, ella te lo habría dicho para pedirte dinero.
Pero entonces recordé su cara de ayer. “No es tu dinero, es el mío. Es el pago por mi trabajo”.
Si Elena tenía un hijo y no me lo había dicho, significaba que no quería nada de mí. Ni mi dinero, ni mi apellido, ni mi presencia. Y esa idea me dolió más que cualquier traición económica.
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Editado: 15.05.2026