Elena
El lunes por la mañana me desperté con el sabor amargo de la derrota en la lengua. Mientras preparaba el desayuno de Leo, mi mente no dejaba de ensayar el discurso que daría al recoger mis pertenencias. "Falta injustificada", "abandono de puesto durante una junta de directiva". Sabía cómo funcionaban las corporaciones, y sabía cómo funcionaba Luca De Santis. Él no perdonaba la debilidad, y mucho menos la falta de profesionalismo, sin importar que la causa fuera una fiebre de cuarenta grados y el llanto de un niño de seis años.
Sin embargo, el correo electrónico que llegó a las 8:30 am no era una carta de despido.
DE: Recursos Humanos - Elaris Group
PARA: Elena Rossi
ASUNTO: Continuidad laboral y resolución de incidencias
Estimada Srta. Rossi,
Por instrucciones directas de la Presidencia, se le informa que su ausencia del pasado viernes ha sido clasificada como "Permiso por Emergencia Familiar con Goce de Sueldo". Sus funciones y responsabilidades permanecen inalteradas. El proyecto de auditoría de logística sigue bajo su supervisión directa. Se le espera en su puesto en el horario habitual.
Atte:
Recursos Humanos
Me quedé mirando la pantalla del móvil, confundida. ¿Instrucciones directas de la Presidencia? Pero si Luca me odiaba. Estaba segura que preferiría verme suplicar. Aquel gesto no encajaba con el hombre que me miraba con odio.
—¿Mami? ¿Ya estás lista? —preguntó Leo, asomándose por la puerta con su pijama de dinosaurios.
—Sí, mi amor. Todo está bien —mentí, forzando una sonrisa mientras le acariciaba el cabello revuelto—. Mamá tiene que ir a trabajar, pero Sofía vendrá a buscarte al cole, ¿vale?
Me dirigí a la oficina con el corazón en la garganta, esperando que en cualquier momento Seguridad me escoltara a la salida. Pero nadie lo hizo. Al contrario, el ambiente en la planta era extrañamente sombrío. Beatriz, la secretaría de Luca, me miró con una mezcla de curiosidad y lástima que me puso los pelos de punta.
—El señor De Santis no vendrá hoy —me dijo cuando pasé por su mesa—. Ha cancelado toda su agenda de la semana. Está... fuera de la ciudad por asuntos personales.
Eso de verdad llamo mi atención, todos los empleados con los que había hablado me habían dicho que Luca nunca se ausentaba mas que por reuniones de trabajo. Sin animo de seguir pensando en él me acerque a mi escritorio que seguía tal cual lo había dejado el día viernes y me puse a terminar el informe incompleto que le habia entregado a Luca.
~•~
Cuatro días. Cuatro días de un silencio sepulcral que pesaba más que cualquier grito. Trabajé como una autómata, puliendo los informes que ya eran perfectos, revisando cada decimal del informe financiero. Traté de convencerme de que su ausencia era una bendición, que cada hora que él pasaba lejos de Elaris era una hora de paz para mí. Pero la incertidumbre es una forma de tortura. ¿Estaba preparando la demanda? ¿Estaba investigando sobre mis últimos años? Era fácil poder enterarse que mis últimos años los pase trabajando hasta en 3 lugares a la vez, que pagaba mensualmente el seguro infantil de Leo y eso ya era suficiente para tenerme con los nervios de punta.
El jueves por la mañana, luego de mi primer cafecito de el día, el aire de la oficina cambió. Lo sentí antes de verlo. Fue un cambio en la presión atmosférica, un murmullo que recorrió los cubículos. Los ascensores de la planta noble se abrieron y Luca entró.
No era el mismo hombre. Seguía vistiendo sus trajes impecables, pero su rostro estaba marcado por unas ojeras profundas y una palidez que le daba un aire espectral. No miró a nadie. Caminó directo a su despacho con los hombros rígidos y la mirada perdida en algún punto invisible.
Diez minutos después, el intercomunicador de mi escritorio chilló.
—Señorita Rossi. A mi despacho. Ahora.
La voz de Luca no sonaba como la de un hombre arrepentido. Sonaba tensa, cargada de una furia contenida que me hizo temblar las manos. "Aquí viene", pensé. "El perdón de RRHH era solo una trampa para que volviera y pudiera humillarme en persona".
Caminé hacia el despacho principal. Mis tacones resonaban en el suelo pulido como una cuenta atrás. Entré sin llamar, con la mandíbula apretada y los puños cerrados dentro de los bolsillos de mi chaqueta.
Él estaba de pie frente al ventanal, de espaldas a mí, mirando hacia los edificios de la Diagonal.
—Cierra la puerta, Elena —dijo, sin girarse.
Obedecí. El clic de la cerradura sonó definitivo en la habitación silenciosa.
—Me dijeron que me esperabas para hablar de trabajo —dije, tratando de que mi voz sonara firme, aunque sentía que me iba a desmayar—. Si es por la reunión del viernes, ya recibí el correo de RRHH. Si vas a usar eso para…
—¡Cállate! —gritó él, girándose de golpe.
Su movimiento fue tan brusco que retrocedí un paso. Luca tenía los ojos inyectados en sangre y el pecho le subía y bajaba con violencia. Parecía un hombre al borde de un colapso nervioso.
—He estado en Sitges —soltó, y mi mundo se detuvo.
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies. El nombre de ese pueblo costero era una herida abierta en mi memoria, el lugar donde viví mi mayor felicidad y mi mayor tragedia.
—Yo.. no entiendo qué tiene que ver eso con el trabajo— trate de que en mi voz no sonará el pánico.
Se devolvió hacia su escritorio y de uno de los cajones sacó una carpeta negra con el logo de Elaris Group.
—Más de 200 llamadas, 50 cartas, 3 visitas a la mansión De Santis—susurró demasiado bajo. -- E.R insiste en ver a L.D.S por un ‘’inconveniente personal’’.
De pronto su mirada estaba fija en la mía, ya no veía al hombre frío de los otros días. Solo veía a un hombre destrozado. Estaba muriendo de miedo de saber que más había descubierto.
—¿Cuál era el motivo por el cual querías verme?—dice como si no se estuviera desatando una guerra en mis pensamientos. Lo dice tan tranquilo, con tanta calma como si supiera la respuesta.
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Editado: 15.05.2026