Elena
El trayecto en metro hasta mi casa fue eterno. Llevaba el sobre amarillento apretado contra el pecho, dentro de mi bolso, como si fuera una reliquia sagrada o una bomba de relojería. Al entrar en el portal, el olor a humedad y a detergente barato que solía reconfortarme por ser "mío", hoy me resultó asfixiante. Subí las escaleras sintiendo que las piernas pesaban toneladas.
Cuando abrí la puerta, el sonido de las risas de Leo y Sofía me golpeó desde el salón. Estaban jugando con piezas de legos, ajenos a que el terremoto que yo había intentado evitar durante siete años acababa de derribar las paredes de nuestra fortaleza.
—¡Mami! —Leo corrió hacia mí y me abrazó las piernas. Estaba fresco, su piel ya no quemaba por la fiebre y sus ojos, esos ojos que ahora sabía que Luca había escaneado con desesperación, brillaban de alegría—. Mira la torre que hizo la tia Sof. Es gigante.
—Es preciosa, cariño —susurré, agachándome para besarle la frente. El contacto con su calidez me devolvió un poco de alma, pero también intensificó el miedo. ¿Y si Luca decidía que este piso no era suficiente para un De Santis? ¿Y si su "compasión" se transformaba en el deseo de reclamar lo que consideraba suyo? ¿Y si decidía vengarse por ocultar a nuestro hijo y me lo quitaba?
Sofía me miró desde el suelo. Su sonrisa se desvaneció en un segundo al ver mi rostro. Ella me conocía mejor que nadie; había estado en las trincheras conmigo desde el día uno.
—Leo, campeón, ¿por qué no vas a tu cuarto a buscar el libro de los dinosaurios? Mañana tienes que llevarlo al cole y no lo hemos guardado —dijo Sofía con esa voz suave que no admitía réplicas.
—¡Es verdad! —Leo salió disparado, emocionado por su misión.
En cuanto la puerta del cuarto se cerró, me desplomé en el sofá. Sentía que si no me sentaba, me desintegraría allí mismo. Sofía se sentó a mi lado, me quitó el bolso de las manos y sacó el sobre.
—¿Qué es esto, Elena? Estás pálida. Pareces un fantasma.
—Él lo sabe todo, Sofi —solté, y las palabras salieron como un sollozo ahogado—. Luca sabe lo de Leo. Fue a Sitges. Habló con la gente de su padre. Encontró esto.
Le arrebaté el sobre y saqué la carta. Sofía la leyó en silencio. Vi cómo sus ojos se humedecían al reconocer la fecha y las palabras que yo había escrito en un momento de absoluta desesperación.
—¿Cómo reaccionó? —preguntó Sofía, devolviéndome el papel con manos temblorosas—. ¿Te amenazó? Porque si intenta quitarte al niño, llamamos a ese abogado del sindicato, o nos vamos a casa de nuestros padres en el sur, o...
—No insinuó en ningún momento eso Sof —la interrumpí, mirando fijamente una mancha en la pared—. Estaba... roto, Sofi. Nunca lo había visto así. Lloró frente a mí. Me entregó esta carta como si fuera un trozo de su propia carne. Dice que su padre le mintió en todo, que interceptaron mis llamadas, mis cartas, que los guardias me echaron por órdenes directas de Vittorio.
Sofía soltó un bufido de incredulidad mezclado con rabia.
—Vaya, qué sorpresa. El gran patriarca De Santis resultó ser un psicópata. ¿Y eso supone que debemos perdonar a Luca? ¿Que debemos olvidar que prefirió creer en un video antes que en la mujer que llevaba a su hijo?
—No lo sé —me cubrí la cara con las manos—. Ese es el problema. No sé qué sentir. Una parte de mí quería gritar hasta quedarme sin voz, quería verlo sufrir el triple de lo que yo sufrí. Pero cuando lo vi allí, en ese despacho enorme, rodeado de millones de euros pero completamente solo en su propia mentira... sentí una lástima que me asusta. Me asusta porque la lástima es la puerta trasera por la que el amor vuelve a entrar.
—Elena, escúchame bien —Sofía me agarró por los hombros, obligándome a mirarla—. Luca De Santis es un hombre poderoso. Y el poder, incluso cuando está herido, es peligroso. Ahora está en la fase de la culpa, del remordimiento. Te ha devuelto el trabajo, te ha dado una carta... pero ¿qué va a pasar mañana? ¿Qué va a pasar cuando quiera ejercer de padre? ¿Cuándo quiera llevar a Leo a esa mansión de Sitges? ¿Cuando quiera que Leo sea el heredero de un imperio que nosotras despreciamos?
—Eso es lo que más me aterra —admití, sintiendo un escalofrío—. Leo no sabe quién es su padre. Para él, su padre es una sombra, alguien que no está porque "se perdió". Si Luca entra en su vida ahora, va a deslumbrarlo. Aviones privados, juguetes caros, una vida de príncipe... ¿Cómo compito yo con eso? ¿Cómo le explico a un niño de seis años que el hombre que le regala el mundo es el mismo que permitió que su madre llorara hasta quedarse seca?
Me levanté y empecé a caminar de un lado a otro en el pequeño salón. Cada mueble, cada cuadro que compré en el rastro, me recordaba mi independencia. Había luchado tanto por esta pequeña parcela de paz.
—En cualquier momento aparecerá aquí y va a querer conocerlo—continué, hablando más para mí misma que para Sofía—. Dijo que quería dedicar su vida a compensarme. Pero no quiero su dinero, Sofi. No quiero que me "cuide" ahora que se siente culpable. Quiero que el tiempo vuelva atrás. Quiero la versión de Luca que me amaba en Sitges, la que no tenía un imperio detrás. Pero ese hombre ya no existe.
—Y tú tampoco eres la Elena de Sitges —sentenció Sofía con dureza—. Eres una madre leona. Eres la mujer que sobrevivió a la exclusión. Tienes que ser inteligente. Luca va a intentar comprar su camino de vuelta a tu corazón. No por maldad, sino porque es la única forma que conoce de solucionar problemas. Con recursos.
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Editado: 15.05.2026