Siete años despues

Capítulo 14

Elena

Había pasado una semana desde que Luca se había enterado de la existencia de Leo y hasta ahora no me ha vuelto a dirigir la palabra. Llega a la oficina, está en las reuniones, pero es como si no estuviera. He podido notar, las ojeras visibles en sus ojos y todos comienzan a hablar de que algo no anda bien con él y, por Dios, aunque lo odie admitir, me tiene un poco preocupada, maldición.

Me obligo a apartar la vista de la puerta de su despacho cada vez que paso por delante. Me repito, como un mantra, que no es mi problema. Que él tiene recursos, que tiene a Marcos, que tiene todo el dinero del mundo para pagarle a alguien que lo escuche. Pero luego recuerdo su mirada en el despacho, ese sobre amarillo que ahora guardo bajo llave en mi mesita de noche, y la rabia que me ha servido de escudo durante siete años empieza a agrietarse.

—Elena, ¿tienes los ajustes del presupuesto de transporte? —La voz de uno de los analistas me saca de mis pensamientos.

—Sí, aquí están —respondo, entregándole una carpeta con manos que, aunque trato de controlar, tienen un ligero temblor.

Unos minutos después veo que Luca sale de su oficina y se dirige hacia la cafetera de la planta, ignorando las miradas furtivas de los empleados que suelen bajar la voz cuando él aparece. Camina con una rigidez que parece dolorosa. No mira a nadie, ni siquiera a mí, aunque paso a menos de dos metros de él. Su perfume, ese aroma a sándalo y éxito que antes me erizaba la piel, ahora me provoca un nudo en la garganta. Está físicamente presente, pero su mente parece estar atrapada en aquel escritorio de Sitges, reviviendo cada mentira de su padre.

A media tarde, no puedo más. El silencio de Luca es más ruidoso que sus gritos. Es un silencio que pide perdón sin palabras, un silencio que me está carcomiendo porque no sé cómo gestionarlo.

Entró en su oficina sin que Beatriz me detenga; ella simplemente me mira y asiente, como si supiera que soy la única persona que puede entrar en ese búnker de cristal.

Luca está sentado frente a su escritorio, pero no está trabajando. Tiene la mirada fija en una fotografía antigua que ha sacado de no sé dónde. Se gira lentamente cuando oye la puerta cerrarse.

—Elena —dice mi nombre con una voz que suena a papel de lija. No hay rastro del hombre arrogante que me amenazó con dejarme sin trabajo si encontraba un mínimo error.

—Luca, tienes que comer algo —suelto, sin preámbulos, sorprendiéndome a mí misma por el tono maternal que he usado. Me odio por ello, pero verlo así es como ver una versión de Leo marchitándose—. Todo el mundo en la oficina está especulando. Estás dando un espectáculo lamentable.

Él suelta una risa seca, desprovista de cualquier rastro de humor.

—¿Espectáculo? Supongo que es lo que mejor se me da, ¿no? Ser el heredero perfecto mientras mi vida es una cáscara vacía.

Se levanta y camina hacia mí, deteniéndose a una distancia prudencial, respetando ese muro invisible que puse entre nosotros la última vez.

—He estado pensando en Leo cada segundo de estos días, Elena. He buscado pediatras, escuelas, fondos de inversión... y luego me doy cuenta de que no tengo derecho a tocar nada de eso. Me quedo paralizado. Siento que si doy un paso, voy a romper lo poco que has logrado construir sin mí.

—No quiero tu dinero, Luca. Te lo he dicho mil veces —respondo, cruzándome de brazos para no ceder ante la vulnerabilidad de sus ojos—. Y Leo no necesita un fondo de inversión, necesita estabilidad. No puedes aparecer así, como un fantasma, y esperar que las piezas encajen.

—Lo sé —susurra—. Por eso no he dicho nada. He estado esperando a que tú... a que tú me dieras una señal de que no vas a huir de nuevo si intento ser un hombre decente.

Me quedo en silencio, procesando la profundidad de su derrota. El Luca que yo conocí nunca habría esperado por nadie. El Luca que yo conocí habría tomado lo que quería por la fuerza de su voluntad. Pero este hombre... este hombre tiene miedo. Y ese miedo es lo que más me vincula a él, porque yo he vivido con ese mismo miedo durante siete años.

—No voy a huir, Luca —digo finalmente, suavizando la voz a pesar de mis propias advertencias internas—. No puedo hacerlo. Leo está aquí, y tú eres su padre, por mucho que me duela reconocerlo. Pero si quieres entrar en su vida, no va a ser como el "Rey de Elaris". Va a ser bajo mis condiciones. Y la primera es que dejes de castigarte de esta manera. No le sirves de nada a nadie si te desmoronas.

Él asiente, y por un segundo, un destello de luz vuelve a sus ojos verdes. Es un destello pequeño, frágil, pero está ahí.

—¿Puedo verlo? —pregunta, con una timidez que me rompe el corazón—. Solo... de lejos. En el parque, a la salida del cole. No diré nada. No me acercaré si no quieres. Solo necesito ver que es real. Que no lo imaginé todo.

Siento un nudo en el estómago. Dejar que Luca vea a Leo es abrir la última compuerta de la presa. Una vez que lo vea, ya no habrá vuelta atrás. Ya no será un secreto, será una realidad que compartiremos para siempre.

—Mañana —respondo, con el corazón martilleando contra mis costillas—. Mañana a las cinco en el parque de la Ciutadella. Estaremos cerca de los columpios. Pero escucha bien, Luca: si intentas algo, si rompes la paz de ese niño antes de que yo esté lista para explicarle quién eres, te juro que lo que te hizo tu padre parecerá un juego de niños comparado con lo que yo te haré.

Él exhala un suspiro que parece haber estado reteniendo durante una década.

—Gracias, Elena. Te lo juro... no voy a fallarte esta vez.

Salgo de su despacho sintiendo que el aire es más frío de lo normal. He dado el paso que juré que nunca daría. He dejado entrar al lobo en el jardín. Pero mientras camino hacia el ascensor, me doy cuenta de que ya no estoy preocupada por sus ojeras o su peso. Estoy preocupada por mí. Por la forma en que mi corazón saltó cuando me dio las gracias. Por la forma en que, a pesar de todo el dolor, una parte de mí todavía quiere creer que el hombre de Sitges sigue vivo en algún lugar bajo ese traje de tres mil euros.




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