Siete años despues

Capitulo 17

LUCA

Cuando Elena cerró la puerta, me dejé caer en el sofá de cuero del despacho. Mis manos todavía temblaban. Tenía una cita. No era una cena en el Ritz ni una gala benéfica. Era un partido de fútbol en un patio de cemento.

Miré mi traje de tres piezas, hecho a medida en Londres, y mis zapatos Ralph Lauren. Me sentí ridículo. Elena tenía razón; no sabía cómo ser normal. No sabía cómo llegar a un sitio sin que alguien me abriera la puerta o me indicara el camino. Pero luego miré la piedra de Leo sobre mi escritorio.

—Unos vaqueros —susurré para mí mismo, con una sonrisa que se sentía extraña en mi rostro—. Puedo hacer eso.

Iba a ser el hombre que Elena necesitaba y el padre que Leo merecía. Aunque tuviera que aprender a caminar de nuevo, esta vez lo haría sobre el cemento, junto a ellos.

Sábado, 09:45 AM

El espejo me devolvía la imagen de un extraño. Me había tomado casi una hora elegir qué ponerme, una ironía sangrienta para alguien que decide el destino de miles de empleados en cinco minutos. Al final, opté por unos vaqueros oscuros que apenas había usado y un jersey de punto azul marino. Me sentía desprotegido sin la estructura rígida de mis sacos italianos, como si me faltara la armadura para enfrentar al mundo.

Llegué al colegio diez minutos antes. No usé el coche. Caminé desde un par de calles atrás, sintiendo el aire fresco de la mañana y el zumbido cotidiano de las familias que se dirigían al mismo lugar. Crucé la verja de hierro oxidado y el olor me golpeó de inmediato: una mezcla de café de termo, asfalto húmedo y la efervescencia de una docena de niños gritando.

Me quedé en una esquina del patio, tal como Elena me había ordenado. El sol golpeaba con fuerza el cemento, creando un resplandor que me obligó a entrecerrar los ojos. Y entonces, la vi.

Elena estaba al otro lado, hablando con una madre. Llevaba el cabello recogido en una coleta alta y vestía ropa deportiva. Se veía radiante, natural, tan alejada de la frialdad de la oficina que me costó respirar. Junto a ella, una figura pequeña con una camiseta roja demasiado grande saltaba sobre sus talones.

Leo.

Mi hijo corría por el borde de la pista, pateando una pelota imaginaria. Me quedé inmóvil, pegado a la pared, sintiendo una punzada de orgullo tan primitiva que me asustó. Él no sabía que yo estaba allí, pero yo no podía dejar de mirarlo. Cada vez que levantaba la cabeza, buscaba sus ojos verdes, mis ojos, intentando memorizar cada uno de sus movimientos.

El silbato de un profesor dio inicio al partido. Me senté en un banco de madera desgastada, tratando de pasar desapercibido entre los gritos de "¡Pasa la bola!" y "¡Corre, Mateo!".

Ver a Leo jugar fue la experiencia más electrizante de mi vida. No era el mejor del equipo; era un poco torpe y a veces se distraía mirando un pájaro que cruzaba el cielo, pero cuando lograba conectar un pase, su cara se iluminaba con una alegría tan pura que sentí que todo mi imperio financiero no valía ni una fracción de ese momento.

A mitad del segundo tiempo, ocurrió. Leo interceptó un balón cerca de la banda donde yo estaba. Corrió con todas sus fuerzas, el rostro rojo por el esfuerzo, y justo antes de chutar, sus ojos recorrieron la grada improvisada. Me vio.

Se detuvo en seco. El balón siguió rodando fuera del campo, pero a él no le importó. Me miró con la boca abierta, y yo, olvidando todas mis reglas de compostura, levanté una mano y le dediqué un pequeño saludo. Leo sonrió de oreja a oreja —una sonrisa que me desarmó por completo— y luego, como si hubiera recibido una descarga de energía, volvió a correr hacia el juego con el doble de velocidad.

Sentí una mano en mi hombro y me tensé. Era Elena. Se había acercado sin que me diera cuenta.

—Has venido —dijo ella. No era una pregunta, era una observación cargada de sorpresa.

—Te dije que lo haría —respondí, poniéndome de pie. Me sentía torpe, fuera de lugar—. Está jugando muy bien.

—Está emocionado de que estés aquí —admitió ella, bajando la mirada hacia sus zapatillas—. No ha parado de mirar hacia esta esquina desde que empezó el partido. Sofía está en los columpios, por cierto. Dice que si te acercas a menos de diez metros, te lanzará su café hirviendo.

Solté una carcajada corta. —Me parece un trato justo.

Nos quedamos en silencio un momento, viendo cómo Leo intentaba quitarle la pelota a un niño que le doblaba el tamaño. Era una escena tan mundana y, sin embargo, para mí era el epicentro del universo.

—Luca —me llamó ella suavemente—. Gracias por no venir en el Bentley. Y por los vaqueros. Te quedan... Bien.

—Me siento como si me faltara la piel —confesé, mirándola a los ojos—. Pero por ver esa sonrisa de Leo cuando me reconoció, vendría vestido de payaso si me lo pidieras.

Elena no respondió, pero la tensión en su mandíbula se relajó. El partido terminó con un empate caótico y una horda de niños sudorosos corriendo hacia sus padres. Leo fue el primero en llegar a nosotros. Se lanzó contra las piernas de Elena y luego se giró hacia mí, todavía jadeando.

—¡Viste mi carrera, Luca! ¡Casi meto gol! —gritó, con la emoción desbordante.

—La vi, Leo. Fuiste increíble —dije, agachándome para quedar a su altura. El olor a sudor infantil y arena me pareció el perfume más increíble del mundo—. Tienes mucha potencia en esa pierna izquierda.

Leo me miró con admiración. —¡Es que soy un T-Rex! Los T-Rex tienen piernas fuertes.

Elena soltó una risita y le revolvió el cabello. —Bueno, señor T-Rex, creo que te has ganado un premio por ese esfuerzo.

—¡Helado! —exclamó Leo, saltando—. ¿Luca puede venir? ¡Dile que venga, mami!

Elena me miró. Vi la duda en sus ojos, la lucha interna entre seguir manteniendo la distancia o ceder ante la ilusión del niño. Yo me quedé quieto, conteniendo el aliento, sabiendo que mi destino dependía de su siguiente palabra.




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