JAMES
Día uno:
El sol me iluminó el rostro ya que el cristal estrellado no tenía cortinas. Me giré para encontrarme con Melanie que seguía dormida, muy dormida a juzgar por su pose fetal.
Pensé en que tendría frio y miré a mi alrededor, tratando de visualizar alguna manta, aunque este polvorienta; el invierno era muy frio cuando se acercaba la navidad.
Pero todo en la habitación estaba en muy mal estado; ni siquiera sabía si era seguro permanecer tanto tiempo en este lugar. Me incorporé para salir al pasillo, pero no había nadie fuera, ni las puertas estaban abiertas.
Pasé mi mano por todo mi rostro, intentando despabilar un poco; todo esto había sido mucho, mi cabeza estaba invadida del sonido de la bala, el rostro de todos al momento del suceso y el cuerpo de la niña en el suelo.
Sentí un nudo en la garganta cada que la imagen regresaba a mi cabeza, una y otra vez.
"¿Qué pudiese estar sintiendo Antuan?"
Me senté sobre el suelo, recargando mi cabeza sobre la pared deteriorada. Observando el sol meterse por los huecos rotos del edificio.
Así que, en esto nos habíamos metido, ahora mismo lo veía más lejos, mucho más peligroso y difícil. Si alguien más moría, no sé si sería capaz de soportarlo.
Pensé en mi hermana, todo esto era por ella, bueno por lo menos yo lo hacía por ella, quería verla fuera, feliz y libre.
El chirrido de las maderas me sacó de mis cavilaciones, y un sobresalto me hizo ponerme de pie cuando una persona se aproximaba a mí.
—¿Tenía que elegir el último piso? —inquirió Irina, agitada por la subida.
No contesté, no creía que fuera bueno seguir la corriente de un chiste.
—Les he traído comida y algunas cosas de la cabaña —mencionó, tirando una mochila que hizo un ruido grave cuando las latas chocaron entre sí.
—Gracias, pero dudo que alguien le apetezca comer ahora —afirmé, siendo sincero.
Ella asintió con los labios planos.
—Yo sabía que era mala idea meter a la niña —habló, más para sí misma que contándomelo.
La miré de reojo, la vi fruncir el ceño y cerrar los ojos como si estuviese reprimiendo el dolor.
—Supongo que los conoces mejor que nosotros —Me miró, asintiendo, y tumbándose en una pared. La seguí, sentándome a su lado.
—Antuan siempre cree tener la razón en todo, pero es tan impulsivo que acaba cayendo en sus propias trampas.
Asentí, de eso yo también me había percatado hace un tiempo, de su forma de ser tan obstinado y necio. Pero quien era yo para juzgar.
—Yo no podría continuar si perdiese a mi hermana —afirmé, siendo nuevamente el nudo en mi garganta.
Irina me miró de la misma forma, lo vi en sus ojos.
—Todos decimos eso, pero míranos, Antuan continuara y yo, aquí sigo —chasqueó la lengua, dando una risa amarga al final de sus palabras.
El rechinido de una puerta nos hizo voltear. Melanie que parecía no encontrar descanso, salió, mirándonos sin expresión.
Me levanté para saber qué quería.
—¿Siguen dormidos? —inquirió y asentí—, deberíamos irnos.
—Tu madre nos pidió quedarnos aquí —Le recordé, pero ella negó.
—No perderemos más tiempo...
—Antuan en ese estado no querrá ir a ningún sitio —aclaró Irina—, confía en tu madre, ella los sacará.
Melanie observó a Irina dos segundos, con seriedad y quizá, molestia.
Ambos nos sentamos, en la misma posición, en silencio, pensando. Sí era cierto lo que Irina había dicho, entonces Antuan ya no querría irse, guiarnos.
Aunque dudaba que sea un hombre de no cumplir con su palabra.
—¿Crees que debería ir a hablar con él? —Me preguntó, recargando el rostro sobre su rodilla.
—Alguien debería hacerlo —dije.
—Es mejor que no, ustedes no lo conocen como yo —afirmó Irina, mordiendo sus uñas.
Melanie se puso de pie, ignorando a Irina, y me echó una mirada.
—¿Qué puedo decirle?
—Solo abrázalo —me encogí en hombros.
Melanie caminó a la habitación, se quedó frente a la puerta, con el puño levantado para poder golpearla, pero no lo hizo, solo se quedó ahí, mirándola.
Me miró al cabo de un minuto, y suspiró.
—No puedo, siento que ha sido mi culpa.
—No debiste irte —habló Irina, sin mirarla.
Me puse de pie y fui a ella, abrazándola. Pero mis brazos no cerraron bien en torno a ella, y colocó sus manos planas sobre mi pecho, retirándose, esquivándome y metiéndose nuevamente a la habitación.
Una risa cruda me invadió los oídos.
—Es mejor que no te hayas enamorado chico, es lo peor que puedes hacer en este viaje —Bufó Irina, meneando la cabeza—, nunca termina bien.
—Ya es tarde para ello —Fui sincero.
Irina levantó las cejas, todavía con la sonrisa de burla presente en su rostro.
—Es mejor que vayas a dormir hasta que ya no puedas más, dudo que alguien salga hoy, y mañana seguro sí tendrán hambre —se puso de pie, entrando a una de las habitaciones de los lados.
Recargué mi cabeza sobre la pared, suspirando. Había veces en las que quería despertar, y que todo esto sea solo un mal sueño.
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Editado: 18.03.2026