Siete fases de la muerte

MIEDOS

MELANIE

Fase seis:

Esta vez no hubo despedida, todos caminaron dentro del laberinto, perdiéndose entre las ramas que se cerraban cuando se alejaban.

Quedamos Antuan y yo, indecisos en avanzar.

—Estoy un poco agobiado, no sé si quiero continuar —Lo escuché decir tras de mí, viendo cómo se sentaba de nuevo sobre el césped.

Me senté a unos centímetros de él, que volteó y me miró con fijación.

—¿No te iras? —Me preguntó y negué.

—Cuando tú te vayas —aclaré, recargando mi rostro sobre mis rodillas flexionadas.

Antuan echó un gran suspiró, imitando mi pose, mirándome directamente.

Su mirada ya no me incomodaba, me había acostumbrado a que me mirase de esa forma. Porque podría mostrarse como todo un terco, pero su mirada decía todo lo contrario.

—Cuando salgamos, todo será diferente —murmuré—, ya no huiremos, y tendremos una mejor vida...

Apartó los ojos de mí, mirando el interior del laberinto que comenzaba a sentirse frio.

—Es lo que quisiera, pero mi padre no es el único que busca a los enigmas —aclaró, meneando la cabeza de lado a lado.

Una nueva carga se desbloqueó en mi cabeza, el tener que huir para siempre no era parte de mis planes. No quería seguir escondiéndome.

—El mundo es demasiado grande, podemos escondernos —alardeé, golpeándolo un poco hombro con hombro.

Tiró una risa pequeña, y sentía que tenía bastante que no lo escuchaba reír; porque ciertamente casi no lo hacía.

—Con una condición —susurró, volviéndome a mirar.

—¿Cuál? —averigüé.

—No pretendo ser tu amigo —aclaró, tomando mi mejilla con un mano, acariciando mi piel con su pulgar—, dejemos de aparentar las cosas.

Estiró su rostro a mí, y apenas sintiendo sus labios contra los míos. Se levantó, entrando al laberinto.

—¡Antuan! —grité, pero desapareció tan pronto como entró.

Me levanté de un salto, tratando de seguirlo, pero las ramas me alcanzaron, tirándome de los pies con fuerza, arrastrándome al interior.

Todo se tornó oscuro y sentí frio. Dejé de sentir que las ramas me arrastraban, y pude levantarme.

Caminé y caí en un hoyo profundo, tirando un grito del asombro. El pánico creció en mí, solo sentí como se arañaban mis brazos y piernas; caí en una habitación blanca sin ventanas ni ventilación, tenía un olor muy peculiar a consultorio médico, solo había una camilla y una mesa de utensilios.

De la nada entraron dos médicos con una camilla y alguien en ella, me acerqué con sigilo, porque parecía que ninguno podía verme. Y era yo, me vi tumbada ahí.

Entablaron a abrir mi estómago desasiéndose de cada uno de mis órganos hasta quedar vacía. Comencé a vomitar restos de sangre; me ardía la garganta y un poco la nariz; elevé mi rostro y ya no había nadie.

Todo se borró y volví a caer, y esta vez en un enorme lago, intenté nadar y solo me hundía. Abrí los ojos dentro del lago, a lo lejos vi un cuerpo flotando, era mi madre, y como pude llegué a ella, la saqué del lago, estaba inconsciente; chillé con fuerza.

Cambié de lugar drásticamente; era una caja de madera de la cual solo entraba luz de las esquinas, no podía estirar bien las piernas, y di un grito ahogado cuando comencé a sentir como subía por mi cuerpo una infinidad de arañas de todo tipo y tamaños.

Mi piel se erizó, desesperadamente comencé a golpear una y otra vez la caja, sintiendo mis manos llenas de arañas hechas pedazos.

Respiré una y otra vez hasta tomar fuerza y romper la caja, salí casi corriendo y me sacudí como una maniática; una explosión hizo que todas las aves del sitio salgasen volando temerosas. Me acerqué a la explosión y había restos de cuerpos humanos, eran mis amigos; y tropecé justo encima del cuerpo de Beth que se retorcía de dolor, cerré mis ojos con fuerza, como si fuese una pesadilla y cuando los abrí, ya estaba en mi antigua casa.

Estaba encerrada en un calabozo con una cadena sobre mi pie, miré a mi alrededor y estaban todos mis amigos observándome, había un arma en el suelo y la tomé, ellos repetían que los asesiné, pero no pude hacerlo y arrojé el arma debajo de la rendija, me coloqué en posición fetal, llorando.

Cambió de nuevo el escenario, llevándome al cementerio, detrás de un árbol observé que estaba yo de pequeña llorando delante de la lápida de papá, me aproximé y tomé mi hombro, me abracé y susurré:

—Esto no es tu culpa —desaparecí y solo sentí el frio viento pelear con mi cabello.

Me situé de rodillas frente la lápida de papá y sentí como acarició mi hombro, le sonreí y desapareció con el viento.

El cambio de nuevo, me regresó al bosque de donde estaba la cabaña, ahora estaba frente a un espejo, pero era un poco diferente, mis ojos estaban completamente rojos y me miraban sin parpadear, mi reflejo saco la mano por el otro lado del espejo y comenzó a oprimir mi cuello hasta dejarme sin aliento.

—Eres débil —dijo mi propia voz en un ronquido.

Abrí los ojos de golpe y la tomé del cabello dándole la vuelta y dejándola en el suelo, comencé a oprimir su cuello hasta que comenzó a desvanecerse.

Caminé con la respiración lenta y algo temblorosa, me puse de rodillas y pasé mi mano por mi cabello, lloré unos segundos, grité con todas mis fuerzas golpeando el suelo tres veces seguidas, haciendo que mis manos sangrasen. Me recosté sobre el suelo frío.

Inhalé y exhalé las veces necesarias, queriendo salir de este lugar ahora mismo. Deseándolo con todas mis fuerzas.

"Yo no tengo miedo" repetí en mi cabeza una y otra vez; hasta que sentí que me quedaba dormida...

....

ELIZABETH

No podía moverme, todo mi cuerpo estaba paralizado. Solamente los ojos me funcionaban. El cuarto en donde estaba era oscuro, solo podía ver la luz que entraba de los bordes de una puerta.

Escuchaba las pisadas del otro lado y las voces.

"El orfanato"

Mi cabeza se llenó de todas las veces en las que recibí una paliza; y en las que mi única compañía era Yuli.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.