Siete Formas de Sobrevivir

#2-Bajo la Mira

Al día siguiente, Alan fue trasladado. Fue llevado a los tribunales de Comodoro Py. Bajo una seguridad extrema y el odio palpable de una multitud que se agolpaba en las puertas gritando insultos, el juez dicta sentencia: Inocente por falta de pruebas. La noticia estalla como una bomba. Las redes sociales y los noticieros se llenan de teorías conspirativas: "¿Corrupción?", "¿Terrorismo?", "¿Sobornó al juez?".

Alan sale del edificio con el celular en la mano, viendo cómo su rostro es reconocido internacionalmente por las razones equivocadas. Mientras camina aturdido, una duda lo carcome: ¿Acaso Lucía realmente está de mi lado? ¿Creyó en mí o solo quería sacarme de la comisaría para alejarse del peligro?

La reflexión se corta en seco. El ambiente en Buenos Aires cambia de repente. Civiles corren desesperados y las sirenas de la Federal ensordecen el aire. Una camioneta de la policía se detiene junto a él y dos agentes lo suben a la fuerza para sacarlo de la zona de fuego.

— ¿Qué está sucediendo? —pregunta Alan, confundido por el repentino despliegue.

— ¡¿Boludo, vivís abajo de una piedra, vos?! —le grita Miguel, el conductor, mientras acelera a fondo esquivando algunos autos que quedaron abandonados.

— No te pongas así, calmaté—interviene Hugo, el acompañante, tratando de mantener la profesionalidad.

—Este tipo está vagando como si no pasara nada mientras que "Ojo de Espectro" está merodeando, buscando víctimas y tratando de ganar terreno. — Exclama el conductor.

Alan palidece al escuchar el nombre. — ¿Quién es Ojo de Espectro?

— Es una mina que, con un arma larga de alto calibre, está cazando gente —responde Miguel con furia—. No sabemos cuál es su objetivo, pero nos está atrincherando. Buenos Aires se está volviendo su coto de caza.

Hugo, viendo que Alan está desconectado de la realidad actual, procede a enumerar a las amenazas mientras el vehículo zigzaguea por las avenidas:

"El Remanente": Roba la vida para curarse, visto en Neuquén.

"La Forjadora": Destruyó un vehículo blindado con una lanza creada de chatarra en Rosario.

"El Duende": El ladrón de las sombras, masacrando gente en Santiago del Estero.

"La Dama del Abismo": La del ancla gigante, merodeando el Río Paraná en Entre Ríos.

"Ignis": El gladiador que incendia la frontera con Chile.

"Ojo de Espectro": la tiradora que está intentando tomar una parte de Buenos Aires en este momento.

"El Atractor": El loquito que causó estragos en Santa Fe, el maestro de la gravedad, actualmente con paradero desconocido.

Al oír el último nombre, Alan estalla. — ¡¿El Atractor?! ¡Voy a acabar con ese tipo!

Miguel y Hugo están a punto de soltar una carcajada ante la bravuconada del chico que tienen atrás, pero la risa se les muere en la garganta.

¡BANG!

Un estruendo monstruoso sacude el vehículo. Un proyectil de alto calibre impacta directamente contra el vidrio blindado, justo a la altura de la cabeza de Miguel. El vidrio se astilla en una telaraña blanca, pero logra frenar la bala. La precisión es quirúrgica. Nadie dispara así a un vehículo en movimiento desde un edificio alto.

Alan se pega al asiento, sintiendo el "tirón" en su pecho más fuerte que nunca. No hace falta que nadie se lo diga. La cazadora está cerca. La tiradora los tiene en la mira, y Alan sabe que esta es la oportunidad de probar si su cuerpo es realmente capaz de aguantar otra ronda.

El asfalto de Buenos Aires hervía, no solo por el sol de la tarde, sino por el calor de la tragedia que se desataba en cada esquina.

—¡Acelerá, no te frenés! —gritó Hugo, golpeando el tablero de la camioneta. Miguel, con los nudillos blancos sobre el volante, recapacitó tras el shock del primer impacto. Pero la mujer del rifle, no era una tiradora común; era una arquitecta del desastre.

El segundo disparo no buscó carne, sino metal. El proyectil astilló la llanta delantera derecha con una precisión inhumana. La camioneta dio un coletazo violento, el chirrido de la goma quemada inundó el habitáculo y, tras un violento sacudón, impactaron contra un vehículo abandonado en la calle. El humo comenzó a brotar del capó.

—Tenemos que bajarnos y huir a pie —sentenció Miguel, pateando su puerta para abrirla.

—¡¿Te entró plomo en la cabeza o qué?! —exclamó Alan, sintiendo cómo el pánico le cerraba la garganta—. ¡¿Cómo vamos a ir caminando con esa loca allá arriba?!

—Por acá cerca hay una casa grande que los civiles usan como fuerte de la resistencia —respondió Hugo, revisando su cargador—. Es nuestra única chance.

—Pero, ¿cómo bajamos sin que nos mate antes? — Preguntó Alan inquieto.

Miguel, con una calma que solo tienen los que ya se saben entregados al destino, empuñó su fusil.

—Yo la voy a distraer. Voy a dispararle para que ustedes puedan bajarse y huir. Cuando yo dé la orden, corran agachados, escondiéndose detrás de los autos. No miren atrás.

Miguel inhaló una bocanada de aire viciado y la soltó lentamente, templando los nervios por última vez. Abrió la puerta, apuntó hacia el edificio de cuatro pisos y gritó:

—¡YA!

Alan y Hugo saltaron del vehículo, deslizándose como sombras entre los autos estacionados. El estruendo del fusil de Miguel roncó en la avenida. Hugo, mientras corría, jadeó:

—Este tipo es uno de los mejores... la fracase de que falle es poca.

Pero Alan cometió el error de mirar. A unos treinta metros, sobre la azotea, vio un destello plateado. Miguel disparó con la precisión de un maestro, pero el proyectil enemigo hizo algo imposible: en pleno vuelo, la bala proveniente de la tiradora se curvó, esquivando el fuego de Miguel y describiendo una trayectoria en "U" que nadie pudo prever. El proyectil atravesó el cráneo de Miguel de izquierda a derecha en un parpadeo.

Miguel cayó como un fardo de ropa vieja.

—¿Lo mató? ¿Así de fácil lo mató? —balbuceó Hugo, deteniéndose en seco, con el rostro pálido.




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