El ambiente en el fuerte era pesado, una mezcla de olor a desinfectante barato y el sudor frío de los que esperaban noticias de sus seres queridos. A Hugo lo sacaron rápido hacia el hospital en una ambulancia blindada; su fémur era un rompecabezas de astillas.
Alan se quedó en una camilla improvisada bajo la luz amarillenta del refugio. Dos paramédicos lo revisaban. Una mujer de mediana edad, con ojeras que parecían surcos de fatiga, movía las manos con la precisión de quien ha visto demasiada sangre. A su lado, Larry, un chico que apenas parecía haber terminado la facultad, trataba de compensar su inexperiencia con un carisma algo torpe.
—¡¿Cómo es que no tenés ninguna herida abierta?! —exclamó Larry, pasando una gasa por el abdomen de Alan, donde solo quedaba una mancha de sangre seca y piel nueva, extrañamente tensa.
—No sé... —respondió Alan, todavía sintiendo el eco del impacto—. Primero sentí un dolor muy fuerte cuando el disparo me alcanzó y la sangre empezó a salir muy rápido.
—No inventen cosas en estas situaciones, solo debió ser el susto —interrumpió la doctora con voz áspera—. Tuviste que haberte desangrado con esa herida en todo este tiempo que pasó. Si la bala entró, hay un agujero. Si no hay agujero, no hubo bala.
—No seas tan gruñona con nuestro nuevo paciente —le replicó Larry con una sonrisa—. Miralo, está entero.
La mujer, harta de la lógica desafiante de la realidad y del optimismo de su compañero, revoleó los guantes de látex y se fue frustrada hacia otra camilla.
—Está así porque se tuvo que encerrar acá y no puede ver a su familia, no es así siempre —argumentó Larry, volviendo a revisar el torso de Alan con incredulidad.
—Sí, no hay problema —dijo Alan, bajándose la remera.
—¿Te duele algo más? Si necesitás algo solo hacémelo saber. Es un milagro que no te haya pasado nada en una situación así —celebró el médico, aliviado.
—Cambiando de tema... ¿conocés a una federal llamada Lucía? —preguntó Alan—. Me dijeron que podía encontrarla por acá.
Larry arqueó una ceja y una chispa de picardía le iluminó la cara.
—Creo que sé quién es. Si no estoy mal, esa mujer nos ayuda con el material para atender a los pacientes. ¿Esa chica linda es tu novia?
—No. Simplemente quiero charlar con ella —respondió Alan, seco.
—Perdón por el malentendido. Aunque, por otro lado, es un alivio que una mujer así siga soltera. ¿Crees que yo tenga alguna oportunidad con ella? —preguntó Larry, acomodándose el ambo.
Alan lo juzgó con una mirada gélida que habría congelado el Paraná. Larry no se dio por aludido.
—¡Ay, dale! Me vas a decir que no te parece linda. Con un cuerpazo, unas curvas, una linda voz... se maneja sola. Es la chica perfecta —exclamó el médico, casi soñando despierto.
—Ajá —soltó Alan, manteniendo la mirada fija en él mientras murmuraba por lo bajo—: Pajín...
—¡Te escuché! —lo increpó Larry, aunque sin soltar la sonrisa—. Pero te lo voy a dejar pasar solo porque me parece increíble la forma en la que zafaste de una muerte segura.
—Entonces, ¿sabés dónde encontrarla o no? —insistió Alan, impaciente.
—Sí, no te me vuelvas loco. Estoy empezando a creer que vos estás interesado en algo más que solo hablar con esa lindurita, jeje.
—No me sorprende que no tengas novia —respondió Alan, levantándose de la camilla.
Larry suspiró, cansado de ser juzgado.
—Bueno, ya fue. Vamos entonces.
Caminaron por los pasillos de la casa grande hacia el garage, el punto neurálgico donde se recibían los suministros. Alan notó que las habitaciones estaban casi vacías.
—No sé si te diste cuenta, pero hay poca gente acá —comentó Larry.
—Sí, me di cuenta. ¿Siempre fueron así de pocos?
—Siempre. Esto es simplemente un espacio seguro para los que están aterrorizados por la francotiradora o que lo perdieron todo. A esa loca le encanta tomar edificios enteros solo para posicionarse bien; la gente huye de los departamentos altos por miedo a que ella los use de nido.
—He visto de lo que es capaz ese monstruo —respondió Alan, apretando el puño donde llevaba el pañuelo de Sofía—. Lo entiendo.
—Por eso dependemos de los donativos. El gobierno no nos da ni la hora, así que esos agentes nos facilitan la cosa con ese "delivery" —Larry se rió solo de su propio chiste. Alan lo miró sin entender por qué le daba gracia comparar el suministro médico en medio de una guerra con un pedido de pizza.
—Mientras esperás a que llegue tu "media naranja", podrías ayudarnos, perrito malvado —dijo Larry, intentando forzar otra broma.
Alan esbozó una ligera sonrisa de compromiso.
—Dale, los ayudo mientras tanto.
—¡Ves! Tenés que hacer más chistes. Así Lucía se va a sacar sola la tanga —soltó Larry entre carcajadas.
Alan se frenó en seco, su paciencia se había agotado. Su tono se volvió peligroso, cargado de la agresividad de quien ha visto a sus amigos morir.
—Te estás re zarpando, loco. Yo quiero aclarar algunas dudas sobre lo que está pasando, nada más.
Larry se puso pálido. La atmósfera alrededor de Alan parecía haberse vuelto más densa, como si la gravedad misma hubiera aumentado un par de grados.
—Tranquilo, amigo... era solo un chiste. No te lo tomes personal.
El médico tragó saliva y señaló unas cajas de cartón.
—Hay que revisar si todo está en orden y si falta algún instrumento o medicina para que pidamos donaciones.
—Bueno, ya me fijo —masculló Alan entre dientes, empezando a abrir las cajas mientras su mirada se perdía en la entrada del garage, esperando ver aparecer el uniforme de Lucía.
El inventario de suministros era desolador. Tras contar los pocos paquetes de gasas amarillentas y los frascos de antibióticos casi vacíos, Alan y Larry se miraron con la misma sombra de impotencia en el rostro.
—Quizá debamos poner plata de nuestros bolsillos para comprar lo que falta —suspiró Larry, rascándose la nuca con frustración—. Cada vez llegan menos recursos, pero no se puede culpar a la gente. El país es un desastre y, para colmo, aparecen estos siete locos a terminar de romper todo.