La mañana nació gris, envuelta en una neblina densa que parecía amortiguar los sonidos de la ciudad herida. Alan y Larry terminaron de preparar el equipo en silencio, con esa pesadez en el pecho que precede a lo inevitable. Cuando el portón del garaje crujió, una camioneta de la Federal entró derrapando sobre el cemento.
Al bajarse para descargar las pocas gasas donadas, Alan se tensó. Del vehículo emergió una figura delgada, enfundada en un uniforme que le quedaba como una segunda piel. Era Lucía. Sus ojos cafés, los mismos que lo habían diseccionado durante el interrogatorio antes del juzgado, se clavaron en él como si estuviera marcando un objetivo en el campo de batalla.
Alan abrió la boca, decidido a enfrentarla por lo ocurrido, pero Daniel, el conductor, cortó el aire con un grito:
—¡Dale, subanse! Tenemos que ir y volver antes de que el cielo se ponga peor.
El viaje fue un nudo de nervios. Lucía forzó a Larry a sentarse adelante, apretándose contra Alan en el asiento trasero. El calor de su cuerpo resultaba invasivo en medio de aquel frío metálico.
—¿Pudiste averiguar algo más? —susurró ella. Su voz no tenía la frialdad de la ley, sino un entusiasmo febril, casi íntimo.
—¿Averiguar qué? —respondió Alan, esquivando la mirada.
—Sobre lo de Santa Fe.
Alan sintió un pinchazo de ansiedad. Su piel empezó a hormiguear, una sensación eléctrica que recorría sus antebrazos.
—No hace falta que te fuerces —continuó ella, acercándose más—. De a poco vamos a descubrir qué sos. Mi jefe me cedió el caso tras mi insistencia. Me interesa lo que sos, Alan.
La camioneta frenó en seco frente a la farmacia. Larry, desde el frente, soltó una risita nerviosa para romper el hielo.
—Uepa... ¿apenas se conocen y ya se tienen interés? Apúrense, tortolitos, que el tiempo corre.
El operativo fue un despliegue de movimientos frenéticos. Vaciaron la farmacia y cruzaron al supermercado, forzando la entrada entre el chirrido del metal y el vidrio roto. En la urgencia, el grupo bajó la guardia. No notaron que, desde la planta alta de una casa vecina, el reflejo de un visor avanzado los seguía. Ojo de Espectro observaba, inmóvil como una gárgola de pesadilla.
Mientras los federales cargaban comida, Alan se desvió hacia la góndola de golosinas. Lucía lo sorprendió por la espalda, tocándole el hombro.
—Nada de perder el tiempo, Crimson —le reprendió, aunque su sonrisa la delataba.
—Tenía pensado regalártelos —mintió él con una rapidez que lo sorprendió a sí mismo—. Una chica que se preocupa por un "caso" como yo merece una recompensa.
Lucía se sonrojó, una vulnerabilidad extraña en alguien que portaba un arma al cinto.
—Apurate y escondelos. Que sean de frutilla; si me das de menta, yo misma te doy el golpe.
Alan guardó dos paquetes: uno para sostener su mentira y otro, el que realmente le pesaba en el alma, para la pequeña Catalina.
Caminaron cincuenta metros entre escombros hasta llegar al kiosco "El Monito Loco". La casa roja contigua parecía un mausoleo. Daniel golpeó la puerta con la culata del arma, pero solo el silencio respondió. Justo cuando iban a derribarla, una silueta agitó una mano desde una ventana lateral, indicándoles un pasillo oscuro que llevaba al patio.
—Huele a trampa —masculló Daniel, desenfundando.
—Estamos armados —sentenció Lucía, adelantándose con una valentía que rozaba la imprudencia—. Y esa tiradora nos va a encontrar si nos quedamos acá afuera como patos.
Cruzaron el pasillo en fila india. En el patio, una mujer demacrada abrió la puerta de un tirón al ver la placa de Daniel.
—¡¿Está viva?! ¡¿Mi Cata está viva?! —El grito de la mujer fue un estallido de humanidad en medio del caos.
El alivio fue breve, apenas un suspiro. Larry, que cerraba la marcha, se quedó rígido. Sintió el frío circular de un cañón apoyado en su columna.
—¡Ayúdenme! —alcanzó a jadear.
Todos se giraron. Allí estaba ella. Una mujer de cabello corto y oscuro, cuya mitad superior del rostro estaba oculta por un visor que parecía latir con una luz antinatural. No era una criminal común; era una de las sombras que habían quebrado el país.
Antes de que el dedo de la mujer apretara el gatillo, algo se disparó en Alan. No fue un pensamiento, fue un espasmo de puro instinto. Sus músculos se tensaron con una densidad inhumana y, en un parpadeo, lanzó una patada que desvió el cañón hacia arriba. El estruendo del disparo hizo vibrar los vidrios del patio, pero la bala se perdió en el aire.
Alan sintió un calor abrasador en la pierna, como si su sangre se hubiera convertido en plomo derretido. Frente a él, los ojos tras el visor de Ojo de Espectro se fijaron en los suyos. Ya no había dudas: la cazadora había encontrado a su presa.
Daniel fue el primero en reaccionar. El estruendo de su arma reglamentaria llenó el patio, pero para horror de los presentes, las balas parecieron curvarse en el aire, impactando inofensivamente en las paredes de ladrillo visto.
—¿Quién eres tú? —preguntó la atacante. Su voz tenía una resonancia metálica que erizaba la piel.
—¿Yo? Eso debería preguntártelo a vos, que andás por ahí borrando gente —escupió Alan, sintiendo que un calor denso empezaba a circular por sus venas.
La mujer del antifaz lo estudió con una inclinación de cabeza casi mecánica.
—Vuestra aura es distinta a la de los demás. Es más densa... cambiante. Casi como si reaccionara con el entorno.
—¡Levantá las manos donde pueda verlas y rendite! —gritó Lucía, intentando mantener la firmeza a pesar de que su pulso temblaba.
—¿O qué? ¿Acaso vais a dispararme? —desafió la entidad.
—¿Quién sos y por qué hacés esto? —intervino Alan, dando un paso al frente.
—Me llamo Elena —respondió ella con una serenidad gélida—. He venido porque mi Señora me lo ha ordenado. Ella deseaba que purificara la imperfección de este lugar. Pero si preguntáis por mis razones... es porque estoy escapando de algo más.