Siete Formas de Sobrevivir

#5-La piel que ya no es mía

El sol de Santa Fe tiene una forma particular de golpearte la cara. Es un calor dulce, con olor a río y a pasto recién cortado, de esos que te obligan a entrecerrar los ojos mientras corrés por el patio. El ruido de la manguera abierta contra las baldosas calientes es la única música que necesito. El mundo es un lugar inmenso que termina en la reja de la casa de mis tíos.

—¡Alan, despacio que te vas a caer! —la voz de mi mamá sale desde la cocina, cargada de esa calma que solo ella tiene.

Me detengo, jadeando. Ella sale con un vaso de jugo de naranja lleno de hielo. Me lo pasa y el frío del vidrio contra mis palmas es la sensación más gratificante del universo. Me quedo mirando cómo una gota de condensación resbala por el cristal. Recuerdo el brillo en sus ojos al contarme que iba a tener un hermanito, y cómo me prometió que siempre seríamos los "tres mosqueteros" contra el mundo. Su risa, suave como el algodón de azúcar, resonaba en el aire.

Pero, de repente, la gota se detiene. Se vuelve espesa. Se vuelve roja.

El jugo en el vaso empieza a hervir. Siento un pinchazo agudo en las costillas, como si una avispa gigante me hubiera picado, pero cuando intento tocarme, mi mano no responde. Miro hacia abajo y mi remera de algodón ya no tiene figuras de dibujos animados; está empapada de un líquido oscuro que brota rítmicamente de mi costado.

—Mamá… —intento decir, pero mi voz suena como si tuviera la garganta llena de arena.

Ella ya no me mira. Se acerca. Su cabello, antes de un castaño cálido, ahora es oscuro como la obsidiana, y sus ojos brillan con esa misma energía carmesí que siento bullir en mis propios sueños más recientes. Su piel, antes suave, parece más densa, como si los músculos por debajo hubieran ganado una dureza inquebrantable. Extiende una mano, pero no para consolarme. En su palma se sostenía el mismo fusil oscuro que usó Elena. Me apunta.

—Hay imperfecciones que deben ser purificadas —su voz, ahora un eco metálico, es ajena a su rostro. Ya no muestra la sonrisa maternal, sino una fría superioridad.

Dispara.

Siento el impacto seco de los proyectiles golpeándome la cadera una y otra vez; un eco infinito de huesos rompiéndose. Pero las balas no vienen de Elena, vienen de ella. Es mi madre, con esos ojos de fuego y la piel tensa y fuerte como la mía, la que abre fuego. El aire se vuelve pesado, impregnado de un olor a ozono que me quema los pulmones.

Y entonces la veo.

Mi madre desaparece y, en su lugar, surge la sombra. Es una mujer, o algo que intenta parecerlo. Su cabello es tan largo que parece fundirse con la oscuridad del suelo, moviéndose como si estuviera bajo el agua. No camina, fluye hacia mí. No tiene rostro, solo una presencia que emana una autoridad antigua y aterradora.

Intento retroceder, pero mi pierna colapsa. Me arrastro por el cemento, estirando la mano hacia una salvación que no existe. Ella se inclina. Sus labios se mueven, susurrándome algo que necesito entender, algo vital, pero sus palabras son solo aire frío. Me obligo a acercarme. Un centímetro más. Solo uno.

Y entonces, el ruido empieza.

No es un grito. Es un estruendo ensordecedor, como si mil vidrios se rompieran simultáneamente dentro de mis oídos. Es la frecuencia de una radio mal sintonizada multiplicada por un millón. El sonido es tan físico que siento mis dientes vibrar y mis globos oculares presionar contra los párpados. La sombra extiende su mano hacia mi rostro y el ruido alcanza una nota tan alta que el paisaje se quiebra como un espejo golpeado por una piedra.

—¡Alan! ¡Dale, flaco, despertate! ¡Lucía te está esperando en bikini!

El blanco absoluto me ciega.

El aire frío de un aire acondicionado me golpea la cara. No hay río, no hay infancia. Lo que hay es el olor penetrante a alcohol fino, yodo y orina. Intento sentarme, pero mi cuerpo se siente extrañamente... entero. Llevo la mano a mi costado y mi piel está lisa, sin agujeros. Pero bajo los dedos siento el relieve áspero de una cicatriz nueva, irregular y profunda, justo donde la bala de Elena me había perforado. En la cadera, encuentro otra idéntica.

Larry está encima de mí, con el rostro arrugado por una mezcla de preocupación y alivio.

—¡Por fin! Pensamos que te quedabas allá con los angelitos. ¡Llevás dos días durmiendo, pero por Lucía sí te despertás, eh! —dice Larry, soltando una risa forzada que no logra ocultar lo asustado que estuvo.

Lo miro y luego observo mi propia mano. La piel se ve más tensa, más fuerte. La visión borrosa se aclara y siento una fuerza latente en mis músculos que antes no estaba. Mi cuerpo sanó, sí. Pero no salió ileso. Cada cicatriz es una bandera que marca la brutalidad de mi transformación.

. . .

Lucía tamborileaba los dedos sobre el escritorio de metal, produciendo un sonido rítmico que chocaba con el zumbido de los fluorescentes de la comisaría. Frente a ella, una taza de café frío acumulaba una capa de nata. No había pegado un ojo en cuarenta y ocho horas. Cada vez que cerraba los párpados, volvía a ver el patio de la casa: la sangre de Alan, la imposibilidad de las balas desviándose y, sobre todo, la expresión de esa mujer, Elena, huyendo como si hubiera visto al diablo.

—¿Y bien? —la voz de su jefe, el Comisario Vallejos, la sacó de su trance. Era un hombre robusto que parecía estar a punto de estallar dentro de su uniforme—. El informe de Daniel dice que "el sospechoso Crimson" recibió tres impactos de fusil de alto calibre a quemarropa. Daniel estaba ahí, Lucía. Él vio cómo le volaban las costillas a ese pibe.

—Daniel estaba bajo mucha presión, señor —respondió Lucía, manteniendo la voz firme a pesar del nudo en el estómago—. El estruendo de un arma de ese calibre en un lugar cerrado confunde a cualquiera.

—¿Me estás cargando? —Vallejos ojeó el reporte médico que acababa de llegar, golpeando el papel con el índice—. ¿Ahora me vas a decir que Daniel exageró? El informe médico dice que Crimson no tiene ni un solo orificio de entrada. ¡Ni uno! Me estás diciendo que el pibe se cosió solo mientras venían en la ambulancia.




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