—¿Este es otro chiste tuyo? —preguntó Lucía, aunque su voz carecía de humor—. ¿Cómo que no creés que sea algo humano?
—Es como si mi cuerpo estuviera reaccionando por cuenta propia para no dejarme morir —explicó Alan. Sus ojos reflejaban un terror genuino, el de alguien que ya no reconoce su propio reflejo—. Lucía... ¿Y si realmente soy un monstruo? ¿Y si soy como ellos?
Lucía dio un paso hacia la camilla, pero Alan no se detuvo. El pánico estaba ganando la batalla.
—¿Y si mi destino realmente era ser uno de esos tipos? ¿Y si solo vine a este mundo para causar sufrimiento? ¿Y si...? ¿Y si...? —empezó a tartamudear, consumido por una espiral de pensamientos oscuros.
Larry, a un costado, no decía nada. Estaba mudo, procesando palabras que sonaban a locura, pero que cobraban sentido con las cicatrices que tenía frente a él. Sin pensarlo dos veces, Lucía rompió la distancia y abrazó a Alan. Él se tensó al principio, pero luego se hundió en el contacto. Ella sollozaba en silencio contra su hombro.
—No importa —murmuró ella—. Vamos a buscar una razón lógica para lo que te está pasando. Sos la pieza fundamental de mi investigación, Alan. Te busqué desde el principio porque te necesito... te necesito para encontrar y controlar a esos seres que se hacen pasar por personas.
Lucía se separó lentamente y retrocedió un par de pasos, recomponiendo su postura profesional. Alan tomó aire, recuperando la compostura. Una chispa de determinación reemplazó al miedo.
—Yo también te necesito —dijo Alan, ahora con voz firme—. Te necesito para encontrar y acabar con estos tipos, para que nadie más pase por lo mismo que nosotros.
—¡Dale, ahí está! Ese es el Alan que conocí en el refugio —exclamó Larry, soltando un suspiro de alivio y tratando de aliviar el ambiente.
Alan esbozó una pequeña sonrisa. Lucía, aprovechando el momento, se aclaró la garganta.
—Ya que te calmaste... podrías darme tu número de celular. Así puedo contactarte para la investigación.
—¡Ay, sí! ¿Van a ir a tomar un café? ¿Van a tener una cita? —saltó Larry con una risa burlona—. Alan, tardaste demasiado y ella tuvo que dar el primer paso. ¡Sos un lento!
—¡No molestes! —exclamó Lucía, con las mejillas encendidas—. ¡Es solo por trabajo!
—Hablando de eso... —Alan bajó la mirada, desalentado—. Perdí mi celular cuando nos topamos con Ojo de Espectro. Estoy incomunicado. Ni mi familia debe saber dónde estoy. Y dudo que alguien quiera darme laburo después de cómo mancharon mi nombre en las redes por lo de la cafetería en Santa Fe. Soy un paria.
Lucía se quedó pensativa un momento hasta que se le encendió la chispa.
—Si logramos crear un equipo para combatir exclusivamente a estos entes, quizás podamos lograr que el gobierno te pase unos pesos para subsistir. Podrías comprarte un celular y seguir investigando.
—¿Cómo vas a lograr eso? —preguntó Larry, escéptico.
—Capaz Daniel acceda a ayudarme. Él tiene llegada directa con el jefe y, si acepta, enviamos el pedido al Gobierno. Están desesperados, Alan. Más ahora que corren rumores de que los Visitantes se están moviendo para ganar terreno o invadir otros países. Es información clasificada, pero el pánico en las altas esferas es real.
—¿Y eso no va a tardar una eternidad? —preguntó Alan, abrumado.
—Tranquilo. Mientras tanto, puedo conseguirte algún celular barato para que te comuniques con los tuyos... y conmigo. Y no nos olvidemos del pesado de tu amigo —agregó ella señalando a Larry con la cabeza.
Larry no perdió la oportunidad. Se inclinó hacia Alan y murmuró, lo suficientemente bajo para ser travieso, pero lo suficientemente alto para que ella escuchara:
—Espero que te deje elegir el bikini...
Lucía le devolvió una mirada que podría haber congelado el mismísimo sol de Santa Fe.
Lucía, molesta y algo incómoda por el chiste de Larry, intentó cambiar de tema rápidamente.
—Si tu cuerpo ya está sanando, el hospital podría darte el alta dentro de poco —afirmó con seguridad.
—¿Nadie va a sospechar nada? —preguntó Alan, inquieto—. Los médicos que me atendieron cubierto de sangre... ¿No pensarán que está pasando algo raro?
—Él tiene razón —agregó Larry—. Parecía que lo habían acribillado cuando llegó. No puede irse así como si no hubiera pasado nada.
—Algo se nos va a ocurrir —sentenció Lucía.
—¿Qué cosa? ¿Tenés contactos en este hospital? —preguntó el compañero de Alan.
—No. Eso mismo te iba a preguntar a vos, que sos médico.
—Me recibí de la facultad hace poco, nadie me conoce y menos en un hospital tan grande —respondió Larry encogiéndose de hombros.
Lucía chasqueó la lengua, frustrada.
—¿Por qué tienen tanto apuro? —quiso saber Alan—. ¿No es que el proceso para crear ese equipo era tardado?
—Sí, pero quiero sacarte de acá lo antes posible para que nadie intente hacerte nada. Imaginate que Ojo de Espectro quisiera deshacerse de vos estando acá postrado en una camilla. ¡No tendrías oportunidad!
—Qué mujer tan molesta... ¿De verdad es capaz de intentar matarme estando aquí? —murmuró Alan entre dientes.
El ambiente en la habitación se volvió denso, cargado de una urgencia que Larry no pudo ignorar. Intentó calmar las aguas.
—Caballero de cartón, tu damisela, Catalina, por fin pudo encontrarse con su madre gracias a tus esfuerzos. A ella le gustaría darte las gracias personalmente —dijo Larry.
—¡Cierto! —exclamó Alan. La razón principal por la que habían ido era ese rescate.
Lucía puso una cara de confusión total; ella no había estado presente cuando Cata habló con los dos jóvenes. Larry, al percatarse de su expresión, no pudo evitar otro chiste.
—No te pongas celosa, otra mujer llegó antes que vos y recurrió a Alan. No lo tomes personal.
—No te confundas, no siento celos —respondió Lucía al instante con su actitud seria.
—¿Ah, no? Tu cara demuestra otra cosa. ¿No quieren que los deje a solas? —preguntó Larry entre risas.