Siete Formas de Sobrevivir

#7- La Forja del Linaje

Aeropuerto Internacional de Ezeiza – Terminal de Cargas

El viento soplaba con fuerza en la pista, pero Elena no necesitaba ver el movimiento de las mangas de viento para saber de dónde venía el aire. Sus ojos, nublados por una ceguera biológica, estaban cubiertos por su antifaz tecnológico, un dispositivo que procesaba el mundo en frecuencias que ningún humano podría comprender. Frente a ella, la mujer de porte aristocrático observaba el Gulfstream G650 listo para despegar.

—Suiza... —murmuró la mujer, ignorando los ruegos de los pilotos arrodillados sobre el asfalto—. El orden en medio del caos. Es el único lugar con la pureza necesaria para que nuestras futuras generaciones crezcan sin el ruido de la imperfección humana. En el corazón de los Alpes forjaremos el nuevo mañana.

La mujer se giró hacia Elena, quien todavía mostraba signos del castigo físico recibido.

—Me habéis decepcionado, Elena. Os entregué el fusil de riel de impacto cinético, mi mejor creación hasta la fecha. Se supone que nada en este continente debería ser capaz de resistir un proyectil de tal naturaleza.

—No era nada de este continente, señora —respondió Elena, y su voz tembló ligeramente—. Sabéis bien que mi vista es nula, pero este antifaz me permite ver la esencia. Me he enfrentado a una bestia que no debería seguir con vida... He visto su aura.

La mujer enarcó una ceja, intrigada.

—He visto miles de auras humanas, Elena: son estáticas, débiles, como llamas de velas a punto de extinguirse.

—La de él no —insistió la tiradora—. El aura de Alan Crimson es... cambiante. Mientras combatíamos, su energía mutaba, se retorcía y brillaba con una intensidad que saturaba mis sensores. Era como observar una galaxia formándose en mitad del caos. Mis otros sentidos me indicaban que era un hombre, pero mi visión espectral me aseguraba que estaba frente a un organismo en constante evolución. Sus heridas cerraban ante mis ojos; su ADN parecía reescribirse para no morir.

La mujer guardó un silencio gélido. La idea de un aura inestable y poderosa sugería una compatibilidad biológica que jamás había presenciado. Una chispa de ambición brilló en sus ojos.

—Un aura que cambia... eso significa que es arcilla fresca esperando a ser moldeada —susurró la mujer—. Mis armas son piezas estáticas, Elena; pero un ser que adapta su propia naturaleza para sobrevivir es la cumbre de la forja. Es lo más cercano a la perfección que he visto en este mundo infestado de fallas.

Se acercó a Elena y le puso una mano en el hombro, apretando con firmeza.

—Enviad a alguien de inmediato —ordenó—. Quiero que lo observen cada segundo. No deseo que se pierda ni un solo detalle de su evolución.

La mujer miró hacia el horizonte. Su mente ya no estaba solo en la conquista, sino en el linaje.

—Si ese muchacho es capaz de adaptarse a tal nivel, su semilla es la única digna de mezclarse con la mía. No por afecto, Elena, sino por diseño. Necesito engendrar un heredero que trascienda las décadas, un ser que herede mi intelecto y su capacidad de adaptación. Ese chico no es solo un espécimen... es el progenitor de la dinastía que gobernará este nuevo mundo.

Elena asintió, comprendiendo la magnitud de la obsesión de su señora.

—Preparadlo todo —sentenció la Forjadora, encaminándose hacia la escalerilla del avión—. Partimos hacia Suiza, pero dejad a nuestros mejores ojos sobre Alan Crimson. Si él es la pieza que falta en mi obra maestra, regresaré personalmente para reclamarlo.

. . .

Alan se quedó solo. El silencio del hospital, antes reconfortante, se transformó en una presión física que le zumbaba en los oídos. Se hundió en la cama, pero la paz duró poco. El crujido de la puerta rompió la quietud y alguien entró con pasos lentos pero firmes, de esos que denotan una autoridad acostumbrada a no ser cuestionada.

Era una mujer alta, de hombros rectos, vestida con un traje oscuro impecable. Su cabello era de un negro azabache profundo, pero un mechón blanco puro en su flequillo resaltaba como una herida de luz sobre su frente. Su mirada era de un gris metálico, fría y analítica.

—¿Tu nombre es Alan? —preguntó la mujer con una voz seria, casi cortante.

—¿Quién sos? ¿Cómo te dejaron pasar? —preguntó Alan, intentando incorporarse a pesar de que sus músculos todavía protestaban.

La mujer sacó una placa de identificación de cuero negro y se la mostró con un movimiento seco.

—Soy de Inteligencia, me mandó el Gobierno para interrogarte. Cuando estaba afuera escuché que querías formar un equipo para combatir a las personas que están causando desastre —respondió ella.

—¿Y qué querés saber? No pienso decirte mucho sin un abogado —exclamó Alan con una firmeza que ocultaba su temblor interno.

La mujer guardó la placa y se cruzó de brazos, clavando su mirada gris en él.

—Te recomiendo que me digas todo lo que sepas sobre esos individuos si no querés que te encerremos por ser una posible amenaza para el país —dijo la agente con una seriedad gélida.

—¡¿Van a encerrarme?! —preguntó Alan, asustado.

—No. Siempre y cuando cooperes. Hasta podría ayudarte a armar ese equipo si ayuda al Gobierno a terminar con esos molestos terroristas —dijo ella, manteniendo una calma imperturbable.

Alan apretó los puños debajo de las sábanas, sintiéndose atrapado en un juego cuyas reglas desconocía.

—No sé mucho sobre esas personas. Lo que sí sé es que no son ordinarias. Al parecer, todos tienen alguna habilidad... o hasta podría llamarlo poderes, que los vuelven todavía más peligrosos —confesó Alan.

La mujer se acercó a la cama con un interés que parecía más científico que humano. Se inclinó levemente y preguntó en voz baja:

—¿Y vos? ¿Vos también venís con ellos? Nunca había conocido a alguien que se haya curado así de rápido de heridas de esa magnitud.

—Yo... Yo no sé qué soy —dijo Alan, bajando la mirada a sus manos—. Pero estoy seguro de que no soy como ellos. Me niego a la idea de ser como ellos.




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