Un tiempo después de que la habitación quedara en silencio y Alan fuera carcomido por las dudas, la puerta se abrió de nuevo. Esta vez no era la frialdad del Gobierno, sino el caos familiar de Larry.
—¡Eh, loco! ¡Mirá quién llegó! —gritó Larry con su entusiasmo habitual.
Detrás de él, se escucharon unas pisadas pequeñas pero rápidas. Cata corrió hacia la cama de Alan con los ojos brillando de emoción.
—¡Señor caballero, estás vivo! —gritó la niña, trepándose al borde de la cama—. Salvaste a mi mamá como me dijiste, y ella me dio los caramelos que me trajiste. ¡Estaban riquísimos!
—Gracias por rescatarme y traerme de vuelta junto con mi hija —dijo Laura, la madre de Cata, acercándose con una expresión de agradecimiento infinito.
Alan sintió un nudo en la garganta. Por un momento, el peso del mundo desapareció ante la sonrisa de la nena. A trescientos metros de allí, el informante ajustó el foco de su lente esmeralda.
—Ojo de Espectro, reporto nuevas personas en la habitación del objetivo —susurró el hombre por la radio de largo alcance.
—¿A cuántos ves? —preguntó Elena desde el otro lado, con su tono seco y autoritario.
—Además del objetivo, dos adultos y lo que parece ser un niño pequeño... quizá algún hijo o algo por el estilo —respondió el hombre, temiendo que la enemiga pública hiciera algo.
En ese momento, Alan hizo algo que marcó un punto de no retorno para quienes lo observaban. Se incorporó y se levantó de la cama para abrazar a Cata.
—¡Quedate acostado! —saltó Larry, dejando de lado las bromas por un segundo—. Aunque no te duela, no te levantes por las dudas.
—No es nada, mi cuerpo se siente mejor ahora —respondió Alan, desbordando una alegría que no había sentido en días. Sus movimientos eran fluidos, sin rastro de la agonía de las balas.
—Capaz que ya tenemos que dejar que descanse, Cata —intervino Laura, notando que el ambiente del hospital seguía siendo tenso.
—¡Pero quiero que me cuente cómo peleó contra el monstruo! —exclamó la niña.
—Mejor no, no es algo para contarles a los niños pequeños —dijo Larry, guiñándole un ojo a Alan—. ¿Por qué no salen y me esperan afuera un segundo?
Cuando madre e hija salieron del cuarto, Larry cerró la puerta y no perdió ni un segundo. Se giró hacia su amigo con su sonrisa habitual, esa que siempre lograba sacar a Alan de su ensimismamiento.
—¿Y...? ¿Pasó algo entre ustedes? —preguntó Larry con tono pícaro.
—¿Hablás de Lucía? ¿Qué va a pasar? —respondió Alan, intentando disimular.
—¿Y yo qué sé? ¿Capaz te quiso hacer sentir mejor cuando los dejé solos? —dijo el médico entre risitas burlonas.
—Ah... de eso estabas hablando —murmuró Alan, mirando hacia otro lado mientras sentía que el calor le subía a la cara.
—Ahora sí, acostate y contame... ¿Te dio algo más que un beso para que estés así de contento ahora? —soltó Larry, estallando en una carcajada que resonó en toda la habitación.
—¡Obviamente no! —respondió Alan rápidamente, entre indignado y divertido.
—Tranquilo, yo te guardo el secreto, pillo —agregó su compañero, aguantándose la risa y dándole un golpe amistoso en el hombro.
En el edificio de enfrente, el informante casi suelta el telescopio por la impresión.
—¡Se levantó! ¡Se acaba de levantar como si nada! —exclamó por la radio.
—Qué sorprendente... —La voz que respondió no fue la de Elena, sino la de una mujer que acompañaba a la tiradora, interviniendo en la frecuencia.
—Si ya está bien, seguro que le dan el alta dentro de poco y pueda irse —añadió el hombre—. Va a ser muy complicado encontrarlo si ocurre eso.
—Entonces vamos a... —Elena empezó a hablar, lista para dar una orden de ataque, pero fue interrumpida por la otra mujer.
—En ese caso, iremos personalmente a visitarlo —sentenció la voz desconocida con un acento español impecable y una calma que helaba la sangre.
El operativo de limpieza en la zona de conflicto avanzaba bajo una calma tensa. El humo de los incendios recientes todavía empañaba el aire de Buenos Aires.
—Prepárense, hay reportes de saqueadores por el área —ordenó Daniel en voz alta, revisando su equipo.
—¡Sí, señor! —afirmaron todos al unísono.
Mientras avanzaban entre los escombros, Lucía sintió una presencia a su espalda. Una voz femenina, cargada de un veneno familiar, rompió su concentración.
—Escuché que ahora te tocó investigar lo que sucedió en Santa Fe, Lucía —dijo Sánchez, una compañera con la que Lucía siempre había tenido roces.
—Sí, yo pedí que me dieran el caso —respondió Lucía sin detenerse, manteniendo la vista al frente.
—Ah, mirá qué bien. También escuché que hablaste con el terrorista que destruyó una cafetería allá en Santa Fe y mató a una chica joven —soltó Sánchez con una sonrisa cínica.
Lucía se detuvo en seco, sintiendo que la sangre le hervía.
—Él no la mató. Fue uno de los siete individuos que aparecieron alrededor del país, Sánchez —exclamó Lucía, con la voz vibrando de molestia.
—¿Por qué me respondés así? —preguntó Sánchez. Sabía que había tocado una fibra sensible y, lejos de retroceder, decidió sembrar más conflicto—. ¿No me digas que es una cara bonita? ¿Vas a dejar que ese tipo siga suelto por ahí matando gente solo porque querés abrirle las...
—¡¿Qué te pasa?! —le reclamó Lucía, interrumpiéndola bruscamente y dándose vuelta para encararla—. ¡¿Quién te crees que sos para juzgar a personas que no conocés?!
—Veo que no estoy tan alejada de la verdad —dijo Sánchez, mirándola con una expresión engreída, disfrutando de haberle hecho perder los estribos.
—¡Suficiente! ¡Vinimos a liberar la zona tomada por el enemigo, no a discutir como adolescentes! —rugió Daniel, poniéndose en medio de ambas.
—Sí, señor —dijeron las dos, aunque la tensión seguía chispeando entre ellas.
Terminaron de comprobar que la zona fuera segura para que los civiles volvieran a sus hogares, pero la paz duró apenas unos segundos. Daniel recibió un mensaje por radio que le cambió el semblante. Dio una orden que les puso la piel de gallina a todos.