Siete Formas de Sobrevivir

#9-Perfume sobre sangre

Mientras las sirenas desgarraban la noche, el convoy de los federales se encontró con un escenario de pesadilla en la Avenida Córdoba. Autos volcados, gente corriendo en pánico y el rastro de una destrucción sistemática. Daniel, observando el caos a través del parabrisas, tomó una decisión basada más en su instinto que en el protocolo.

—Prepárense, algunas patrullas deténganse a socorrer a los civiles afectados. Ordenó Daniel con firmeza.

Miró por el retrovisor hacia la patrulla donde Lucía forcejeaba con la situación. "Sé que algo no está bien con ese chico, pero confío en que vos, Lucía, vas a poder luchar para ayudarlo", pensó para sí mismo. "Espero que... al menos él esté de nuestro lado".

Daniel tomó la radio una última vez:

—¡Lucía y Sánchez, vayan hacia el hospital! ¡Los demás y yo ayudaremos aquí! —La orden fue una apuesta arriesgada, dándole a Lucía la oportunidad de llegar al objetivo antes de que fuera tarde.

Mientras tanto, un vehículo civil, un sedán negro abollado y ensangrentado, frenó con un chirrido violento frente a la entrada principal del hospital. El coche era una monstruosidad improvisada: en la parte delantera, un parachoques reforzado hecho de un semáforo de hierro retorcido se aferraba al chasis como una mandíbula de metal. Habían llegado abriéndose paso a través del tráfico a sangre y fuego; Elena no había dudado en usar su fusil desde la ventanilla para despejar el camino de "estorbos".

El conductor, un hombre aterrorizado que apenas podía respirar con el cañón de un arma en su nuca, sollozó cuando las puertas se abrieron.

—Mi Señora, ¿qué sigue ahora en vuestro plan? —preguntó Elena, bajando del coche con la agilidad de una sombra.

La mujer que la acompañaba descendió con una elegancia que insultaba la miseria del hospital. Ajustó su abrigo y miró la fachada de hormigón con una sonrisa gélida.

—Tú quédate aquí protegiendo la entrada. ¡No dejes que nadie entre! Ordenó su señora. —Si es necesario, mata a cualquiera que ose entrar.

—Sí, mi señora. Afirmó la francotiradora, posicionándose de inmediato tras una columna de hormigón, su visor verde esmeralda barriendo la calle en busca de cualquier patrulla federal.

—Ahora es mi turno de hablar con ese joven prodigio—. Dijo la otra mujer entrando mientras hablaba con voz seductora, casi como si pudiera saborear al chico.

Al cruzar el umbral, un guardia de seguridad robusto, que había visto el despliegue de la francotiradora afuera, se interpuso en su camino con la mano en la funda de su arma.

—Identifícate, o no te dejo pasar—. Ordenó el hombre, intentando mantener la autoridad.

La mujer ni siquiera se detuvo. El anillo dorado que llevaba en su dedo índice pareció cobrar vida; el metal se derritió y fluyó sobre su uña, extendiéndose hasta formar una cuchilla fina, translúcida y tan afilada que cortaba el aire. Con un movimiento fluido, casi elegante, rasgó el cuello del guardia. El hombre cayó al suelo de rodillas, intentando inútilmente tapar la herida mientras se ahogaba con su propia sangre.

—Que nadie se meta en mi camino. ¡Aquellos que osen desafiarme enfrentarán el mismo destino que ese ser despreciable!—. Exclamó ella, recorriendo el hall con una mirada fría que paralizó a los presentes.

Se acercó al mostrador donde una joven administrativa temblaba detrás del monitor.

—¿Dónde está Alan Crimson? —preguntó la asesina con una decisión gélida.

—E-e-e-en el segundo piso, s-s-señorita... habitación 402—. Respondió la chica entre tartamudeos y lágrimas.

En la habitación 402, Alan y Larry sintieron que el ambiente del hospital cambiaba. El murmullo habitual de las enfermeras había sido reemplazado por un silencio sepulcral, interrumpido por un grito lejano.

—Dejame ver qué está pasando—. Dijo Larry, todavía con el rastro de la sonrisa de su broma anterior.

Pasó un tiempo y, como su compañero no volvía, Alan sintió un pinchazo de inquietud en la base de la nuca. Se levantó y caminó hacia la puerta.

—Ey, ¿qué pasa, compañero? —preguntó Alan con tono animado.

Pero su felicidad se transformó en un frío glacial al ver la cara de Larry. Su amigo estaba petrificado, con una expresión de terror que no mostraba desde el encuentro con Ojo de Espectro. Alan giró la cabeza hacia el final del pasillo, cerca del ascensor, y la vio.

Era una visión que no encajaba en ese hospital en ruinas. La mujer vestía un abrigo de cachemira blanco inmaculado que contrastaba violentamente con la escena: tenía a una médica joven suspendida en el aire, estrangulándola con una sola mano, mientras la otra, adornada con joyas que relucían bajo los tubos fluorescentes, parecía acariciar el aire. Su belleza era asfixiante, casi irreal, como una estatua de mármol que hubiera cobrado vida para matar.

—¿Quién es Alan Crimson? —preguntó ella, elevando la voz de tal forma que su acento español resonó en cada rincón del piso.

Larry retrocedió un paso y le susurró a Alan con urgencia:

—Ya escondí a Cata y a Laura en el depósito. La mujer que llegó recién es peligrosa. Muy peligrosa.

Alan sintió el miedo atenazando sus pulmones, pero al ver a la médica perdiendo el conocimiento, tomó una bocanada de aire y, juntando todo el valor que le quedaba, dio un paso al frente.

—¡Soy yo! ¡Yo soy Alan Crimson! ¡¿Qué venís a hacer acá?!

La mujer soltó a la joven médica, quien cayó al suelo tosiendo desesperadamente. En un parpadeo, la expresión de la atacante cambió de una forma asquerosamente rápida. La furia asesina desapareció, reemplazada por una calidez radiante y una sonrisa que derretiría a cualquiera.

—Es un placer por fin encontrarte, querido—. Dijo con una voz suave, aterciopelada, como si no hubiera hecho nada malo hace apenas unos segundos—. Tengo una propuesta que hacerte.

Caminó hacia él, y cada paso que daba parecía acortar el aire en los pulmones de Alan. El chico retrocedió un paso, pero sus pies se sintieron pesados, como si la gravedad misma de la mujer lo anclara al suelo. El aroma de su perfume empezó a nublarle el juicio, desplazando el olor a sangre que todavía flotaba en el pasillo. No era solo miedo lo que sentía; era una atracción eléctrica y prohibida que le recorrió la columna. Miró la mano de la mujer, la misma que acababa de asfixiar a una inocente, y por un segundo, un segundo que lo llenó de asco hacia sí mismo, Alan deseó aceptar lo que fuera que ella tuviera para decir.




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