Siete Formas de Sobrevivir

Una propuesta Eterna

La tensión era un hilo a punto de romperse bajo el cielo de una Buenos Aires que moría en silencio. Mientras tanto, dentro del gigante de hormigón, el ambiente era opresivo, casi sagrado. Alan Crimson, ajeno al tiroteo que estaba por estallar afuera, levantó la vista.

Esa mujer extraña estaba frente a él, acortando la distancia con una elegancia que desafiaba el caos del mundo exterior. Estaba tan cerca que Alan podía percibir el rastro de su perfume, una fragancia sofisticada que chocaba violentamente con el olor a antiséptico y muerte del hospital.

—¡Es un placer por fin conocerte, cariño! —dijo la mujer con una voz sensual, aterciopelada, casi como si estuviera coqueteando con él en una circunstancia normal.

—¿Quién sos? —preguntó Alan. Su voz sonó firme, trabajando cada sílaba para sepultar el miedo que amenazaba con paralizarlo.

—¡Qué mal gusto! Aún no me he presentado—. Respondió ella, esbozando una sonrisa enigmática—. Me llamo Valeria Rossi.

Valeria se inclinó aún más, invadiendo el espacio personal de Alan hasta que su aliento rozó su oído. En un susurro cargado de una intención oscura, añadió:

—Pero tú... tú puedes llamarme como quieras.

Alan se quedó rígido, sin saber cómo reaccionar ante esa mezcla de belleza y peligro inminente. Valeria retrocedió un paso, observándolo como un escultor analiza un bloque de mármol antes de dar el primer golpe de cincel.

—He estado buscando la perfección durante mucho tiempo... y parece que al fin la he encontrado —declaró en voz alta, sus ojos brillando con una chispa de fanatismo—. Tú eres esa perfección, Alan. Y yo... yo quiero que me ayudes a arreglar la imperfección de este mundo.

En la calle, sobre el asfalto que aún irradiaba el calor sofocante de la tarde, el tiempo se detuvo. Sánchez, con el corazón martilleando contra sus costillas, efectuó el primer disparo. Fue un acto de fe desesperado para darle a Lucía la oportunidad de correr hacia el siguiente vehículo, más cerca de la entrada.

La bala de Sánchez pasó demasiado lejos de Ojo de Espectro, perdiéndose en la penumbra. Elena, con reflejos mecánicos, devolvió el fuego instantáneamente. El proyectil trazó una línea de muerte justo cuando Lucía alcanzaba la cobertura de un auto abandonado.

—¡Fallé! —se recriminó Sánchez a sí misma, sintiendo cómo el aire se le escapaba de los pulmones—. Van a matarla por mi culpa.

Sus manos no dejaban de temblar; el fusil parecía pesar una tonelada. La parte trasera del auto donde se refugiaba Lucía fue alcanzada por el proyectil de fragmentación de Elena. El impacto fue devastador: un estruendoso ruido metálico desgarró la cuadra mientras el metal se retorcía como si fuera papel, esparciendo metralla en todas direcciones.

Sánchez, al ver la magnitud de la destrucción, sintió que el pánico la devoraba de nuevo.

—¡Fallé! ¡Van a matarla! ¡Van a matarme! ¡Me va a matar! —empezó a balbucear, el terror nublándole la vista.

El silencio que siguió al desastre fue breve, apenas un suspiro antes de ser opacado por un sonido mecánico y gélido: el ruido del arma de la tiradora. Elena había vuelto a cargar.

—Venid a por mí si os atrevéis... os huelo desde aquí —susurró Elena hacia la nada, su visor color esmeralda buscaba una nueva trayectoria—. Probad mi nueva munición. Quiero ver cómo vuestras entrañas se vuelven metralla.

—Tú eres la persona a la que he estado buscando —sentenció Valeria. Sus ojos brillaban con una fijeza inhumana—. Eres la pieza indicada para forjar mi hegemonía.

—¿Qué...? —susurró Alan. El pánico era una marea fría que subía por sus piernas, anclándolo al suelo del hospital.

«No puedo moverme. Siento que mi cuerpo no me responde», pensaba Alan, alarmado. Sus pulmones quemaban, pero sus músculos estaban bloqueados, como si la sola presencia de esa mujer hubiera alterado las leyes físicas de la habitación. «Esto no me ocurrió ni cuando me enfrenté a Ojo de Espectro. ¿Es esto... miedo?».

Valeria se deslizó hacia él. Con un movimiento grácil de su mano derecha, el extraño anillo que llevaba comenzó a transformarse, el metal fluyendo y extendiéndose como si estuviera vivo hasta convertirse en una cuchilla afilada. El acero todavía estaba manchado con la sangre fresca del guardia de la entrada. Con una delicadeza aterradora, pasó la hoja tibia por la mejilla de Alan, dejando un rastro escarlata en su piel.

—Ven conmigo a Suiza y comencemos a enmendar todo lo que este mundo tiene de erróneo —le susurró al oído, su aliento rozándole el cuello—. Juntos, seremos los arquitectos de algo eterno.

Alan cerraba los ojos, sintiendo el filo helado que antes había sido una joya. «Tengo miedo... ¿Pero de morir o de ella?».

De pronto, una voz estridente desgarró la atmósfera de terror desde unos metros de distancia.

—¡Eh, vos! ¡Él ya tiene novia, no queremos a una gata rompehogares por acá! —gritó Larry, surgiendo del pasillo con esa mezcla de valentía y descaro. Se burlaba de Valeria como si no fuera una mujer capaz de borrarlo del mapa con un gesto.

Valeria Rossi se detuvo en seco. Apartó la cuchilla de la cara de Alan y giró la cabeza con una parsimonia letal, su acento peninsular marcando cada palabra con un desprecio gélido.

—¿Conque tienes una pareja sentimental? —preguntó, entrecerrando los ojos mientras jugueteaba con la forma de su anillo-cuchilla.

Alan seguía atrapado en su propia parálisis, hasta que Larry volvió a tronar, esta vez con más fuerza:

—¡Alan! ¡¿En serio te vas a dejar manipular por esta mujer?! ¡¿Dónde quedó el caballero que sos vos?!

Ese grito, cargado de la cruda realidad de su vida en Buenos Aires, fue el ancla que Alan necesitaba. El hechizo de sumisión se rompió. El peso que Valeria ejercía sobre su voluntad pareció ceder ante una oleada de adrenalina pura. Unas lágrimas de rabia y frustración bajaron lentamente por sus mejillas mientras sus puños se cerraban por primera vez, sintiendo un calor eléctrico recorriendo sus huesos. Ya no era solo miedo. Era la necesidad absoluta de proteger a los suyos de esa "Forjadora" que lo miraba como si fuera un objeto de su propiedad.




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