Vík í Mýrdal, Islandia
El viento del Atlántico Norte aullaba entre los acantilados de basalto, pero Beatriz Volkov no sentía el frío. Permanecía de pie sobre la arena negra, su armadura celeste y cian brillando como el hielo bajo la luz mortecina del Ártico.
—Me trajeron aquí y todavía no los encuentro —dijo Beatriz, su voz ruda marcada por un denso acento ruso—. Todos aquí se rindieron a mis pies, pero los que me trajeron siguen sin aparecer.
Detrás de ella, tres hombres con uniformes del gobierno islandés se aproximaron con cautela. Parecían hormigas ante la presencia de la Dama.
—Su señoría, ha llegado un mensaje de advertencia —dijo uno de ellos, temblando.
—¡Ya les dije que no me molestaran! —bramó Beatriz, girándose con una violencia que hizo que las cadenas de su ancla repicaran contra las rocas.
—Ya lo sabemos, pero es un mensaje imposible de ignorar —insistió el mensajero.
Beatriz aferró la cadena de su ancla colosal, mirándolos con un desprecio gélido.
—¡Rápido! ¡Hablen!
—Los países vecinos que tenían una alianza con nosotros amenazan con invadir si usted no cede el poder. Dicen que esto es una dictadura.
La mujer soltó una carcajada seca que sonó como metal rompiéndose.
—¡¿Sabes cómo me llaman?!
—¡S-Sí! Usted es la Dama del Abismo —respondieron los hombres, casi perdiendo el equilibrio.
—¡¿Incluso sabiendo eso dudan de mí?!
—¡No, su señoría! —exclamó el más joven—. Pero es una alianza de países muy fuertes... se hacen llamar OTAN.
Beatriz apretó el puño. Sus ojos, ocultos tras el casco cian, llamearon.
—En ese caso, ¡refuercen todas las fronteras! ¡Que nadie entre ni salga! El que cierre mi paso, conocerá el fondo del océano. ¡Váyanse!
Los hombres se retiraron a toda prisa, excepto el más viejo, a quien Beatriz le hizo una señal para que se quedara.
—Quiero que busques información sobre otras seis anomalías —le ordenó la Dama—. Seis personas que causan estragos. Quiero saber qué hacen y dónde están. Envía espías si hace falta, perro, encuéntralos.
—Como usted ordene —respondió el anciano, retirándose con una reverencia.
Tokio, Japón
A miles de kilómetros de la nieve islandesa, el ambiente era radicalmente distinto. Ricardo Varela disfrutaba de una cena de lujo en un piso 50, observando el mar de neón de Shinjuku. Hasta ahora, él era el único de los Siete que había decidido pasar desapercibido, moviéndose entre las sombras de la política.
—¡Qué aburrido era ese lugar! ¿Cómo se llama? Ah, sí, Argentina —comentó Varela, usando su pausado acento argentino mientras cortaba un trozo de wagyu—. Aunque ese chico tan extraño me sorprendió.
A su lado, Sayaka Tanaka, una joven atractiva de rasgos finos y traje impecable, carraspeó con incomodidad.
—Señor Varela, por favor, no diga esas cosas en público —susurró ella en un español perfecto pero formal.
—¿Por qué no, che? Aquí nadie me entiende —respondió él, restándole importancia con un gesto de la mano—. No hago desastre porque todavía tengo mucho que probar. Quizás comida... o esos "videojuegos" de los que hablan.
—Usted debe mantener su figura como político para llegar al poder, no lo olvide —le recordó Sayaka, actuando como su sombra y traductora.
—Sayaka, no te preocupes. Antes de eso quiero conocer lugares que nunca visité. ¿Qué opinas de ese local que vi hoy? ¿"Shop" no sé cuánto?
Sayaka se puso roja como un tomate.
—¿Está hablando de la sex shop? ¿Esa cuya vidriera se quedó mirando por cinco minutos?
—¡Esa! Sex shop... con que así se llama —Varela sonrió de lado, divertido por la reacción de la chica—. Quisiera entrar. Vi aparatos raros, pero no entendí los garabatos de los carteles.
—Señor, recuerde que soy su traductora. Sin mí, nadie lo entenderá.
—Ya lo sé, por eso vas a venir conmigo. Capaz te compro algo; seguro hay cosas interesantes ahí dentro —concluyó Varela, volviendo a su cena con una tranquilidad aterradora.
Sayaka bajó la mirada, avergonzada.
—Por favor, no diga esas cosas... y menos en la vía pública.
El César de Sangre
Roma, Italia
El Coliseo, antaño un monumento al pasado, se había transformado de nuevo en una carnicería. En la arena, dos hombres se despedazaban entre el polvo y los gritos, no por gloria, sino por la urgencia desesperada de sobrevivir un minuto más. Alguien los obligaba.
En lo más alto de la grada, sentado en un trono de piedra improvisado, se encontraba el responsable: Flavio Valerius.
Ignis era un titán de casi dos metros. Su musculatura, tallada como el mármol de las estatuas que lo rodeaban, brillaba bajo el sol romano. La lorica musculata de bronce oscuro se ajustaba a su torso, emitiendo un resplandor rojizo que delataba el calor volcánico de su sangre. A su lado, cuatro mujeres hermosas permanecían inmóviles, como estatuas de sal, con el terror grabado en las pupilas. Eran sus "esposas" por decreto.
Con una carcajada que retumbó en todo el anfiteatro, Ignis golpeó el apoyabrazos de su trono.
—¡Ah, ah, ah! ¡Ma guardate questo! —exclamó con su potente acento italiano—. ¿Vieron cómo murió? ¡No aguantó nada, un pedazo de carne inútil!
Las mujeres no se atrevieron a mediar palabra. El silencio solo alimentó su furia.
—¡¿Por qué no hablan?! —rugió, girándose hacia ellas—. ¡¿Acaso quieren que las tire para que peleen en la arena con los perros?!
—¡No! —suplicaron ellas al unísono, encogiéndose—. No nos tires a ese infierno, per favore...
Una de las mujeres, de mediana edad, colapsó bajo el peso de la angustia. Cayó de rodillas, con las manos juntas en un ruego desesperado.
—¡Por favor, suéltanos, Ignis! —gritó entre sollozos.
Las otras jóvenes intentaron ayudarla, pero Ignis se puso de pie. Su sombra cubrió a las cuatro mujeres como una nube de tormenta. Se acercó a la mujer que lloraba y, con una mano que parecía una tenaza de hierro, la tomó del cabello hasta elevarla a la altura de sus ojos.