Siete Formas de Sobrevivir

#13- Convocados por las potencias

Dentro del hospital, mientras el enfermero terminaba de vendarle la mano a la oficial Sánchez bajo la mirada atenta de Lucía y Alan, el aire se puso pesado de una forma diferente. No era la presión eléctrica de los Siete, sino el peso de los secretos de Estado. En la puerta apareció la mujer con el mechón blanco sobre el cabello negro azabache. Vestía un traje oscuro impecable y sostenía una carpeta que parecía pesar una tonelada de documentos clasificados. —Hola, señor Crimson —dijo con esa voz serena, casi mecánica, que Alan recordaba de su primera visita. Lucía se tensó de inmediato. Sus instintos federales le decían que esa mujer era peligrosa en un sentido burocrático y táctico. Se cruzó de brazos, bloqueando el paso hacia Alan. —¿Alan, quién es ella? —preguntó Lucía, con el tono de voz bajo y defensivo. —Perdón por molestarlos —añadió la mujer, ignorando la actitud de la policía—. Pero tengo que hablar con Crimson. A solas, de ser posible. Alan miró a Lucía y luego a la mujer del mechón. —Es una conocida —respondió él, tratando de procesar qué hacía ella ahí—. Es de inteligencia. Se hace llamar Ojo de Águila. Sánchez, desde la camilla, soltó un bufido de dolor y desprecio. —¿Inteligencia? Llegás tarde, nena. El tiroteo ya terminó y casi nos borran del mapa —gruñó la oficial herida. Ojo de Águila ni siquiera pestañeó. Mantuvo sus ojos fijos en los de Alan. —No vengo por el tiroteo del hospital, oficial. Vengo a buscar información de cierta amenaza. —Nosotras somos federales y el chico está bajo mi jurisdicción —dijo Lucía sin titubear, plantándole cara. —Entonces hablemos afuera, sin que ninguna persona ajena nos escuche —sentenció la agente. Los tres se dirigieron a una habitación vacía que había cerca. El silencio del pasillo vacío le daba un aire clandestino a la reunión. Una vez adentro, Lucía no esperó. —¿Y, entonces? —preguntó impaciente. —Recordando lo que usted había dicho, señor Crimson... usted quería formar un equipo para defender al país de estos invasores, ¿cierto? Tenemos información de que algunos lograron salir hacia otros países, fuera de este continente. —¡¿En serio?! ¡¿Cómo salieron del país?! —preguntó Lucía. —Cálmense, señorita. Al parecer obligaron a la gente a llevarlos. Se cree que un barco de carga se encontró incendiado en las costas de Italia. Creemos que fue aquel al que llaman Ignis, mientras que en Islandia una mujer bajo una extraña armadura tomó el poder político. Una dictadura. La OTAN está preparando movimientos militares; teme que Europa entera caiga bajo su control. La agente miró a Alan con una seriedad cortante. —Las potencias mundiales ya se enteraron de tu existencia, Alan. Te convocaron a una reunión para descifrar si sos una amenaza. Si los convencés, te otorgarán armamento y un equipo para combatir a estos desgraciados. —¡Él no se va a ir a ningún lado! —saltó Lucía, interponiéndose. —Recomiendo que lo piensen bien. Es la oportunidad de oro para aliarnos con los poderosos. Tienen el viaje todo pago, incluyéndolos a los dos. Para evitar sospechas de la prensa y otros servicios de inteligencia, la cobertura es que viajan como pareja en viaje de descanso. Es el perfil más bajo que podemos darles. —¿Cómo pareja? —preguntó Lucía, sintiendo que el aire le faltaba—. No, no... no se confunda. —Perdón por el malentendido, parece que toqué una fibra sensible —dijo Ojo de Águila sin rastro de emoción—. Pero si te negás, Alan, podrías ser considerado una amenaza mundial. No podrías tener una relación con nadie por miedo a ser perseguido. Lucía y Alan se miraron en silencio. Ella le apretó la mano suavemente y susurró: —Creo que no nos queda otra opción. Alan se volvió hacia la mujer del gobierno. —En ese caso, acepto. —Bien. Tienen una semana para prepararse. Llámenme al número que les entregué. Ahora que estamos en el mismo bando, pueden llamarme Samantha. De todas formas, no es mi nombre real. Espero su llamada. Cuando Samantha salió, Alan y Lucía se quedaron parados en medio de la habitación vacía, procesando que el destino de Alan ya no dependía de un hospital, sino de los líderes del mundo. Fue ahí cuando Alan, tratando de aliviar el peso insoportable de la situación y recordando las bromas de Larry, le agarró las manos a Lucía. —Lucía... —dijo con una voz grave y fingida— ¿Irías conmigo a convencer a los altos mandos como mi novia y futura madre de mis hijos? La habitación estalló, pero esta vez por las carcajadas de Alan. —¡Tendrías que haber visto tu cara! ¡Te pusiste colorada como un tomate! —decía él entre risas, casi sin aire. —¡No digas esas cosas! —le gritó Lucía, entre la furia y la risa, dándole un empujoncito—. ¡Te estás pareciendo al imbécil de Larry! —Vamos a preparar las cosas —dijo ella, tratando de recuperar la dignidad mientras caminaba hacia la puerta—. Te iba a comprar un celular nuevo, pero me demostraste que no te lo mereces. —¡¿Qué?! ¡¿Me ibas a comprar un celular?! —Alan salió corriendo tras ella por el pasillo—. ¡Lucía, perdoname! ¡No quise jugar con tus sentimientos así! ¡Lucíaaa!




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