Siete Formas de Sobrevivir

#14- Titanio y Sangre

Dos días después del trato con Samantha, el olor a hospital finalmente fue reemplazado por el aroma a café recién molido y perfume de marca. No había sido fácil convencer a los médicos, pero la recuperación de Alan era tan absurdamente rápida que no tenían excusas legales para retenerlo, especialmente con la presión de la Federal detrás.Caminar por el shopping de Palermo se sentía como estar en otro planeta. La gente reía, miraba vidrieras y se quejaba de los precios, totalmente ajena a que el mundo, tal como lo conocían, estaba empezando a resquebrajarse en Europa.Alan se sentía pesado. No gordo, sino denso. Cada paso que daba sobre el suelo brillante del centro comercial parecía retumbar en sus propios oídos. Su piel, ahora más bronceada y tersa, rozaba con la ropa nueva que Lucía le había obligado a ponerse para "pasar desapercibidos".—¿Podés dejar de mirar a todo el mundo como si te fueran a atacar? —susurró Lucía a su lado, dándole un codazo amistoso—. Disimulá un poco, Alan. Vinimos por un celular, no a una misión de infiltración en el Kremlin.Lucía vestía de civil: unos jeans, una campera de cuero y el pelo recogido. Se veía distinta sin el uniforme, más joven. Alan la miraba de reojo; su cara de felicidad y su sonrisa genuina le cambiaban el semblante por completo. Intentaba olvidar el trágico inicio de todo esto, pero la bella cara de Lucía hacía que recordara vívidamente a Sofía. Por un instante, el parecido lo golpeaba: parecían ser la misma persona, un reflejo doloroso de lo que había perdido.—Es raro, Lucía —respondió Alan, ajustándose la remera que le quedaba más ajustada de lo normal en los hombros—. Hace tres días estaba peleando por mi vida y ahora estamos acá, viendo funditas de colores. Siento que en cualquier momento el piso se va a romper.—El piso no se va a romper, nene. Lo que se va a romper es mi billetera si seguís mirando ese modelo de alta gama —bromeó ella, deteniéndose frente a un local de tecnología—. Entremos. Compramos el equipo, nos tomamos un helado y volvemos a la base. Es una

entrar al local, el brillo de las pantallas LED le devolvió su propio reflejo. Alan no reconoció al hombre que lo miraba desde el cristal; se veía más "normal", más imponente, aunque en el fondo sabía que algo era diferente.—¿Tenés algún celular en específico en el que hayas pensado? —preguntó Lucía.—Realmente no, no le presté mucha atención —respondió Alan.—Tch, ¿todos tienen que elegir por vos? —preguntó ella arqueando una ceja.—Obviamente no —se defendió Alan—. Este me llama la atención por su diseño, y encima tiene mucho almacenamiento y buena cámara.Señaló un Samsung S24 Ultra de titanio. Al ver el precio, Lucía casi se atraganta.—¡¿Ese?! Alan, con lo que cuesta ese bicho pagamos el alquiler de la comisaría por tres meses.El vendedor, un chico joven llamado Enzo, se acercó con una sonrisa entrenada.—Es de titanio, prácticamente indestructible —dijo Enzo—. ¿Te lo bajo para que lo pruebes?Alan asintió. Cuando el vendedor puso el equipo en sus manos, Alan sintió un cosquilleo eléctrico. Al intentar presionar el botón de encendido, no midió su nueva densidad muscular. Se escuchó un "crack" seco. Había hundido el botón lateral hacia dentro del chasis de titanio. Alan palideció y miró a Lucía con ojos de pánico.—Che, Enzo... —intervino Lucía rápidamente, usando su "voz de policía" para distraerlo— Me parece que el titanio es mucha pretensión. Traeme el Samsung A54, ese que está en oferta. Es guerrero y si se le cae al piso no sufre tanto.El vendedor, aunque decepcionado, fue a buscar la caja del modelo más barato. Alan respiró hondo, mirando su mano con terror. "Si esto le hice al titanio sin querer...", pensó.Terminaron pagando el equipo rápidamente y salieron del local casi trotando. Una vez entre la multitud del patio de comidas, Lucía estalló en una risa nerviosa.—¡Alan! ¡Casi me das un infarto! ¿Hundiste el botón de un equipo de titanio? ¡Sos una prensa hidráulica humana!Alan empezó a reírse por el puro estrés.—¡Te juro que apenas lo toqué! Siento que si saludo a alguien con un apretón de manos, le dejo los dedos como un acordeón.—A ver, dame ese celular que agrego mi número de teléfono así podemos comunicarnos a distancia —dijo

sacarle el aparato de las manos, Lucía rozó sus dedos con los de Alan. Fue un contacto breve, pero cargado de una electricidad que no tenía nada que ver con sus poderes. Cruzaron miradas por un segundo eterno, pero ambos la desviaron tímidamente, fingiendo interés en la caja del teléfono.—¿Tenés donde quedarte para pasar las noches? —preguntó Lucía, tratando de recuperar la naturalidad.Antes de que Alan pudiera responder, cruzaron por delante de una vidriera de un local de electrodomésticos. Una pared de televisores mostraba la misma imagen en cadena nacional: el logo de la CNN parpadeaba en rojo."CAOS EN EUROPA: ÚLTIMO MOMENTO".En la pantalla se veía una grabación borrosa de Roma. El cielo estaba teñido de un rojo sangre. En medio de la plaza, un hombre imponente de casi dos metros, con una capa roja y una armadura de bronce, caminaba mientras el pavimento a su paso se derretía.—Es él... —susurró Alan, reconociendo la descripción de los Siete—. Ignis, el Sol de

imagen cambió a Islandia, donde una mujer sostenía un ancla gigantesca rodeada de cadenas azules bajo una tormenta de nieve negra. La paz del shopping se sintió de repente como una mentira. El mundo ya no estaba esperando a Alan. El mundo estaba ardiendo.—Vamos —dijo Lucía, su tono de broma desapareciendo por completo—. Tenemos que empezar a entrenar. Ahora.




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