Siete Formas de Sobrevivir

#16- Cadenas y Maletas

Islandia.

A 25 kilómetros de Reikiavik

El rugido de las turbinas geotérmicas en la Central de Hellisheiði era lo único que llenaba el silencio sepulcral de la sala de mando. El vapor caliente chocaba contra los ventanales, donde afuera la nieve islandesa caía con furia. En el centro de la sala, Beatriz Volkov permanecía de pie, rodeada de un aura cian que distorsionaba el aire. Sus cadenas, pesadas y gélidas, descansaban en el suelo como serpientes de acero dormidas.

Un hombre de facciones duras y piel pálida se acercó con paso rápido. Su acento islandés era marcado, arrastrando las consonantes con nerviosismo.

—¡Tengo información nueva, señora! —exclamó el espía, inclinando la cabeza.

Beatriz no se dio vuelta. Estaba observando el mapa de presión térmica de la isla.

—¡Dímelo, que sea rápido! —ordenó con su voz profunda, marcada por ese rudo acento que hacía temblar a sus subordinados.

—¡Los líderes de la OTAN todavía no atacarán! —soltó el informante.

Beatriz soltó una carcajada seca, carente de humor, mientras su mano derecha se cerraba sobre el mango de su gran ancla. El metal brilló con un pulso celeste.

—¡Ya lo sé! Si nos estuvieran atacando, habría más movimiento, ¡Durrak! —le espetó, girándose bruscamente. El peso de su armadura resonó contra el piso metálico—. ¡No me hagas perder el tiempo con estupideces!

—Sí, es cierto, señora... —el hombre tragó saliva—. Pero también descubrí por qué lo pospusieron. Primero organizarán una reunión importante.

Beatriz arqueó una ceja, su interés despertado. Las cadenas de su espalda tintinearon levemente.

—¿Qué discutirán? —preguntó con una curiosidad gélida.

—¡Al parecer hay alguien que enfrentó a tres visitantes y sobrevivió! —dijo el secuaz—. Los altos mandos de la OTAN quieren tenerlo en sus filas si no representa ninguna amenaza para ellos.

La Dama del Abismo se quedó inmóvil. El vapor de la sala pareció congelarse por un segundo.

—¿Alguien capaz de enfrentarnos y por sobre todo sobrevivir? —repitió ella, incrédula—. ¡Sigue recaudando información y házmelo saber rápido!

—¡Señora, otra cosa más! —agregó el espía—. Esa persona viajará dentro de unos días para encontrarse con los miembros de la OTAN. Si todo sale bien para ellos, él probablemente podría representar una amenaza.

Beatriz golpeó la base de su ancla contra el suelo. Una onda expansiva invisible hizo que las pantallas parpadearan.

—¡Busca a los mejores soldados cuerpo a cuerpo! —sentenció la Dama—. Llévalos para que identifiquen si el sujeto es una amenaza. Si es así... que acaben con él antes de la reunión.

—¡Sí, señora!

—Lleva a unos pocos para no levantar sospechas —agregó ella—. Pero quiero que también se infiltren en Roma. El sádico que está allí podría causarme problemas si piensa moverse. Lleva a un pelotón armado pero que pueda pasar desapercibido. ¡No confío en el Sol de Sangre!

Buenos Aires.

Departamento de Lucía.

El sol de la mañana entraba por la ventana de la cocina, iluminando las partículas de polvo que flotaban en el aire. El departamento de Lucía se sentía pequeño, casi claustrofóbico, ahora que Alan sabía que en menos de cuarenta y ocho horas estaría cruzando el océano.

Alan estaba sentado a la mesa, mirando una taza de café humeante. A su lado, el nuevo celular descansaba sobre un mantel individual. No se atrevía a mirar las noticias; la imagen de la Dama del Abismo en Islandia todavía lo perseguía.

—¿Pudiste dormir algo? —preguntó Lucía, saliendo del baño con el pelo húmedo y una toalla al cuello.

—No mucho. Sigo pensando en lo que dijo mi viejo —admitió Alan, rodeando la taza con sus manos. Al apretar un poco más de lo normal, la cerámica crujió levemente. Aflojó el agarre de inmediato—. Siento que si me voy, ya no va a haber vuelta atrás. No hay un "después" de esto, ¿no?

Lucía se sentó frente a él, dejando de lado su actitud de oficial por un momento.

—No te voy a mentir, Alan. No la hay. Pero quedarte acá tampoco es una opción. Sos el tipo más buscado del mundo y el único que puede darnos una oportunidad.

Se quedaron en silencio mientras Micaela pasaba al fondo, todavía en pijama, revoleando una remera y quejándose en voz baja de un examen de anatomía. La normalidad de la hermana menor de Lucía era el único cable a tierra que les quedaba.

—Bueno, basta de caras largas —dijo Lucía, levantándose y yendo hacia el living—. Tenemos que armar el equipaje. Prepará tu ropa, aunque sea poca. Seguro más adelante te compramos más.

—Sí, ya guardo —respondió Alan.

—Voy a ir a avisarle a mi hermana de la situación. Va a venir una amiga que es profesora a cuidarla —explicó Lucía.

Alan asintió callado, empezando a preparar sus pocas mudas de ropa. Antes de alejarse, Lucía se acercó y, sin decir nada, puso una mano sobre su hombro. No fue un roce tímido; fue un apoyo firme, una promesa silenciosa de que no estaba solo.

—Vas a volver a verlos, nene. Te lo prometo —susurró ella.

Alan la miró y, por un instante, el parecido con Sofía desapareció. Lucía ya no era un reflejo del pasado; era su presente.

—Espero que tengas razón —dijo Alan, intentando bromear con el acento de la mujer que había visto en las noticias, aunque le salió una sonrisa triste.

—¡Eh, cochinos! —gritó Micaela desde la cocina, asomando la cabeza con una tostada en la mano—. ¡Dije que cerraran la puerta si iban a ponerse mimosos! ¡Me van a traumar!

Lucía revoleó un almohadón de la cama que Micaela esquivó riendo. El ambiente se alivió, pero ambos sabían que esa era la última mañana de paz. Después de eso, Lucía fue a hablar con su hermana al living.

—Mica, yo tengo que irme por trabajo por un tiempo. Va a venir Carmen a cuidarte, ¿te acordás de ella?

—Sí, ¿cómo no me voy a acordar? —respondió Micaela, rezongando.

—No sé cuánto tiempo tarde en volver, pero cuidate y hacele caso a Carmen —agregó Lucía con tono protector.




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