REGISTRO DE TRÁNSITO AÉREO - UNIDAD DE TRANSPORTE E-3 (OTAN)
FECHA: 22/01/2026 | HORA DE DESPEGUE: 03:00 UTC-3
ORIGEN: Argentina | DESTINO: Complejo Subterráneo "Búnker Cero" (Bruselas)
PASAJEROS: Crimson, Alan; Ferraro, Lucía.
—Es un placer ver que se toma en serio los horarios, señor Crimson —dijo Samantha, esperando al pie de la pista.
—¿Por qué hay que salir tan temprano? —preguntó Alan entre bostezos, ajustándose la mochila.
—Es una estrategia para no involucrar civiles, ni hostiles —respondió la agente del Estado con su habitual frialdad—. Veo que también se animó a traer a su... compañera.
Lucía Ferraro luchaba por mantener sus ojos abiertos, pero asintió con firmeza.
—Es hora de irnos. Yo viajaré en el mismo avión que ustedes —concluyó Samantha, señalando el Gulfstream G550 de color gris mate que los esperaba.
Mientras subían la escalerilla, Alan no pudo evitar mirar hacia atrás. A lo lejos, entre las sombras de un hangar, alguien los observaba. El extraño llevó una mano a su oído.
—Los objetivos ya abordaron el vehículo, están a punto de despegar. Parece que tienen seguridad —informó el espía a un comunicador antes de desaparecer.
Una vez en el aire, Lucía y Alan se acomodaron en unos asientos dobles de cuero. Samantha se ubicó atrás, observándolos en silencio para evitar cualquier inconveniente. No pasó mucho tiempo antes de que Lucía fuera vencida por el sueño; hacía días que no descansaba profundamente. Incluso Samantha parecía haberse dormido.
Alan intentó girarse para mirar hacia atrás, haciendo que su asiento soltara un leve crujido.
—Señor Crimson, ¿sucede algo? —preguntó Samantha al instante, sin abrir los ojos.
—No es nada, solo quería ver si dormías vos también —respondió el chico, sorprendido.
—Sí, lo estaba. Pero no puedo darme el lujo de descuidarlos.
Su sueño era tan ligero que parecía estar en "modo suspensión", como una computadora esperando a activarse ante el menor estímulo.
—Si usted se aburrió y planea hacer algo al respecto, le sugiero que espere a pisar tierra firme, o que duerma hasta que lleguemos —agregó la mujer del mechón blanco.
Alan se acomodó para dormir a pesar del aire frío que salía del climatizador. Sintió un peso cálido en su hombro: Lucía, aún dormida, se había apoyado sobre su brazo. Su calor le resultaba reconfortante en medio de la frialdad metálica de la cabina.
"Si estuviera despierta, esto la avergonzaría" —pensó Alan—. "Pero se ve linda mientras duerme. Yo también debería dormir, mañana es un día importante".
El suave zumbido de los motores del Gulfstream era lo único que rompía el silencio de la cabina. Alan se despertó con una sensación de pesadez en el brazo; Lucía seguía dormida, con el rostro relajado y un mechón de cabello oscuro cayéndole sobre la nariz. Samantha, impecable a pesar de las horas de vuelo, cerraba una laptop ultradelgada.
—Estamos entrando en espacio aéreo belga —anunció Samantha sin levantar la voz—. Prepárense. No aterrizaremos en el aeropuerto internacional.
Alan movió suavemente el brazo, haciendo que Lucía se despabilara.
—¿Ya... ya llegamos? —preguntó ella, recomponiéndose rápido y recuperando su postura profesional, aunque sus mejillas delataban una leve vergüenza al notar que había usado a Alan de almohada.
—Casi —respondió Alan con una media sonrisa—. Lucía Ferraro, bienvenida al otro lado del mundo.
El avión no descendió hacia las luces brillantes de la ciudad, sino hacia una zona boscosa en las afueras. Aterrizaron en una pista privada oculta entre los árboles, perteneciente a una base logística de la OTAN. Al bajar, el frío seco de Europa les golpeó la cara.
—Rápido, suban al transporte —ordenó Samantha.
Frente a ellos había dos camionetas SUV negras, blindadas y con vidrios opacos. No hubo trámites de aduana ni sellos en pasaportes. Para el mundo, Alan Crimson no había salido de Argentina.
El Trayecto al Búnker Cero
El viaje duró apenas veinte minutos por rutas secundarias desiertas. Alan observaba por la ventanilla. Bruselas se veía antigua y majestuosa a lo lejos, pero ellos se dirigían a lo que parecía una vieja fábrica textil abandonada en las afueras industriales.
Las SUV se detuvieron frente a un portón de acero oxidado. Tras un escaneo de retina de la conductora, el portón se abrió, revelando un montacargas industrial lo suficientemente grande para los dos vehículos.
—¿Un búnker debajo de una fábrica? Qué poco original —comentó Alan, tratando de ocultar sus nervios.
—La originalidad es enemiga de la seguridad, señor Crimson —respondió Samantha mientras el montacargas empezaba a descender—. Estamos bajando cincuenta metros bajo tierra. Bienvenidos al Búnker Cero.
Cuando las puertas del montacargas se abrieron abajo, la imagen cambió drásticamente. El concreto viejo dio paso a paredes de polímero blanco, luces LED frías y un despliegue tecnológico que Alan solo había visto en películas. Soldados con uniformes tácticos sin banderas nacionales montaban guardia cada diez metros.
Al bajar de la camioneta, el eco de sus pasos resonó en el pasillo principal. Samantha los guió hasta una antecámara vidriada donde cuatro personas los esperaban de pie, formando una hilera perfecta.
—Ferraro, Crimson —dijo Samantha, deteniéndose—. Antes de la reunión con los diplomáticos mañana, deben conocer a su equipo de apoyo. Ellos han sido seleccionados de entre los mejores del mundo para asegurar que usted, Alan, no solo sobreviva, sino que se convierta en lo que necesitamos.
Alan tragó saliva al ver las caras. Había una mujer japonesa con mirada de pocos amigos, un hombre británico que parecía estar contando cuántas veces parpadeaba Alan, un médico alemán de mirada serena y una científica coreana que ya estaba operando una tablet, analizando los datos biométricos que el reloj de Alan enviaba en tiempo real.