Alan y Lucía fueron guiados a la habitación donde dormirían esa noche. Más que un cuarto, parecía un almacén pequeño, frío y algo descuidado. Las paredes de concreto desnudas devolvían el eco de sus pasos, un sonido metálico y hueco que acentuaba la sensación de estar enterrados vivos bajo toneladas de tierra belga.
—Me siento encerrada acá adentro —dijo Lucía, abrazándose a sí misma mientras recorría el lugar con la mirada, deteniéndose en las luces parpadeantes del techo.
Alan, sin mostrar ni un ápice de preocupación por el estado del cuarto, dejó su mochila en un rincón. El polvo levantado por el golpe bailó brevemente bajo la luz blanca y artificial.
—Está mejor que la celda en la que me interrogaste —respondió con una ironía seca, aunque sus ojos no acompañaban la broma.
—Tomate esto en serio —le recriminó Lucía. Soltó un suspiro pesado y se sentó en el borde de una de las cuchetas de metal. El chirrido del somier resonó con un quejido agudo que pareció vibrar en los oídos de Alan.
—Me lo tomo en serio —replicó él, cruzándose de brazos—. Pero quejarnos de la decoración no va a cambiar el hecho de que estamos a cincuenta metros bajo tierra. Además... —hizo una pausa, mirando la puerta blindada con una fijeza que asustaba—, prefiero este búnker a que la Dama del Abismo nos encuentre caminando por Buenos Aires.
Lucía lo miró y, por un momento, su fachada de oficial de la Federal se agrietó. La luz fluorescente, con su zumbido eléctrico casi imperceptible, la hacía ver más pálida y cansada de lo habitual.
—Es que no es solo el búnker, Alan. Es esa gente de afuera. El británico, la científica... nos miran como si fuéramos piezas de un motor que hay que ajustar o descartar. Me preocupa lo que pase mañana en esa reunión.
Alan se acercó y se sentó en la única silla de metal del cuarto, frente a ella. El aire acondicionado del complejo siseaba con un sonido monótono que empezaba a taladrarle los oídos, un recordatorio constante de que incluso el aire que respiraban era artificial.
—Mañana me van a llover preguntas. Samantha dijo que son diplomáticos de la OTAN, pero Artie dio a entender otra cosa. Si deciden que soy un peligro...
—No voy a dejar que te toquen —lo interrumpió Lucía con una firmeza que sorprendió a ambos. Se puso de pie, recuperando su postura profesional—. Soy tu enlace oficial. Si quieren llegar a vos, tienen que pasar por encima de la jurisdicción argentina.
Alan sonrió, esta vez con una ternura genuina que logró relajar sus hombros por un segundo.
—Gracias, princesa —bromeó, devolviéndole el apodo con el que ella lo fastidió.
Lucía revoleó los ojos, pero una pequeña risa rompió la atmósfera gélida del búnker.
—Callate y descansá. Mañana tenés que estar lúcido. Esas personas no solo escuchan lo que decís, analizan cómo lo decís.
Se acomodaron como pudieron en las camas individuales. Alan se quedó mirando el techo gris durante horas, contando los remaches de las vigas.
Escuchaba la respiración de Lucía en la cama de abajo y el rugido lejano de la maquinaria pesada del complejo. Sus pensamientos volaron hacia su hermano y su padre, tan lejos ahora, y luego hacia el gélido casco de la Dama del Abismo en Islandia. Sabía que el entrenamiento con Aiko y Artie sería un infierno, pero primero debía sobrevivir a los "Hombres de Gris".
Viernes 23 de enero, 08:00 horas.
Alan y Lucía fueron escoltados hacia los niveles inferiores del complejo, un sector restringido conocido como "El Hemiciclo". El aire aquí era más denso, cargado de ozono y estática. Al llegar a la pesada puerta de doble sellado, un guardia táctico les bloqueó el paso con la frialdad de una estatua de grafito.
—Señorita, usted no puede pasar —le dijo el guardia a Lucía con una voz desprovista de emoción humana.
Lucía intentó protestar, pero Samantha intervino de inmediato, poniendo una mano sobre el hombro de Alan y empujándolo suavemente hacia adelante. El contacto fue breve, pero Alan sintió la tensión en los dedos de la agente; ella también estaba bajo presión.
—Usted y yo entraremos, señor Crimson.
Al ingresar, Alan sintió una presión física real, como si la gravedad de la sala hubiera sido aumentada de golpe. Era la carga psicológica de ser observado por los representantes de las potencias más influyentes de la Tierra.
El lugar era una sala de conferencias circular, enterrada aún más profundo que los dormitorios. Las paredes de un gris metálico absorbían la luz, dejando el centro de la habitación iluminado por un foco cenital que caía sobre una silla solitaria: el lugar destinado para Alan.
Frente a él, sentados tras una mesa curva de obsidiana que brillaba como un espejo negro, estaban cuatro representantes de la OTAN. Samantha dio un paso al costado, dejándolo expuesto. Alan caminó hacia la silla, analizando a los "hombres de gris":
A la izquierda estaba el Coronel Silas Vane (EE.UU.), con su cabello cortado al ras y una postura tan rígida que parecía parte del mobiliario. Su uniforme táctico de gala estaba impecable y una cicatriz cruzaba su ceja izquierda. No miraba a Alan como a una persona, sino como un general analiza un arma experimental que podría fallar.
A su lado, la Dra. Helga Meyer (Alemania). Elegante y severa, sus anteojos de marco fino brillaban bajo la luz LED. Mantenía las manos entrelazadas sobre la mesa con una quietud absoluta. Su mirada era calculadora; parecía estar clasificando a Alan en una lista interna de amenazas biológicas.
En el centro, Jean-Luc Beaumont (Francia). Delgado, vestido con un traje oscuro de corte perfecto, parecía arrastrar un cansancio crónico. Jugueteaba constantemente con una tablet de seguridad, observando a Alan con una curiosidad diplomática casi cínica.
Finalmente, Alistair Thorne (Reino Unido). Con su traje de tweed parecía un profesor universitario, pero Alan notó sus manos callosas de soldado veterano. Era el único que mantenía una expresión mínimamente empática, aunque sus ojos eran los más agudos de la mesa.