Siete Formas de Sobrevivir

#19- Justicia de Porcelana

ISLANDIA.

Punto de observación: Faro de Dyrhólaey.

El viento en los acantilados de Dyrhólaey no soplaba; aullaba como una bestia herida. La nieve se mezclaba con la ceniza volcánica, creando un velo gris que envolvía el antiguo faro, ahora convertido en un bastión de acero y energía cian.

Cinco figuras vestidas con túnicas de un color púrpura oscuro, casi negro, caminaban con dificultad hacia la cima. Sus vestimentas estaban hechas de una seda pesada que resistía la humedad, bordada con hilos de plata que formaban patrones de ojos y cadenas. Lo más inquietante eran sus máscaras: rostros de porcelana blanca, sin boca y con cuencas vacías cubiertas por un cristal oscuro que reflejaba el mar embravecido.

Eran escoltados por soldados islandeses, hombres que habían cambiado su bandera por el emblema del ancla. Al llegar a la cámara principal del faro, las puertas de hierro se abrieron pesadamente.

Beatriz Volkov no estaba sentada en un trono. Estaba recostada sobre la curvatura de su colosal ancla de metal negro, que ocupaba casi todo el centro de la sala. Las cadenas de su arma subían por las paredes como enredaderas metálicas, vibrando con un zumbido sordo que hacía que el suelo temblara levemente.

—Señora, estas personas dicen ser súbditos suyos —anunció uno de los militares, manteniendo la mano en el guardamonte de su rifle.

Apenas las palabras salieron de su boca, el líder del grupo de las túnicas se desplomó sobre sus rodillas, haciendo que la porcelana de su máscara golpeara el suelo de basalto.

—¡Usted es espléndida! ¡Maravillosa! ¡Es... hermosa! —exclamó con una voz que oscilaba entre el fanatismo y la locura.

Los militares reaccionaron por instinto, apuntando sus armas hacia la cabeza del hombre. Sin embargo, él no se inmutó; permaneció arrodillado, con los brazos extendidos hacia Beatriz como si estuviera frente a una deidad.

—¿Quiénes son ustedes? —preguntó la tirana. Su acento ruso era denso, cada palabra arrastrada con una autoridad gélida que parecía congelar el aire.

—¡Somos corderos sin un camino fijo! —respondió el líder sin levantarse—. ¡Estamos dispuestos a ser sus más leales servidores!

—¡Así es! ¡Estamos aquí para usted! —agregó una mujer del grupo, cuya túnica estaba manchada de salitre. Sus voces, filtradas por las máscaras sin boca, sonaban distorsionadas, como si hablaran desde el fondo de un pozo.

Beatriz acarició uno de los eslabones de su cadena. Sus ojos cian brillaron con una mezcla de curiosidad y desprecio.

—¿Realmente están dispuestos a ser mis súbditos? ¿Incluso si deben dar su vida por mí?

—¡Sí! —afirmaron los cinco al unísono, un grito que compitió con el trueno del oleaje rompiendo contra el acantilado.

—Estábamos preparando su llegada desde hace mucho tiempo, su majestad —agregó el líder, inclinando la cabeza hasta que su frente tocó el suelo frío.

Beatriz se incorporó lentamente. El metal de su ancla chirrió contra el suelo, provocando una pequeña onda expansiva que hizo que los vidrios del faro vibraran peligrosamente. Su rostro se ensombreció.

—Así que ustedes me trajeron aquí —dijo con un tono cargado de amenaza—. ¿Cuál es su objetivo? ¿Por qué me arrastraron a este mundo miserable?

—¡Lo sentimos mucho! —exclamó el líder, con los hombros temblando—. Pero necesitábamos a alguien que pudiera representarnos en este mundo que solo nos aplasta en el caos y la corrupción. Alguien con la fuerza para hundir lo viejo y traer lo nuevo.

—¿Y qué esperan que haga yo? —preguntó Beatriz, perdiendo la paciencia. Sus cadenas se tensaron, elevándose unos centímetros del suelo como serpientes listas para atacar.

—Solo haga lo que usted crea correcto, nosotros la seguiremos como fieles devotos —respondió el hombre con una sumisión absoluta—. Usted es el ancla que detendrá la deriva de esta humanidad podrida.

—¡Así es, su majestad! —exclamaron los otros cuatro, apoyando una rodilla en el suelo en señal de respeto absoluto.

Beatriz se quedó en silencio, observando a los fanáticos. El sonido del mar bajo el acantilado parecía corear sus pensamientos. Ellos podrían ayudarme a que la población no se vuelva en mi contra, pensó. Eran la herramienta perfecta: una policía moral y espiritual que no cuestionaría sus órdenes.

—¿Cuántos de ustedes hay? —preguntó finalmente, suavizando un poco su tono.

—¡Muchos! ¡Y en casi todo el mundo! —respondió el líder con un orgullo que se filtraba a través de su máscara blanca—. Estamos en las sombras de cada capital, esperando su palabra.

La Dama del Abismo sonrió por primera vez, una expresión gélida que no llegaba a sus ojos.

—¿Estarían dispuestos a predicar su "religión" por todo el territorio que está bajo mi mando? A cambio, yo les daría riquezas y un lugar seguro donde vivir. Un santuario en medio de la tormenta que se avecina.

—¡Como usted diga! ¡Estamos a sus órdenes! —afirmaron los individuos, con la devoción de quienes acaban de encontrar su propósito en el fin del mundo.

Beatriz se levantó de su ancla. El roce del metal contra el suelo de piedra volcánica produjo un chirrido que silenció el aullido del viento exterior. Se acercó al borde del mirador del faro, donde los cristales reforzados vibraban por la presión de la tormenta.

—Ya que ustedes me trajeron... ¿por qué en un lugar tan alejado, como ese país rural? —preguntó la Dama, su voz era un susurro gélido cargado de veneno mientras recordaba su llegada a las llanuras argentinas.

El líder sectario, cuya máscara de porcelana reflejaba el parpadeo de la luz del faro, levantó un poco la cabeza.

—¿A usted no le parece que si se rompe la fachada de una casa nadie lo notaría? —devolvió con una lógica retorcida—. Argentina era el punto de menor resistencia. Pero el velo se rasgó más de lo previsto. Al igual que usted, aparecieron otros seis individuos... fue un daño colateral.

—¡Ustedes trajeron a Ignis! —rugió la Dama.




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