Alan y Lucía caminaban detrás de Samantha por un pasillo ancho y monótono que conducía hacia el Área 4. El aire allí olía a aceite de motor y a metal frío.
—Todavía te ves tenso. Calmate, lo más preocupante ya pasó —susurró Lucía, buscando su mano para darle seguridad.
—¿Te parece que lo más preocupante ya pasó? —preguntó Alan, con la voz cargada de una amargura que no podía disimular—. ¡Me quieren observar y entrenar para usarme como un arma! Y si no lo logran, me van a encerrar de por vida.
—¡Señor Crimson, tranquilícese! —intervino Samantha con voz firme, sin dignarse a girar la cabeza—. Cuando todo esto acabe, podrá volver a su vida cotidiana.
—¿Vida cotidiana? ¿Todavía tengo derecho a eso después de entrar acá? —insistió el joven, exaltado. El eco de sus palabras rebotó en las paredes de hormigón, devolviéndole un sonido distorsionado.
—Tranquilo, es solo entrenamiento —agregó Lucía con voz serena, intentando ser el ancla que evitara que Alan perdiera los estribos—. Si sale todo bien, seguro que no nos molestan más.
El ambiente quedó en un silencio sepulcral. El pasillo parecía no tener final y las luces LED blancas resaltaban la palidez de sus rostros. Al llegar a una pesada compuerta reforzada, Samantha se detuvo.
—Llegamos. Este lugar será su futuro campo de entrenamiento.
Dentro del Área 4, el espacio era inmenso. Allí estaban Aiko y Artie. Aiko estaba sentada sobre una mesa de madera, jugando con una navaja, mientras Artie revisaba meticulosamente una serie de sensores en la pared.
—¡Miren quién llegó! —exclamó Aiko con una sonrisa burlona que le achinó los ojos—. Nuestro nuevo compañero.
—No lo molestes, Aiko. Todavía tiene que adaptarse al lugar. Luego lo fastidiás —dijo Artie, sin levantar la vista de sus instrumentos.
—Parece que vamos a tener que llevarnos muy bien con ellos para no sufrir de más —le dijo Lucía a Alan en voz baja, notando la peligrosidad que emanaba de la instructora japonesa.
Alan no respondió. Se limitó a clavarle una mirada cargada de resentimiento a sus próximos verdugos.
—No pensé que fuese tan arisco —comentó Aiko, saltando de la mesa con una agilidad felina. Se acercó a ellos, emanando un fuerte olor a cigarrillo electrónico de cereza—. Mirá, allá están las herramientas que usaremos. ¿No te emociona?
Señaló un armero de alta tecnología donde descansaban desde cuchillos tácticos hasta rifles de precisión de última generación. Alan solo vio instrumentos de muerte.
—Vamos, ayudame a alentarlo —le pidió Aiko al británico.
—Mi trabajo es entrenarlo y probarlo, no hacer de payaso —sentenció Artie con una frialdad quirúrgica.
—Qué gruñón —dijeron al unísono Aiko y Lucía, compartiendo un breve momento de complicidad femenina que Alan ignoró por completo.
Samantha, tras observar que el reconocimiento del área estaba hecho, dio media vuelta.
—Ese es todo el tour por hoy. Volvamos; debemos hablar de lo que implica estar bajo custodia aquí.
De camino a los dormitorios, la curiosidad de Alan superó a su enojo.
—No sabía que había "implicaciones" por estar acá abajo.
—Sí, hay reglas que no son negociables —respondió Samantha, deteniéndose frente a un puesto de control—. La primera y principal es que ninguno de ustedes puede intentar salir o escapar por su cuenta. Cualquier intento será castigado de manera severa. No somos un hotel, Alan. Somos una instalación de máxima seguridad.
—¿Y qué más? —preguntó Lucía, cruzándose de brazos.
—La segunda es que el señor Crimson está obligado a entrenar y a asistir a las sesiones con el psicólogo todos los días. Sin excepciones.
—¿Y yo? ¿Tengo que quedarme encerrada en la habitación? —preguntó la federal, mostrando inquietud por su falta de libertad.
—Si cree que es necesario, también podrá entrenar, aunque no se verá obligada. En cuanto al psicólogo, solo su acompañante tiene uno asignado, pero si siente que la presión la supera, podríamos gestionar uno para usted —respondió Samantha con una cortesía profesional que ocultaba cualquier emoción.
—¿Estamos obligados a vivir como ermitaños acá todos los días? —insistió Alan, sintiendo que las paredes del búnker se cerraban sobre él.
Samantha suavizó un poco el gesto, mirando a los dos jóvenes. Parecían tan fuera de lugar en ese entorno militarizado.
—Llegando a ese tema... intentaré negociar con los altos mandos para que los dejen salir uno o dos días a la semana, bajo vigilancia, por supuesto.
Lucía dejó escapar un largo suspiro de alivio.
—¡Por fin! Aire fresco... sentía que me iba a olvidar de cómo se ve el cielo.
—No me diga que ya se cansó de compartir habitación con su compañero —bromeó Samantha con una leve sonrisa, la primera que le veían.
—¿Eso fue un chiste? —preguntó Alan, parpadeando confundido—. Qué raro.
—Mientras tanto, vayan a su dormitorio —concluyó la agente recuperando su seriedad—. Si tengo noticias, iré a informarles. Por favor, no se dirijan a ningún lado sin mi acompañamiento.
Después de varias horas de estar encerrados en el cuarto improvisado, el aburrimiento se había vuelto un enemigo más real que los diplomáticos. Lucía miraba el techo, mientras Alan, sentado en el borde de su cama, intentaba jugar a algo en su celular a pesar de la falta de red.
—Alan, ¿no extrañás a los demás allá afuera? ¿O simplemente el paisaje? —preguntó la chica, rompiendo el silencio pesado.
—¿A quién voy a extrañar? —respondió él sin levantar la vista de la pantalla—. Si casi todos me dieron la espalda.
—Ya sé que tus padres se portaron mal, pero ¿qué pasa con Larry, Cata o su mamá? Ellos sí confiaron en vos —insistió Lucía, buscando una grieta en la armadura de indiferencia de Alan.
Alan soltó una pequeña risa seca y la miró de reojo.
—¿Querés que también haga chistes sobre tus bikinis? —preguntó, recordando las bromas de sus amigos.