Los dos jóvenes fueron despertados por tres golpes secos y rítmicos en la puerta metálica.—¿Ya es de día? —preguntó Lucía entre bostezos, frotándose los ojos mientras se incorporaba en la cama de abajo.
—Es hora de su entrenamiento, señor Crimson —anunció la voz impersonal de Samantha desde el pasillo.
—¡Qué pereza! —exclamó Alan, estirándose con un gemido.
El colchón de la cucheta crujió bajo su peso. Sentía el cuerpo pesado, como si el búnker mismo estuviera tratando de mantenerlo pegado a la
salir, fueron escoltados rápidamente de regreso al Área 4. Al cruzar la compuerta, Alan se detuvo en seco. El lugar ya no estaba vacío como ayer; parecía un hormiguero de actividad científica y militar. Los ocupantes estaban tan despiertos y alertas que hacían que el café que Alan aún no había tomado pareciera una necesidad urgente.Allí estaba la Dra. Sora Park, tecleando frenéticamente en su tableta mientras calibraba los escáneres térmicos del techo. Cerca de ella, el Dr. Mikhail Volkov organizaba instrumental médico con una parsimonia que ponía los pelos de punta. Pero lo que más inquietó a Alan fue la figura sentada en una silla de diseño en la esquina superior: el Dr. Julien Laurent. El psicólogo francés no despegó los ojos de Alan desde que entró, sosteniendo una pluma estilográfica sobre su libreta abierta.—¡Llegan tarde! —se quejó Artie, consultando su reloj de bolsillo con una mueca de desaprobación.—Déjalos, Artie. No reflejes tus inseguridades de viejo en los jóvenes —respondió Aiko, que estaba apoyada contra una columna, vapeando con su vaper de cereza. Tenía una wakizashi de polímero negro sujeta a la cadera y una mirada de aburrimiento letal.Artie simplemente la ignoró, acomodando un rifle de entrenamiento sobre el mostrador.—Señor Crimson —intervino la Dra. Park, acercándose con unos parches adhesivos—. Necesito colocarle estos sensores de ritmo cardíaco y densidad muscular. Cada movimiento que haga hoy será registrado para los representantes de la OTAN.Alan miró a Lucía, buscando apoyo. Ella le asintió en silencio, aunque sus ojos reflejaban la misma desconfianza que él sentía al ver al Dr. Laurent anotando algo tras haber observado ese simple intercambio de miradas.—¿Qué vamos a hacer primero? —preguntó Alan, tratando de sonar más valiente de lo que se sentía mientras la doctora le pegaba los sensores en el pecho.Aiko se separó de la columna con una sonrisa depredadora.—Primero, vamos a ver si sos capaz de tocarme antes de que yo te deje tres marcas —dijo, sacando un cuchillo de entrenamiento con la punta roma—. Calentamiento de reflejos. A ver si ese ADN sirve para algo más que para dormir hasta tarde.Alan dudó con miedo a salir lastimado. Al fondo vio que su psicólogo estaba tomando notas de todo lo que hacía, decía y de cómo reaccionaba. Alan tragó saliva y con la voz más firme que tenía en ese momento aceptó.Alan y Aiko se alejaron hacia el centro del área, un círculo de goma reforzada rodeado de sensores térmicos. La Dra. Park ajustó su tableta, mientras el Dr. Mikhail Volkov observaba con los brazos cruzados, listo por si algún hueso terminaba fuera de lugar.—Vamos, te dejo empezar con el primer golpe. Cortesía del búnker —dijo la entrenadora con una sonrisa de orgullo. Su voz tenía ese ritmo cortante y directo de Osaka, pronunciando las consonantes con una energía eléctrica que no dejaba lugar a dudas sobre su confianza.Alan lanzó un puñetazo, pero Aiko se movió con la fluidez del humo. Antes de que el joven pudiera retraer el brazo, sintió el impacto frío del plástico en su costilla.—¡Primera marca! No me subestimes. Acá estamos para darlo todo —exclamó ella. Sus ojos brillaban; realmente disfrutaba de la caza. Hablaba con una rapidez casi juguetona, contrastando con el tono pausado de los militares del búnker.Alan intentó el mismo golpe, pero esta vez, al ver que Aiko volvía a esquivarlo, trató de girar para cubrirse. No fue lo suficientemente rápido. La mujer lo atrapó, giró sobre su propio eje y le aplicó una llave al brazo que lo mandó directo al suelo. Antes de que Alan pudiera procesar el impacto contra la goma, sintió el cuchillo romo golpeando su hombro.—¡Segunda marca! —gritó la instructora mientras lo soltaba."No puedo ni tocarla", pensó Alan, con esa frustración tan propia de quien está acostumbrado a las calles de Buenos Aires y se encuentra con algo fuera de su liga. Al fondo, vio que Laurent no paraba de escribir. ¿Qué estaría anotando? ¿"Sujeto lento"? ¿"Sujeto inútil"?—¡Vamos, golpéame! ¿O querés que el tercer round lo empiece yo? —lo provocó Aiko, haciendo girar el cuchillo.—¡Qué molesta sos! —soltó Alan en voz alta, perdiendo la
acercó a ella de nuevo. Esta vez no atacó a ciegas. Observó el peso de Aiko y, cuando soltó el golpe, anticipó el paso lateral de la mujer. En lugar de seguir el movimiento con el brazo, trabó con su pie el recorrido de la pierna de
instructora perdió el equilibrio y cayó. Alan, llevado por un instinto que no sabía que tenía, se abalanzó sobre ella y le asestó un golpe fuerte, aunque controlado, cerca de la mandíbula.—¿Estás bien? —preguntó Alan, su voz sonó suave, con el tono protector de alguien que no puede evitar ser "buen tipo" incluso en una pelea.—¡No bajes la guardia! —gritó ella.Aiko no era una maestra convencional; parecía una ninja. Desde el suelo, en un movimiento relámpago, le marcó el pecho, bajo la remera, con el cuchillo.—¡Tercera marca! Terminamos este ejercicio.—¡No es justo! ¡Me tomaste por sorpresa! —le devolvió el grito Alan, jadeando, con el tono de reclamo de quien se siente estafado en un partido de potrero.—Cuando te enfrentes a un enemigo real, no va a esperar a que estés listo —respondió con voz gélida. Luego, recuperó su tono burlón—. Ya puede levantarse, señor Crimson. Estar encima de una mujer que no sea la que usted ama suele ser incómodo. O eso dicen. Sus palabras sonaban melódicas pero afiladas, con ese toque extranjero que hacía que sus burlas calaran más hondo.Alan se levantó de un salto, sintiendo las orejas arderle de vergüenza. De reojo, vio que Julien Laurent cerraba su libreta con un clic sonoro de su pluma. El psicólogo lo observaba con una mirada pesada, y cuando murmuró algo para sí mismo, lo hizo con el tono nasal y sofisticado de un parisino que analiza una pieza de arte defectuosa.Aiko se levantó con elegancia y se sacudió el uniforme.—Me sorprendiste de buena manera al final —admitió Aiko, interrumpiendo el duelo de miradas—. Pero eso no va a ser suficiente. Si mi cuchillo fuera de verdad, ya estarías muerto.—Descansa, bebe algo y después vas a entrenar puntería conmigo —sentenció Artie desde el fondo. Su voz era un susurro elegante y gélido, con esa pronunciación británica impecable donde cada palabra parecía pesada y cargada de una cortesía que daba miedo.—No te preocupes —le susurró Aiko, volviendo a su tono rápido y despreocupado de Osaka—. Parece rudo, pero si no lo hacés enojar, vas a estar bien.Aiko le dio una palmadita en el hombro y se fue a buscar su café. Alan se quedó solo en el centro del círculo, sintiendo que los ojos de todo el búnker seguían clavados en su nuca.Alan caminó hacia el sector de tiro, sintiendo todavía el ardor en las costillas por los golpes de Aiko. Artie Penhaligon lo esperaba de pie, con la espalda tan recta que parecía una extensión de las columnas de hormigón. Sobre una mesa de metal, un rifle de precisión y una pistola táctica descansaban desarmados, con cada pieza alineada milimétricamente.—Señor Crimson, acérquese —dijo Artie con una voz que era apenas un susurro, pero que cargaba una autoridad pesada. Su tono era extremadamente cortés y pausado, con esa cadencia refinada y algo distante propia de un caballero del sur de Inglaterra.Alan se paró frente a la mesa. Lucía se acercó también, observando con curiosidad las armas.—¿Me va a enseñar a disparar? —preguntó Alan.Artie levantó la vista y clavó sus ojos claros en el joven.—Cualquier tonto puede apretar un gatillo, señor Crimson. Yo le voy a enseñar a no fallar. La diferencia es la matemática del viento, la presión sanguínea y el control del pulso —explicó con una elegancia casi quirúrgica, pronunciando cada sílaba con una precisión británica absoluta.—Artie es un obsesivo, ya te vas a dar cuenta —acotó Aiko desde lejos. Sus palabras salieron rápidas y algo despreocupadas, con el tono directo y rítmico de alguien que creció en las calles modernas de Osaka.—Silencio, señorita Hoshino —replicó Artie sin inmutarse—. Tome el arma, Alan.Alan tomó la pistola. Se sentía pesada y ajena. Artie se colocó detrás de él, corrigiendo su postura con toques ligeros en los hombros y codos.—No luche contra el arma. Deje que sea parte de su brazo —susurró Artie al oído de Alan. Su voz era constante, sin altibajos, como si estuviera recitando un poema en una universidad de Cornualles.—¡Vamos, Crimson! ¡No te quedes ahí parado como un espantapájaros! —gritó Aiko. A diferencia de la calma de Artie, ella hablaba con una energía eléctrica y algo burlona, usando ese tono japonés que suena cortante pero lleno de vida.—¡Concéntrese! —ordenó Artie, ignorando a su compañera—. Mire el objetivo. No dispare a la silueta. Dispare al átomo que está en el centro de la silueta.Alan apretó el gatillo. El estruendo resonó en toda el área 4. El proyectil dio en el hombro del blanco de cartón.—Falló —sentenció Artie con una decepción educada. Su acento británico hacía que incluso una crítica sonara como un cumplido formal—. Lo hizo porque pensó en el impacto. No piense. Sienta la