Tras una hora de disparos y correcciones milimétricas, Artie dio por terminada la sesión. Alan tenía los oídos zumbando y el brazo cansado de mantener la postura.
—Por hoy es suficiente, señor Crimson. Mañana espero que su voluntad llegue al centro antes que su duda —dijo Artie mientras empezaba a limpiar el arma con un paño de seda, ignorando el mundo a su alrededor con su habitual parsimonia británica.
Alan caminó hacia Lucía, que lo esperaba con una botella de agua, pero antes de llegar a ella, una figura se interpuso en su camino. El Dr. Julien Laurent cerró su libreta con un golpe seco y lo miró fijamente.
—Señor Crimson, acompáñeme —dijo el francés. Su voz era suave, pero cargada de ese tono nasal y autoritario que no aceptaba un no por respuesta—. Es hora de nuestra primera sesión privada. Necesito entender qué hay detrás de esa puntería tan... errática.
Alan miró a Lucía con una mueca de auxilio, pero Samantha ya estaba allí para escoltarlo.
—¿Se lo va a llevar así nomás? —preguntó Lucía, con el tono cortante de quien está a punto de perder la paciencia.
—Esto es parte del protocolo, no podemos intervenir —sentenció Samantha con frialdad profesional.
—Sí, pero no lo dejan ni tomar agua —agregó Lucía, cruzándose de brazos, sintiendo que la estructura del búnker les estaba pasando por encima.
—Entiendo a lo que se refiere, pero no se preocupe. Si él necesita algo, podrá pedirlo —respondió Samantha. Luego, para sorpresa de la joven federal, su tono cambió—. Mientras tanto podemos hablar, señorita. ¿Usted tiene pareja?
—¡¿QUÉ?! —preguntó Lucía, totalmente anonadada, soltando casi un grito.
—¡Discúlpeme! Yo no tengo interés en usted —respondió Samantha, y por primera vez, Alan vio un rastro de auténtica vergüenza en el rostro de la agente—. Lo que sucede es que un trabajador del búnker la vio y me preguntó si usted estaba soltera.
Mientras tanto, en una sala pequeña, iluminada por una luz blanca cenital que hacía resaltar cada mota de polvo, Julien y Alan comenzaban su sesión. El aire olía a papel viejo y a un perfume cítrico muy sutil.
—Dígame, ¿usted sintió algo al combatir con la señorita Hoshino? —preguntó el psicólogo, arrastrando las "r" con esa elegancia parisina.
—Tenía miedo de que me lastimara con ese cuchillo —respondió Alan, moviendo las piernas con nerviosismo. El lugar se veía igual al resto del búnker, pero la presión en el pecho era distinta.
—Muy bien —dijo Laurent y anotó algo sin despegar la vista del papel—. ¿Y con respecto a Artie? ¿Qué sintió al respecto?
—Pensé que iba a ser más estricto y gritón. Creí que iba a ser más físico, como Aiko —respondió Alan.
—Entiendo... —murmuró el francés.
El silencio se prolongó. Alan empezó a morderse las uñas, un hábito que no tenía desde la primaria. La mirada de Laurent era como un escalpelo.
—Señor Crimson, ¿se siente bien? He notado que se ve más nervioso aquí que en las pruebas físicas.
—Sí, no es nada. Debe ser por el encierro —mintió Alan, ocultando sus manos.
—Si cree que necesita hablar de algo, yo estoy aquí para eso —dijo el francés, aunque sus ojos decían que ya sabía la respuesta. Cambió de página en su libreta—. Volviendo al tema, ¿qué es para usted la señorita que lo acompaña?
—¿Cuál de las dos? —preguntó Alan para ganar tiempo.
—Hablo de la joven de cabello castaño y ojos expresivos, la que parece actuar como su escudo emocional —describió Laurent con precisión—. Lucía.
Alan se quedó pensando. "¿Ella es mi amiga o solo está conmigo por su