Siete Formas de Sobrevivir

Jerarquías de un Mundo Roto

Las siguientes dos semanas en el Búnker Cero no se midieron en días, sino en moretones que desaparecían cada vez más rápido y en cargadores vacíos que se amontonaban a los pies de Alan. La rutina se volvió un ciclo mecánico. Por las mañanas, el aire olía al vapor de cereza del cigarrillo de Aiko. Los combates ya no terminaban con Alan en el suelo; ahora era un intercambio de sombras donde él lograba bloquear seis, siete, diez golpes antes de que la instructora encontrara un hueco. Aiko ya no sonreía tanto; sus ataques eran más serios, más pesados, como si estuviera empezando a pelear contra un igual.

Por las tardes, el silencio era absoluto bajo la tutela de Artie. Alan aprendió a ignorar el zumbido de los sensores y el tic-tac del reloj de bolsillo del británico. Ya no disparaba a un cartón a diez metros; ahora los blancos estaban a cincuenta, y su pulso, antes errático, empezaba a ser tan estable como el mármol.

Incluso las sesiones con el Dr. Laurent habían cambiado. El psicólogo ya no preguntaba tanto; se limitaba a observar cómo Alan había abandonado el hábito de comerse las uñas mientras anotaba con furia en su libreta. La "adaptación inhumana" de la que hablaba la Dra. Park era evidente: Alan caminaba con más confianza y sus reflejos estaban tan afilados que esquivaba ataques que al principio le resultaban imposibles.

El sábado, que usaron como día de descanso para salir a un parque cercano a la frontera belga, Lucía Ferraro se sentó en un banco junto a Alan. Mientras el sol pálido de Europa les daba en la cara, ella no podía evitar que su cabeza fuera a mil por hora. "¿Me estoy enganchando muy rápido?", "Siempre hago lo mismo y termino siendo el mal tercio".

—¿Qué pasó que estás tan callada? —Alan rompió el silencio, notando que la energía habitual de Lucía no estaba ahí.

—No pasa nada, estaba pensando en algo nomás —respondió ella, forzando una sonrisa.

—¿Estás aburrida? Podemos ir a tomar un helado si querés —agregó Crimson, tratando de ser el "buen tipo" de siempre.

—¿Otra vez me van a hacer gastar dinero? —se quejó Samantha desde unos metros, aunque en su tono había más resignación que enojo.

Lucía tenía otra preocupación mordiéndole la nuca. Su jefe en Buenos Aires. Para el mundo, ella simplemente había desaparecido. "Seguro ya me echaron a la mierda de la Federal", pensaba con amargura.

—¿Lu, estás bien? —insistió Alan, preocupado.

—No me siento bien, Alan. Me acordé de que vine acá y no avisé nada en el laburo. Seguro ya me mandaron el telegrama de despido —respondió ella, frotándose las sienes.

—No se preocupen —intervino Samantha—. La inteligencia argentina ya mandó un informe reservado a su comisaría. Dijimos que, por motivos de la investigación sobre los Siete, tuvimos que trasladarla bajo protocolo de seguridad nacional. Su puesto está a salvo.

Lucía soltó un suspiro que no llegó a ser de alivio total. —¿Puedo hacer una llamada? Es para hablar con mi hermana.

—Que sea rápido —concedió Samantha.

El celular de Lucía sonó tres veces antes de que atendieran.

—¿Micaela? —preguntó Lucía.

—¡¿Lucía?! Hace una semana que no llamabas, boluda. ¿Te pasó algo?

—No puedo llamar tanto por el trabajo, Mica —afirmó Lucía, mirando de reojo a Samantha.

—¡Qué aburrido, todo el día trabajando! —se quejó su hermana desde el otro lado.

—Y sí... ¿vos y Carmen cómo están?

—Bien, pero Carmen está muerta. En época de exámenes finales siempre veo a tu amiga cansada, corregir trabajos de secundaria la está matando. Ah, también conocí a un chico, nos hicimos amigos —soltó Micaela con tono pícaro.

—Ojito con lo que hacés —la interrumpió Lucía, recuperando por un segundo su tono de hermana mayor.

—Sí, sí, ya sé —dijo Mica con fastidio—. Chau, Lu, cuidate.

—Mica, portate bien, mandale saludos a Carmen y... a tu "amigo".

Al colgar, el peso volvió.

—Es hora de irnos —sentenció Samantha—. Hay información importante.

Para el regreso, los esperaba un Dingo 2, un vehículo blindado del ejército belga. Era una mole de acero de color verde oliva, con ruedas enormes y un chasis en forma de "V" diseñado para resistir explosiones. El motor rugía con una vibración que se sentía en los asientos reforzados. En el camino, Lucía se quedó mirando por la pequeña ventanilla blindada. "¿Todos creen que Alan es importante, pero yo qué? ¿Soy solo la que lo cuida? ¿Él me considera una amiga o una más del montón?". Alan la vio desconectada, pero no se atrevió a decir nada.

Una vez en el búnker, fueron directos al Área 4. Allí estaban todos: Artie, Aiko, Park, Laurent y Mikhail.

—¡Te ves muy feliz para haberme lastimado el segundo día de entrenamiento, Crimson! —gritó Aiko al verlos llegar, señalando sus costillas de la derecha.

—¡Por favor, señorita Hoshino! Sea más profesional —la cortó Artie.

La Dra. Park tomó la palabra y proyectó un mapa en la pantalla central.

—Se acabó el tiempo de juegos. Los diplomáticos de la OTAN, los "Hombres de Gris", quieren ver resultados.

Alan sintió un frío en el estómago al escuchar sobre los diplomáticos. No eran científicos ni soldados; eran políticos, y eso era más peligroso.

—Iremos a tu casa, o cerca de ella —continuó la científica, señalando la provincia de Salta, Argentina. —Se reportaron desapariciones en las minas de la Puna. Testigos hablan de un viejo que se mueve como un espectro entre las sombras.

—Otra vez Argentina... —susurró Alan, apretando los puños hasta que los nudillos le quedaron blancos.

—¿Por qué primero él? ¿Por qué Salta? —preguntó Alan, sin apartar los ojos del mapa.

La Dra. Park ajustó sus anteojos y cambió la diapositiva en la pantalla. Aparecieron siete fichas con nombres clave, divididas por colores según su peligrosidad.

—Porque para la OTAN, vos sos un activo en fase de pruebas, Crimson. No podemos mandarte contra un muro de frente —explicó la científica con frialdad técnica—. Hemos clasificado a los siete Visitantes en cuatro escalas de emergencia:




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