Siete Formas de Sobrevivir

#25- La Mina de los Fantasmas

UBICACIÓN: BRUCELAS, BÉLGICA.

DESTINO: SALTA, ARGENTINA.

VEHÍCULO DE TRANSPORTE: AVIÓN MILITAR A400M ATLAS

TIEMPO DE VUELO: 14-15 HORAS

Alan estaba sentado en un asiento de lona reforzada que daba hacia el pasillo del inmenso Airbus A400M. El rugido de los cuatro motores era una vibración constante que se sentía en los dientes. A su lado, Lucía miraba por la pequeña ventanilla circular; el reflejo del sol matutino iluminaba su rostro, pero sus ojos estaban apagados.

En los asientos de enfrente, Artie revisaba por quinta vez su equipo en un maletín rígido, mientras Aiko dormía con los auriculares puestos al máximo volumen. Laurent y Mikhail conversaban en susurros sobre los niveles de cortisol que Alan había mostrado antes de despegar.

—¿No te parece increíble? ¡Vamos a volver a nuestro país de nuevo! —dijo Alan, tratando de que su voz superara el zumbido del avión. Estaba genuinamente emocionado; el aire de casa, aunque fuera a miles de kilómetros del búnker, se sentía cerca.

Lucía simplemente asintió sin mirarlo ni mediar palabra. Su mano jugaba nerviosa con la correa de su mochila táctica.

—¿Te sentís bien? Todavía estamos a tiempo de pedirle algo al médico —preguntó Alan, inclinándose hacia ella, preocupado.

—No pasa nada —respondió Lucía con un tono cortante que a Alan le dolió más que un golpe de Aiko.

—El avión está a punto de aterrizar. Sujétense —avisó Samantha por el sistema de comunicación, mientras caminaba por el pasillo central con paso firme, ignorando las turbulencias.

—Por fin vamos a conocer el lugar de donde viene nuestro "monstruito" —dijo Aiko, abriendo un ojo y estirándose con una sonrisa maliciosa—. Espero que la comida sea tan deliciosa como dicen.

Alan le devolvió una mirada confusa, pero no tuvo tiempo de replicar. El tren de aterrizaje golpeó la pista del Aeropuerto de Salta con un impacto seco. Tras unos minutos de rodaje, la enorme rampa trasera del avión empezó a bajar lentamente, dejando entrar una luz blanca cegadora y el aire seco y caliente del norte argentino.

—Ya llegamos a tierra firme —exclamó Alan, buscando la complicidad de Lucía mientras bajaban por la rampa.

Ella bajó primero, ajustándose la campera de la Federal —que le habían devuelto para esta misión— y mirando el horizonte de cerros con una distancia que parecía una muralla de hielo.

—No se distraigan —ordenó Samantha una vez que todos estuvieron sobre la pista, donde dos camionetas negras de vidrios polarizados y un camión militar los esperaban—. Nuestro objetivo real está a unas ocho horas de acá, en la Mina La Casualidad. Es un pueblo fantasma en la Puna, a más de 4.000 metros de altura.

Alan respiró hondo. El aire olía a tierra y a combustible. Estaba en casa, pero se sentía más extranjero que nunca.

El viaje en las camionetas se sintió más cansado que todas las horas de vuelo.

Las camionetas avanzaban por la Ruta 51, serpenteando por la Quebrada del Toro. Al principio, el paisaje era verde y húmedo, pero a medida que subían, los cerros se volvían áridos, pintados de colores ocres, rojos y amarillos. El aire empezaba a escasear.

Dentro de la camioneta, el silencio era denso. Artie miraba el altímetro en su reloj con una ceja levantada, mientras el Dr. Mikhail se estaba preparando por si alguien sentía algún malestar.

—Empezaremos a sentir el "soroche", el mal de montaña —anunció el médico ruso—. Crimson, monitoreá tu ritmo cardíaco. La presión atmosférica acá arriba es la mitad que en Bélgica.

Alan cerró los ojos y se concentró en su interior. Sintió un leve pinchazo en los pulmones, pero de a poco, su cuerpo empezó a acostumbrarse.

Respiraba con normalidad mientras los demás empezaban a jadear. Miró a Lucía. Ella estaba pálida, con la mandíbula apretada, negándose a la ayuda de Alan por puro orgullo profesional.

—Tomá, Lu. No seas terca —le dijo Alan, ofreciéndole una de las botellas de agua que les habían dado.

—Estoy bien, Alan. En serio —respondió ella, aunque su voz sonaba débil. La distancia emocional seguía ahí, firme como la cordillera que los rodeaba.

Pasaron por San Antonio de los Cobres y se internaron en la inmensidad del Salar de Arizaro. El paisaje se volvió alienígena: una llanura blanca infinita bajo un cielo azul tan profundo que parecía negro. A lo lejos, el Cono de Arita, una pirámide volcánica perfecta, se alzaba como un centinela de piedra.

—Es hermoso —susurró Alan, pegando la frente al vidrio.

—Es un cementerio a cielo abierto —lo cortó Samantha desde el asiento del acompañante—. Hace tres días, una patrulla de la policía local desapareció cerca de la mina. Solo encontramos la radio.

Finalmente, tras ocho horas de saltos y polvo, la Mina La Casualidad apareció en el horizonte. Era una visión espectral: casas de adobe derruidas, estructuras de hierro oxidadas por el tiempo y el viento, y una iglesia solitaria que parecía vigilar los túneles que se hundían en la montaña. El sol empezaba a caer, alargando las sombras de los edificios.

—Llegamos —dijo Samantha mientras las camionetas se detenían frente a la antigua planta de azufre—. Establezcan el campamento base en el edificio de la administración. Artie, quiero ojos en las alturas. Aiko, Crimson... ustedes son la vanguardia. Lucía, quedate con el doctor y Laurent, asegurá el perímetro de comunicaciones.

Lucía apretó los puños. Otra vez la dejaban atrás, con los científicos, lejos de donde Alan demostraría por qué era especial.

—Yo también puedo patrullar —dijo Lucía, mirando a Samantha.

—Sos una oficial federal en un terreno que no conocés contra un enemigo que no podés ver, Ferraro —respondió Samantha sin mirarla—. Hacé tu trabajo.

Alan quiso decir algo, defenderla, pero la mirada de Lucía lo frenó. Era una mirada de derrota y rabia contenida.

Alan quiso decir algo, pero el aire que a él le sobraba parecía faltarle a Lucía en más de un sentido.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.