El día siguiente siguió igual. Samantha despertó a los jóvenes y ellos, todavía con el cansancio pegado a los huesos, fueron a entrenar. Pero cuando llegó el momento de practicar con Aiko, Alan notó algo que lo hizo detenerse: un moretón violáceo asomaba bajo la manga de la instructora, justo donde él la había golpeado un día antes.
—¿Qué pasa? ¿Me maquillé mal? —preguntó Aiko con ese sarcasmo rápido de Osaka.
—Se ve que sí te dolió el golpe de ayer —respondió Alan con una sonrisa cargada de orgullo.
—Así que hoy te levantaste carismático. Ven, vamos a entrenar. Tu sonrisa va a tomar fuerza cuando me ganes en una pelea —exclamó Hoshino con una mirada desafiante. —El entrenamiento será igual que el de ayer: si te dejo tres marcas con mi cuchillo, se terminó.
Los dos, entrenadora y aprendiz, se alejaron hacia el centro del círculo.
Mientras tanto, en las sombras, el psicólogo francés tomaba notas y el médico Mikhail monitoreaba los signos vitales y la densidad muscular de Alan en su pantalla.
—Esta vez empezaré yo —dijo la entrenadora.
—¡Perfecto! —exclamó Alan, poniéndose en guardia.
Aiko soltó un golpe que Alan esquivó con una facilidad que lo sorprendió a él mismo. Pero era una distracción; la japonesa cambió el cuchillo de ángulo y lo golpeó con fuerza.—Primera mar...—
Aiko no terminó la frase.El cuerpo de Alan no se había marcado como el día anterior. El impacto había sonado distinto, como si hubiera chocado contra algo mucho más denso que la piel humana.
—¡Sí! ¡Primera marca, ya sé! —exclamó Alan, sintiendo que su resistencia estaba en otro nivel.
—¡Eres un tramposo! —exclamó Aiko, aunque en su mirada había una mezcla de sorpresa y respeto.
Alan intentó el mismo movimiento de pierna del día anterior. Hoshino no cayó en la trampa y le devolvió un golpe en la cara, todavía más fuerte que el anterior. Esta vez se marcó, pero apenas un rastro rojizo que desapareció a los pocos segundos.
—¿Tú te maquillaste? —preguntó la mujer nipona, intrigada por la dureza de su piel.
—No lo necesito. ¡Segunda marca, dale! —respondió Alan, sintiendo la adrenalina correr.
Aiko soltó un ataque similar al primero, pero Alan lo esquivó e intentó un golpe directo al lado derecho de la instructora. Lo siguiente que se escuchó fue un impacto seco en las costillas de la mujer.
—¡Bien hecho! Aunque fue mi culpa por usar el mismo truco dos veces —dijo ella en medio de una tos seca.
—¿Estás bien? —preguntó Alan, manteniendo la distancia por precaución.
—¿Qué estás esperando? ¡Sigamos! —ordenó Aiko.
Alan lanzó un gancho derecho. Aiko lo esquivó acercándose, buscando el cuerpo a cuerpo. El chico le sujetó la mano derecha, pero el cuchillo ya no estaba ahí. El combate terminó cuando la instructora lo golpeó en el abdomen con el arma, que había cambiado de mano en un parpadeo.
—¡Tercer golpe! —dijo la japonesa, todavía agitada.
—¿Debería llamarte capitana cuando me dirijo a vos? —preguntó Alan, recuperando el aire.
—Solo dime, Aiko, con eso es suficiente —respondió ella.
—Bueno. ¿Por qué me golpeaste más despacio que ayer? —preguntó Alan con genuina curiosidad.
—¿Cómo que más despacio? —La pregunta de la instructora dejó un silencio sepulcral en el área de entrenamiento.Los demás se quedaron callados.
"¿Estará mintiendo?", se preguntaba Laurent en su libreta. "¿De verdad no le dolió?", pensaba el Dr. Mikhail, revisando los sensores que indicaban que el impacto había sido, en realidad, más fuerte que los del día anterior.
—Ya fue suficiente, vayamos a practicar tu puntería —interrumpió Artie con su calma británica.
Cuando Alan se acercó, el instructor le dijo para alentarlo:
—Si mejorás con la pistola, podríamos probar con armas de mayor calibre muy pronto.
Alan agarró el arma mientras Artie lo ayudaba con la postura. Al fondo, Lucía miraba la escena con mil preguntas en la cabeza: "¿Se sentirá bien?", "¿Estará aguantando mucha presión?". De repente, vio que Aiko se acercaba a Mikhail con un gesto de dolor.
—Doctor, ¿podría revisarme, por favor? —preguntó Aiko, aguantando la tos.
—¿Sucede algo, señorita Hoshino? —preguntó el ruso.
—El golpe que Crimson me dio... todavía me dejó sin aliento —confesó la japonesa.Ambos se retiraron hacia el consultorio, dejando a Lucía preocupada, aunque no podía seguirlos sin escolta.
Tras vaciar un cargador entero bajo la tutela de Artie, el instructor dio por finalizada la sesión.
—Es suficiente. Mañana seguiremos con objetivos más lejanos. Progresaste poco, pero ya es suficiente por hoy.
El psicólogo estaba por llevarse a Alan, pero la Dra. Sora Park se interpuso.
—Señor Alan, ¿podría acompañarme? Me gustaría hacerle algunos exámenes.
—La sesión de hoy la pasaremos para mañana —dijo Laurent, cediendo ante la científica.
—¡Bien, vamos! —exclamó Lucía entusiasmada, aliviada de que Alan no tuviera que pasar por el interrogatorio de Laurent.—Lo lamento, señorita Lucía. Alan debe acompañarme solo —aclaró la Dra. Park.
—Vayamos a otro lado nosotros —le dijo Samantha a Lucía, llevándola hacia una cafetería improvisada del búnker.
—Contame, ¿cómo te sentís en este lugar? —preguntó Samantha con un tono más amigable una vez que se sentaron.
—Y... no sé. Raro. Nunca me habían encerrado tanto tiempo y menos en un lugar así —respondió Lucía con sinceridad.
—Sí, te entiendo —asintió Samantha.
—Cambiando de tema...—¡No voy a salir con ninguno de esos tipos que me encerró acá! —exclamó la federal, cortándola en seco.
Samantha soltó una risa genuina. —No es eso. Quería saber qué son ustedes. Crimson y vos.
Lucía se quedó pensando, jugando con un mechón de su pelo. —¿Qué somos?
—Sí, veo que son muy cercanos. Siempre reaccionás de formas que me sorprenden cuando se llevan a Alan. Casi como si lo protegieras.
—Somos... creo que somos amigos —respondió Lucía con duda.