Salí de casa temprano. Era mi tercer encuentro con Claris. No sé por qué seguía aceptando encontrarme con ella. Ya sé que no me odiaba ni me culpaba. Sus padres eran diferentes.
Fuimos juntas al cine. Nunca me ha gustado ir, pero no podía rechazarla. Tenía un vestido azul con flores blancas, por encima de las rodillas, de estilo veraniego, y su cabello negro, suelto, se veía realmente lindo. Eso lo recuerdo a la perfección.
La película que vimos se llamaba A dos metros de ti. Recuerdo que me dijo:
—Te pareces a ella físicamente, pero tú eres más linda.
Yo nunca vi el parecido, pero esas palabras se quedaron en mi mente: «Tú eres más linda». No podía dejar de pensar en eso y, sin yo querer, una sonrisa se me escapó. Quería decir: «Tú lo eres aún más». Pero no pude. Eso solo quedó en mí. ¿Por miedo? No lo sé.
Al salir del cine caminamos por el parque central. Era un lugar lindo y no había muchas personas. Nos sentamos en un banco que quedaba frente al lago. Claris me miró con una sonrisa radiante.
«No es linda, es hermosa», pensé al verla sonreír así.
En ese momento señaló un bote y me dijo:
—Vamos, quiero que probemos eso. Nunca he subido.
Y subimos. El bote se volteó, admito que por mi culpa, y caímos al agua. Pensé que Claris se enojaría, pero solo empezó a reírse, y yo junto a ella. Hacía mucho tiempo que no me reía así. Me sentí, en ese momento, libre de problemas. No era la chica que perdió a su mejor amigo, que carga con culpa y se ahoga en las drogas. No. Solo era Olivia.