Siete noches de sangre

⊱ PRÓLOGO ⊰

Los anales del Averno, esos pergaminos de piel curtida que registran cada caída y cada ascenso desde los albores del Fuego Primigenio, apenas le dedican un párrafo a su figura. Un demonio más, dicen. Uno que cometió el error de enamorarse y que, por ese pecado tan humano, intentó desgarrar la barrera que separa la esencia infernal de la carne mortal.

Fracasó, por supuesto.

Todos fracasan.

Pero su recuerdo sobrevive en susurros, en las grietas de los archivos prohibidos, en el aliento tembloroso de los demonios demasiado viejos para seguir temiendo a los Señores.

Mucho antes de que los Señores del Averno aprendieran a temer el nombre de la Desposesión, existió aquel demonio.

Nadie recuerda ya su verdadero nombre. Los archivos lo registran solo como el Errante de Azram, aunque la verdad es más antigua y más oscura. Aquellos que lo intentaron después —y fueron más de los que la historia oficial admite— comprendieron demasiado tarde el peso de su error. La Desposesión no es un ritual de transformación. No hay metamorfosis elegante, ningún despertar glorioso bajo la luz de un sol desconocido. Es un desollamiento del alma, un desgarre de la identidad como quien se arranca la piel a tiras, creyendo que debajo encontrará otra cosa.

Pero debajo solo hay huesos.

Y los huesos, en el Infierno, siempre vuelven a ser polvo.

Los heraldos del Humo trajeron el conocimiento. En una época anterior a los Señores, cuando el Averno era todavía un caos en gestación, aquellos seres de niebla y ceniza descendieron de ninguna parte para contar secretos a los oídos de los primeros demonios que aprendieron a escuchar. Les enseñaron cómo fragmentar la esencia, cómo vaciarse de poder, cómo convertirse en algo distinto.

No lo hicieron por bondad.

Los heraldos nunca actúan por bondad.

Lo hicieron porque el Infierno necesita historias de fracaso para recordar a sus habitantes que la jaula es todo cuanto existe, que la libertad es un espejismo y que cualquier intento de escapar termina alimentando los muros que pretende derribar.

El primero en intentarlo fue un demonio de nombre olvidado, tan antiguo que precedió incluso a Azram. Los registros —esos que solo los más ancianos se atreven a tocar— lo mencionan como el que quiso ser viento. No deseaba convertirse en humano, pues entonces aún no existían los humanos sobre la tierra. Quería ser otra cosa. Algo más leve. Algo capaz de huir sin dejar rastro.

Reunió los tres elementos: un recipiente, un testigo, un sacrificio.

Pero el recipiente era otro demonio, y la esencia no encontró conducto, sino competidor. Ambos se devoraron mutuamente durante trescientos años en un bucle de agonía que los Señores posteriores llamarían la Danza de los Vacíos. Sus restos aún flotan en alguna capa olvidada del Infierno, esperando ser reclamados por la materia prima del Averno.

Luego vino Azram.

Su nombre sí se conserva, aunque deformado por los siglos. Azram era un demonio de rango medio, de esos que existen en la periferia del poder: lo bastante fuerte para no ser aplastado, pero no lo bastante como para aspirar a algo más. Todo cambió cuando conoció a una humana durante una de las incursiones superficiales que los demonios realizaban para recordar que existía un mundo más allá del fuego eterno.

Se llamaba Lyra.

Y su única particularidad era haber nacido con un don que los humanos llamaban vista: podía ver a través del velo, percibir las formas de los seres de otros planos.

Vio a Azram cuando ningún otro humano lo veía.

Y, en lugar de huir, se quedó.

Nadie sabe cuánto duró el amor de Azram. El tiempo en el Infierno no se mide igual que en la tierra. Pero se sabe que, cuando el demonio decidió dejar su esencia atrás para convertirse en hombre, ya había transcurrido casi una vida humana para Lyra. Ella envejecía. Él no.

La desesperación lo consumió hasta que encontró el ritual de los heraldos y decidió ejecutarlo.

Fue el único que estuvo cerca de lograrlo.

Su recipiente fue Lyra. Voluntaria. Consciente. Dispuesta a convertirse en un conducto para que el ser que amaba pudiera cruzar al otro lado. Su testigo fue un demonio anciano que, a cambio de una promesa de poder, accedió a observar sin intervenir. Su sacrificio fue su propia sangre, vertida durante siete noches mientras el calor del Averno se filtraba en sus venas y las vaciaba lentamente.

Pero Azram había olvidado algo esencial: la esencia de un demonio no puede pasar por un humano sin que ese tránsito deje una huella.

A medida que el ritual avanzaba, Lyra comenzó a transformarse. No en demonio, sino en algo peor: un ser a medio hacer, una grieta entre dos mundos que empezó a absorber no solo la esencia de Azram, sino todo cuanto la rodeaba. El testigo, aterrorizado, rompió el juramento de inmovilidad y trató de intervenir.

Para entonces ya era tarde.

La energía que Azram había liberado se había vuelto incontrolable, una marea de fuego negro que se derramó sobre la tierra y, durante siglos, hizo brotar pesadillas alrededor de lugares malditos.

Lyra desapareció.




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