Siete noches de sangre

⊱ PRÓLOGO ⊰

Nadie recuerda ya el nombre del reino que Kael juró destruir. Las crónicas que lo mencionaban ardieron junto con sus archivos; los pocos supervivientes que pudieron contarlo murieron en silencio, degollados por manos que nunca vieron llegar. La historia la escriben los vencedores, dice el proverbio, pero, en este caso, la escribió un único hombre convertido en algo peor que cualquier ejército.

Fue guerrero antes de convertirse en demonio. No señor de la guerra, ni general, ni príncipe de sangre azul: un combatiente de esos que pueblan las filas anónimas de los batallones sacrificables. Sirvió a un rey al que nunca vio en persona, combatió en guerras cuyas causas olvidó antes de que las heridas cicatrizaran y derramó su sangre por fronteras que otros trazaron en mapas mientras él se pudría en el barro.

El odio no le llegó de golpe, sino como un veneno que se filtra gota a gota. Primero fue la indiferencia de sus superiores, que enviaban hombres a la muerte con la misma despreocupación con que se cambian de guantes. Luego llegó el abandono: una campaña perdida por negligencia, un flanco descubierto por soberbia, una retirada cuya orden jamás llegó.

Sus compañeros de armas cayeron uno tras otro, degollados por la espada enemiga o desangrados en la hierba mojada. Cuando alzó la vista para pedir refuerzos, solo encontró el horizonte vacío y el silencio de los cuarteles que ya daban por perdida aquella batalla.

Lo capturaron vivo porque quisieron hacer de él un ejemplo. No lo mataron en el campo de batalla: lo arrastraron hasta una jaula y lo colgaron en el patio del cuartel enemigo, para que todos los prisioneros vieran qué sucedía con quienes se resistían. Lo torturaron con paciencia metódica, día tras día, sin prisa. La crueldad, cuando se institucionaliza, pierde toda urgencia.

No quebró.

Eso fue lo que sus verdugos no comprendieron: en aquel cuerpo desgarrado ya no quedaba ningún hombre al que doblegar. Había matado dentro de sí cualquier atisbo de piedad mucho antes de que le pusieran las primeras marcas. Lo que encontraron fue una roca donde otros habrían hallado carne.

Murió al atardecer del vigésimo séptimo día de cautiverio. No por las heridas, que empezaban a infectarse, ni por la desnutrición, que lo había consumido hasta dejarle los huesos a punto de perforar la piel. Murió porque su corazón se negó a seguir latiendo en un mundo que le había enseñado que la única justicia era la que uno mismo tomaba con las manos ensangrentadas.

Su último aliento no fue un ruego.
No pidió clemencia a los dioses en quienes nunca creyó. No susurró el nombre de una madre que había muerto años atrás. No maldijo a sus captores con palabras bonitas ni invocó venganzas poéticas. Su último aliento fue una convicción tan pura, tan absoluta, tan desprovista de duda, que el universo mismo se vio obligado a escucharla.

—Volveré —dijo con la boca llena de sangre—. Ninguno de ustedes estará a salvo.

No era una amenaza.
Era una certeza.

No hubo luz. No hubo trompetas, ni ángeles caídos, ni descensos dramáticos entre relámpagos. Lo que ocurrió fue más sencillo, más terrible: el aire frente a la jaula se rasgó.

A través de la abertura no se vio el cielo, ni las estrellas, ni la negrura del vacío. Se vio algo que los soldados presentes nunca podrían describir, porque sus cerebros, protegidos por la cordura, se negaron a procesarlo. Algunos dijeron después que era un ojo. Otros, una grieta llena de dientes. Los más honestos confesaron no recordar nada: solo un vacío blanco en la memoria y un temblor en las manos que no cesó hasta el día de sus muertes.

El cadáver se descompuso en tres segundos, algo que la naturaleza habría tardado semanas en lograr. La carne se desprendió de los huesos; ya que estos se pulverizaron. La masa uniforme resultante fue succionada hacia aquella rasgadura como si alguien hubiera tirado de un tapón.

La jaula quedó vacía.
La grieta se cerró.

Los verdugos, que habían planeado seguir torturando al día siguiente, se miraron unos a otros con una expresión que ninguno quiso nombrar.
Miedo.

El Infierno no es un reino. Es una herida. Una fisura en la estructura de lo real por donde se filtran las sobras de la creación, los restos que ninguna cosmogonía se molestó en reciclar. No tiene fuego eterno en el sentido en que los mortales imaginan ese fuego; es solo el residuo térmico de algo mucho más profundo. Aunque calor sí tiene. Uno que no quema la piel, sino algo más adentro. Algo que los muertos ya no poseen, pero que las almas, paradójicamente, aún conservan.

Despertó sin cuerpo. Eso fue lo primero que comprendió, aunque la palabra «comprender» fuera demasiado generosa para lo que ocurría en aquel estado embrionario de conciencia. Flotaba en una densidad que no era ni líquida ni gaseosa, empujado por corrientes que no respondían a ningún viento, rodeado de otras presencias que gemían, gritaban o simplemente se deshacían en silencio.

Era un demonio menor. Lo más bajo de lo bajo. Un manojo de rencor recién nacido, con apenas la capacidad de saber que existía.
Y de odiar. No eligió hacerlo. El odio era él. Lo habían reducido a eso, como se reduce un árbol a carbón mediante calor y presión. Su memoria, su destreza con la espada, su resistencia al dolor: todo seguía allí, pero comprimido hasta lo insoportable, aguardando una nueva forma de existir.




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