Mucho antes de que Kael comprendiera qué había sentido desde el borde del mundo de los vivos, mucho antes de que aquella presencia adquiriera nombre, cuerpo o destino, uno de sus demonios cruzó una grieta por una orden menor.
Kael aún no podía saberlo, pero aquello que había rozado su percepción no era una presencia viva.
Era un eco.
La sombra adelantada de alguien que todavía no existía.
El nombre de Morrigan aún no había sido pronunciado en ningún plano. No había nacido. No había respirado. No había llorado entre los brazos de nadie. Y, sin embargo, algo en ella ya empujaba desde el futuro, como si ciertos seres fueran tan inevitables que el universo empezara a recordarlos antes incluso de crearlos.
Todo comenzó con una misión trivial. O, al menos, con una misión que lo parecía.
La grieta se abrió en el techo de un aparcamiento subterráneo, a tres calles del objetivo. No hubo luz, no hubo sonido ni ningún indicio visible de que el aire se hubiera rasgado como una tela mal cosida. Los demonios aprendieron hace milenios que la discreción era la primera herramienta del oficio, y aquel que ahora cruzaba el umbral entre mundos conocía bien esa lección.
Se llamaba Varek.
Había servido a Kael desde antes de que ese nombre fuera algo más que un susurro temeroso en los niveles inferiores. Su rango era modesto: comandante de escuadrones de castigo y responsable de vigilar que las almas recién llegadas no intentaran fugas imposibles. Sin embargo, gozaba de una ventaja que pocos de su posición poseían: la confianza de su señor.
No porque Kael confiara en nadie.
No lo hacía.
Pero Varek había demostrado durante siglos una lealtad tan plana, tan predecible, que resultaba casi invisible. No conspiraba. No ambicionaba. No miraba hacia arriba con hambre en los ojos. Hacía lo que se le ordenaba y regresaba a su puesto sin pedir recompensas.
Esa falta de aspiración, irónicamente, lo había mantenido con vida más tiempo que a muchos seres más poderosos.
La misión era simple: recuperar un alma condenada.
Un antiguo traficante de personas, procedente de un país cuyo nombre ya no importaba, había encontrado la manera de escabullirse al mundo mortal durante un eclipse menor. No había roto su condena ni recuperado su libertad; simplemente se había colado por una fisura temporal que los supervisores infernales, ocupados en asuntos de mayor calibre, habían dejado sin vigilancia.
Ahora vagaba por las calles de una ciudad cualquiera, atrapado en un ciclo de confusión, presa del miedo, sin capacidad de interactuar con los vivos, pero con el potencial de atraer la atención de ciertos humanos sensibles a lo sobrenatural.
Había que recuperarlo y devolverlo a su fosa antes de que algún cazador de fantasmas aficionado grabara un vídeo que se volviera viral, planteando preguntas incómodas.
Varek ajustó el cuello de su chaqueta negra, una prenda anónima comprada en alguna tienda de un centro comercial durante una incursión anterior, y caminó hacia la escalera. Un coche arrancó en algún nivel superior; los neumáticos chirriaron sobre el suelo pulido. Después, todo volvió al silencio propio de las tres de la madrugada.
El objetivo estaba a quince minutos a pie, según los cálculos que le habían proporcionado antes de partir.
No tenía prisa.
La noche era joven para los muertos que se hacían pasar por vivos.
Salió del aparcamiento y se fundió con las sombras de una calle vacía.
El alma condenada parecía una llama inquieta, una chispa que se negaba a apagarse. No tenía bordes claros: se movía como un fuego atrapado en un cuerpo que no entiende, subiendo y bajando, encogiéndose y estirándose sin ritmo, como si respirara a medias. Su luz era débil, cada vez que avanzaba, dejaba un destello breve, casi triste, que se deshacía en el aire antes de que alguien pudiera fijarse. Bajo las farolas anaranjadas, su brillo parecía aún más cansado, como si la noche le pesara encima.
No tenía rostro.
No tenía forma humana.
No opondría resistencia.
Las almas fugadas nunca la oponían; no tenían la fuerza para ello. Era solo un fuego perdido, obligado a seguir ardiendo aunque ya no quedara nada que quemar.
Varek extendió la mano.
El alma flotó hacia él, atraída como por un imán.
El proceso era sencillo. Un pensamiento, un gesto, y la materia espiritual se plegó sobre sí misma hasta alcanzar el tamaño de una canica opaca. La encerró en una cápsula de hueso ennegrecido, sellada con marcas infernales, y la guardó en el bolsillo interior de su chaqueta.
Luego se giró para regresar al punto de entrada.
Entonces la vio.
Estaba sentada en un banco, cerca de la entrada del parque.
No la había visto antes porque ella no había estado allí. Lo supo con la certeza absoluta que proporcionaban siglos de entrenamiento en la percepción del entorno: aquella mujer se había sentado mientras él recogía el alma, en el lapso exacto de unos segundos.
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Editado: 28.06.2026