Aquella noche, cuando regresó al Infierno, Varek tomó una decisión. Iba a buscar una manera de quedarse.
Los archivos infernales eran infinitos, pero conocía a alguien capaz de guiarlo por el camino correcto. Alguien lo bastante viejo para recordar las cosas que los Señores del Averno habían intentado borrar.
Se llamaba Morven. Era un demonio anciano, tanto que había visto la ascensión de tres gobernantes supremos antes de Kael. Se había especializado en el estudio de lo que los Señores llamaban herejías ontológicas: rituales prohibidos, transgresiones cósmicas y actos capaces de desafiar la naturaleza misma del Averno.
También sabía que hablar de ellos era un delito castigado con la disolución eterna. Pero llevaba tanto tiempo en los escalones más bajos de la jerarquía que ya no le importaba demasiado seguir existiendo.
—Lo que buscas no existe —dijo Morven, tras escuchar a Varek en una cámara secreta bajo los pozos de lamento—. Un demonio no puede convertirse en humano. La esencia demoníaca no se elimina. Se hereda, se absorbe, se fragmenta, pero nunca desaparece.
—Tiene que haber una manera.
—La hay. Pero no querrás saberla.
—Dime.
El anciano guardó silencio durante unos segundos, como si incluso pronunciar aquel nombre pudiera despertar algo enterrado.
—El ritual de la Desposesión. Dicen que fue ideado en la era de Azram, cuando un demonio enloquecido por el amor intentó huir del Averno para convertirse en hombre. Portaba secretos prohibidos traídos por los heraldos del Humo. Según la leyenda, fracasó. Su esencia se derramó sobre la tierra y, durante siglos, allí brotaron pesadillas junto a lugares malditos. Desde entonces, el ritual quedó enterrado en los archivos perdidos. Casi nunca realizado. Siempre olvidado por miedo.
—¿Qué requiere?
—Tres cosas. Primero: un recipiente consciente y voluntario que acepte albergar tu esencia demoníaca después de que la arranques de ti. Las versiones más antiguas hablan de un recipiente humano, porque los humanos no pueden asimilar la esencia durante mucho tiempo y actúan como conductos. Pero no es la humanidad lo que importa. Es la voluntad.
Varek frunció el ceño.
—¿Y lo segundo?
—Un testigo inmortal que observe el proceso y certifique que se ha completado. No puede ser el recipiente. No puede intervenir. Solo mirar. Solo recordar.
—¿Y lo tercero?
Morven bajó la voz.
—Un sacrificio de sangre demoníaca. La tuya propia. Vertida gota a gota durante siete noches mientras tu cuerpo se vacía de fuerza. Al final, lo que eres será arrancado de ti. No como quien se quita una armadura, sino como quien se arranca los huesos sin permiso para gritar.
Varek tardó unos segundos en responder.
—¿Qué pasa con mi esencia? ¿Qué le ocurre después de que la arranco?
Morven encogió los hombros.
—Se descompone. Se disuelve. Vuelve a la materia prima del Infierno, igual que el cuerpo de un demonio al morir. El recipiente no la retiene más que unos instantes; es solo un conducto. No se destruye, porque la esencia demoníaca es indestructible. Se dispersa hasta volverse irreconocible. Durante unos siglos, quizá, algunos fragmentos flotarán en el aire del Averno. Luego se unirán a otras cenizas para formar parte de nuevos seres. Todo rastro de ti habrá desaparecido.
—¿Qué sucederá conmigo? —insistió Varek—. ¿Qué soy después del ritual?
—Humano —respondió Morven—. Completamente humano. Con todas las consecuencias que eso conlleva: envejecerás, enfermarás, morirás. Cuando llegue ese momento, tu alma no regresará al Averno. No tendrás derecho a ningún trono, a ninguna fosa, a ninguna condena conocida. Serás un alma errante, un fantasma sin destino, a menos que alguna fuerza superior decida reclamarte. Y las fuerzas superiores rara vez se interesan por los traidores.
Varek se quedó callado, procesando la información.
Convertirse en humano significaba perderlo todo: su fuerza, su inmortalidad, sus capacidades, su lugar en la jerarquía. También significaba perder la protección del Infierno. Los demonios que abandonaban su naturaleza se convertían en presas; el Averno tenía demasiados depredadores hambrientos.
Pero también significaba algo más.
Poder envejecer junto a Elara.
Poder tocarla sin miedo a dañarla.
Poder mirarla a los ojos y decirle la verdad, toda la verdad, sin que entre ellos mediara el abismo de siglos de mentiras.
—¿Dónde consigo un recipiente humano? —preguntó.
Morven sonrió, mostrando dientes negros.
——Esa es la parte más difícil. El recipiente debe ofrecerse voluntariamente, con pleno conocimiento de lo que implica. Debe saber que albergará una esencia demoníaca, aunque sea por unos segundos. Ese contacto puede quemarlo por dentro. La mayoría muere en el intento. Los pocos que sobreviven quedan marcados de por vida: ven cosas que nadie debería ver, sueñan con el Averno, sienten el eco de una fuerza que no les pertenece latiendo bajo la piel.
—¿Qué ocurre si el recipiente muere durante el ritual?
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Editado: 28.06.2026