Siete noches de sangre

⊱ CAPÍTULO 3: EL CÍRCULO DE TIZA Y SANGRE ⊰

El resplandor rojo entre los árboles no se movía con la prisa de un depredador, sino con la parsimonia de quien sabe que la presa no tiene adónde huir.

Varek lo observó durante unos segundos, los músculos de la mandíbula tensos; luego apartó la mirada de la ventana con un esfuerzo consciente.

El pánico era un lujo que no podía permitirse.

—No son muchos. Tal vez dos, tal vez tres. Los rastreadores suelen trabajar en grupos pequeños.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó ella.

Su voz sonó serena, aunque sus dedos se habían cerrado alrededor del borde de la mesa.

—Porque yo fui uno. Durante siglos. Cazaba almas fugadas, desertores, demonios que intentaban cambiar de bando sin permiso. Nunca necesitábamos más de tres para un objetivo que considerábamos débil.

—Pero tú ya no eres un demonio.

—No. Pero ellos no lo saben. Huelen lo que queda de mi esencia. Eso les dice que soy presa fácil: un ser degradado, debilitado, apenas un escalón por encima de los condenados comunes. No van a enviar a sus mejores cazadores para algo que consideran una limpieza rutinaria.

Elara asintió, procesando la información con esa calma metódica que tanto lo desconcertaba.

No temblaba.

No lloraba.

No le pedía que hiciera algo imposible.

Simplemente estaba allí, a su lado, como si la situación más extraordinaria del mundo pudiera enfrentarse igual que cualquier otra: respirando, pensando, actuando.

—¿Qué necesitas? —preguntó.

Varek la miró y sintió una oleada de algo que no sabía si llamar gratitud o desesperación.

En el Infierno, nadie ofrecía ayuda sin esperar algo a cambio. Los demonios no se preguntaban qué necesitaba el otro; se preguntaban qué podían obtener de él. Elara, en cambio, parecía incapaz de concebir el mundo en esos términos.

Veía a alguien en peligro.

Le ofrecía la mano.

No por cálculo.

No por deber.

Sino porque su naturaleza la empujaba a hacerlo.

—Tiza —respondió, señalando la estantería medio vacía—. O carbón. Algo con lo que pueda dibujar sobre la madera. También necesito sal. Y un espejo, cualquiera, aunque sea pequeño.

No preguntó para qué.

Cruzó la habitación a pasos rápidos y empezó a rebuscar en los cajones de la cocina, mientras Varek se arrodillaba en el suelo y cerraba los ojos.

Los últimos fragmentos de su conocimiento infernal seguían allí, incrustados en su memoria como esquirlas. No eran poderes. No eran habilidades activas. No eran nada que pudiera convocar con un gesto o una palabra.

Eran recuerdos.

Recuerdos de círculos de protección, de símbolos que contenían el avance demoníaco, de materiales que actuaban como barreras contra la esencia del Averno.

Recordaba, por ejemplo, que la sal cristalizaba y dispersaba la energía corrupta, impidiendo que las entidades cruzaran su línea; el carboncillo mezclado con sangre funcionaba como vínculo entre el mundo físico y el plano infernal, obligando a la protección a mantenerse mientras la voluntad del trazador resistiera.

Los símbolos eran antiguos, complejos, procedentes de lenguas perdidas diseñadas por quienes habían descendido voluntariamente al abismo siglos atrás. Algunos protegían la mente. Otros, el cuerpo. Otros, el espacio mismo.

Varek lo había visto hacer a otros en tiempos remotos, cuando aún servía bajo comandantes que sabían cosas que él no sabía.

Nunca había necesitado usarlos porque nunca había estado del lado equivocado de la barrera.

Ahora estaba en el lado equivocado.

Y todo lo que le quedaba era la memoria.

Elara encontró un trozo de carboncillo en un cajón junto a la chimenea y se lo alcanzó sin decir nada antes de retomar la búsqueda. La sal apareció en un tarro de cerámica junto a la cocina de leña.

El espejo tardó más.

Era pequeño, de mano, con el marco de plástico negro agrietado en una esquina. Lo encontró en el fondo de una maleta, debajo de la cama, junto a ropa vieja y fotografías borrosas de personas que Varek nunca conocería.

—¿Algo más? —preguntó ella.

—Sangre.

Elara se quedó inmóvil.

—¿De quién?

—Mía.

Vaciló por primera vez.

No por miedo a la sangre, sino porque entendía lo que eso significaba. Él ya no se regeneraba. Cada herida, por pequeña que fuera, tardaría en cerrarse como la de cualquier ser humano. Perder sangre en un ritual ya no era un gesto simbólico.

Era un sacrificio real.

Medible.

Peligroso.

—¿Cuánta? —preguntó.

—Unas gotas. No más.

Elara asintió y se acercó a la cocina. Volvió con un cuchillo pequeño, de esos que se usan para pelar frutas, y se lo tendió con la mano firme.




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