Siete noches de sangre

⊱ CAPÍTULO 2: VISITAS QUE NO EXISTEN ⊰

INFIERNO CENTRAL. FORTALEZA DE KAEL.
REGISTRO DE INGRESO: 03:34 HORAS.
MISIÓN: RECUPERACIÓN EXITOSA.

Regresó al Infierno con el alma fugada en el bolsillo y una pregunta incómoda instalada en la cabeza. Rindió cuentas a su superior inmediato, un demonio de rostro deforme y voz grave que respondía al nombre de Uldred. Recibió el habitual gruñido de aprobación.

No hubo preguntas sobre lo que había visto o hecho en el mundo mortal, porque nadie en la jerarquía se interesaba por los detalles de las misiones menores. Entre los suyos, la cultura de la sospecha se respiraba en cada corredor: cada gesto era observado; cada silencio podía interpretarse como traición o debilidad.

Kael gobernaba mediante el miedo y la desconfianza, enfrentando a sus siervos entre sí para evitar cualquier amenaza a su trono.

Los demonios eran herramientas.

Y las herramientas no tenían historias que contar.

Varek no pudo olvidar a Elara.

No era un pensamiento constante, no al principio. Más bien un eco. Una imagen que aparecía en los momentos de menor ocupación: mientras vigilaba las fosas de tortura, mientras cruzaba los puentes de hueso sobre los ríos de alquitrán, mientras escuchaba los informes rutinarios de sus subordinados.

Pasaron semanas hasta que aceptó la verdad: quería volver a verla.

Buscó excusas. Una misión nueva, algún alma fugada cerca de aquella ciudad. Pero las almas fugadas no aparecían por decreto. Así que hizo lo que cualquier demonio sensato habría considerado una estupidez: abrió una grieta por su cuenta, sin autorización, arriesgando su rango e incluso su existencia.

Apareció en el mismo aparcamiento subterráneo. Era de noche, otra vez. La ciudad seguía siendo la misma, con sus calles adoquinadas y sus farolas anaranjadas. Caminó hacia el parque con el corazón —ese órgano que los demonios no poseían pero cuyos latidos fantasma sentía ahora con claridad— latiéndole en el pecho.

Ella estaba allí. En el mismo banco, con el mismo abrigo. Como si hubiera sabido exactamente cuándo debía esperarlo.

Al verlo, sonrió con ese gesto pequeño que tanto lo había desconcertado la primera vez.

—Sabía que volverías.

—¿Cómo?

—No lo sé. Simplemente lo sabía.

Varek se sentó a su lado. Esta vez no en el extremo opuesto, sino más cerca, a una distancia que rozaba lo íntimo sin atreverse a traspasarlo.

Elara no se apartó.

Hablaron hasta que el cielo empezó a clarear. Él le contó mentiras a medias: que trabajaba en seguridad, que viajaba mucho, que no dormía bien. Ella escuchó con una atención que ningún otro ser le había dedicado nunca. No interrumpía. No juzgaba. Simplemente estaba allí.

—¿Siempre haces eso? —preguntó Varek en algún momento.

—¿Qué cosa?

—Escuchar como si importara.

Elara ladeó la cabeza.

—Quizá porque importa.

—No sabes quién soy.

—No —admitió ella—. Pero sé que estás solo.

Varek se quedó inmóvil. La frase no fue una acusación ni una lástima. Fue una certeza sencilla, dicha sin crueldad, y quizá por eso le dolió más.

Cuando las primeras luces del alba tiñeron el horizonte de un gris rosado, supo que debía irse. Las grietas dimensionales resultaban más difíciles de ocultar durante el día; los supervisores infernales, aunque negligentes, no eran ciegos.

—¿Volverás? —preguntó Elara.

—Sí —respondió él.

Ella asintió, como si hubiera recibido la respuesta que esperaba. Varek se despidió con un gesto torpe antes de desaparecer en el aire rasgado del aparcamiento.

En el Infierno, esa misma noche, cerró los ojos y trató de recordar el olor del mundo mortal.

Volvió a la semana siguiente. Luego a la siguiente. Después a la siguiente.

Cada visita duraba unas horas, siempre de noche, siempre en aquel parque diminuto. Con el tiempo, Elara empezó a traer café en un termo metálico. Varek aprendió a fingir que lo bebía. Aprendió también los ritmos de su voz: cómo se aceleraba cuando hablaba de libros, cómo se volvía más pausada cuando mencionaba a su madre muerta, cómo enmudecía por completo cuando la noche se tornaba demasiado quieta.

En esos momentos, ambos se quedaban simplemente mirando las estrellas. Él podía contarlas una por una. Ella las miraba como si contarlas fuera una forma de arruinarlas.

Una noche, Elara llegó con las manos temblando de frío. Varek pudo haber abierto una grieta al Infierno. Pudo haber llamado fuego. En lugar de eso, se quitó la chaqueta y se la puso sobre los hombros.

Elara lo miró como si aquel gesto fuera más peligroso que cualquier amenaza.

—Gracias —susurró.

Varek no respondió. No sabía cómo explicar que acababa de hacer algo sin cálculo, sin orden y sin beneficio alguno.

Nunca se besaron. Nunca se tocaron más allá del roce accidental de las manos al compartir el termo, o del peso de aquella chaqueta sobre los hombros de ella. Pero había algo entre ambos que crecía como una planta en la oscuridad, alimentándose de silencios compartidos y de miradas que duraban un segundo más de lo necesario.




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