CERNUNNOS, FRONTERA ENTRE POLONIA Y ESLOVAQUIA.
06:02 DE LA MAÑANA.
PRIMER AMANECER DE VAREK COMO HUMANO.
El mundo mortal lo recibió con frío, con aire, con el golpe de la gravedad sobre un cuerpo que ya no sabía protegerse. Cayó de rodillas junto al banco del parque, con las manos hundidas en la tierra húmeda. Durante unos segundos, no pudo hacer otra cosa que respirar. Cada inhalación era torpe, dolorosa, necesaria.
Ella lo estaba esperando, como siempre. El termo de café humeaba a su lado. El abrigo demasiado grueso la envolvía. La luz del alba pintaba su cabello de tonos cobrizos.
—Varek —dijo Elara. Su nombre sonó diferente esa mañana, como si ella supiera que algo había cambiado—. ¿Estás bien?
Varek se puso en pie con dificultad y se sentó a su lado. Tomó sus manos entre las suyas, esas manos humanas, frágiles, cálidas, y las sostuvo con una ternura que nunca se había permitido antes.
—Elara —respondió—. Necesito contarte algo. Algo que debí haberte contado desde el primer día.
Ella lo miró con sus ojos verdes, ligeramente teñidos de gris. Esos ojos que veían más de lo que debían. Esos ojos que nunca huían.
—No soy humano —dijo él—. O no lo era.
Elara no retrocedió. No hubo gritos ni incredulidad ni ese horror que Morven le había descrito. Solo un silencio denso, pesado. Luego ella exhaló lentamente, como si acabara de soltar un peso que llevaba años cargando.
—Lo sé —susurró.
Varek parpadeó, aturdido.
—¿Qué?
—Que no eras humano. Lo he sabido desde el principio.
—¿Y aun así...?
—Aun así, eso no cambia quién eres para mí.
Él no supo qué hacer con aquella aceptación.
—He servido al Infierno —confesó—. He hecho cosas imperdonables. He cazado almas. He obedecido órdenes que ningún hombre debería obedecer. He sido un monstruo durante siglos.
—Lo sé.
—No. No lo sabes.
—Entonces cuéntamelo.
Varek bajó la mirada.
Le contó la verdad como ella le había pedido. No toda, porque ninguna vida de siglos cabe entera en una mañana, pero sí lo suficiente. Le habló de Kael, del Averno, de las fosas, de las misiones, de Uldred, de Morven, del ritual. Le dijo que había sacrificado su inmortalidad por ella. Que ahora era humano. Que no podía volver. Que, si el Infierno descubría lo que había hecho, vendrían por él.
Y quizá también por ella.
Elara escuchó en silencio.
Cuando terminó, no preguntó por qué.
No preguntó si se arrepentía.
Solo dijo:
—Entonces tenemos que irnos.
Esa aceptación, tan absoluta como tranquila, fue lo que selló su destino. Ya no había vuelta atrás. El Infierno los encontraría tarde o temprano. Uldred podía haber cumplido su parte del trato o haberlos vendido en el último segundo. Kael podría enviar a sus legiones enteras.
Pero en ese instante, bajo la luz gris del amanecer, solo importaba una cosa: necesitaban desaparecer.
Varek ya no podía abrir grietas a voluntad, pero Morven le había entregado una última herramienta antes del ritual: una astilla de hueso infernal empapada en su propia sangre, una llave de emergencia capaz de desgarrar el mundo una sola vez.
Solo una.
Elara la sostuvo entre los dedos sin temblar.
—¿Dolerá? —preguntó.
—Sí.
—Entonces hazlo rápido.
Varek rompió la astilla.
La grieta se abrió ante ellos con un sonido bajo. No conducía al Averno, sino a un lugar olvidado en los mapas humanos, un rincón remoto donde, entre sombras espesas, el tiempo parecía detenerse.
Cruzaron juntos.
Dejaron atrás la ciudad.
El parque.
Las farolas anaranjadas.
La vida que habían construido en secreto.
Viajaron durante días, siempre de noche, evitando las carreteras principales y las grandes ciudades. Varek, ahora humano, sentía cada kilómetro en los músculos, cada paso como un recordatorio de su nueva fragilidad. Tenía hambre. Tenía frío. Le dolían los pies. La piel se le abría con ramas que antes ni siquiera habría notado.
Elara no se quejó.
Llevaba una mochila ligera, una botella de agua y esa calma inquebrantable que servía de ancla cuando el pánico amenazaba con devorarlo.
Finalmente, alcanzaron la cabaña. Era un refugio viejo, perteneciente a un ancestro de Elara que había vivido aislado por elección, no por miedo. Estaba escondida en lo profundo de un bosque de montaña, lejos de cualquier ruta de senderismo, rodeada de pinos antiguos que actuaban como guardianes silenciosos.
La noche cayó sobre el bosque como un manto de tinta. Las paredes de la cabaña eran de troncos oscuros, con grietas por las que se filtraba el aire helado. Una chimenea de piedra, tosca pero funcional, conectaba con un tejado de pizarra desgastada por décadas de tormentas. Dentro, el fuego crepitaba, arrojando sombras sobre los pocos muebles: una mesa de madera con tres sillas desparejadas, una estantería medio vacía, una cama en el rincón cubierta con mantas de lana gruesa. Las ventanas tenían los postigos cerrados y, sobre ellos, alguien había clavado tiras de metal que brillaban tenuemente a la luz de las llamas.