El golpe se repitió, más fuerte.
La puerta crujió en sus bisagras, pero no cedió. Los símbolos de protección que había dibujado en el marco antes de encerrarse brillaron con una luz tenue, apenas visible. El impacto se disipó como si alguien hubiera apagado una llama.
—El trazado aguanta —murmuró—. Por ahora.
Elara también se puso de pie.
—¿Qué hacen?
—Prueban los límites. Buscan puntos débiles. No entran directamente porque saben que la protección los rechazaría, pero si encuentran una grieta, una rendija, algún punto donde la barrera sea más fina...
—¿Podrán entrar?
—Podrán intentarlo.
El resplandor se movió hacia la izquierda, hacia la única ventana que daba al bosque.
Tras los postigos cerrados, algo susurró.
No eran palabras. No en un idioma humano. Pero Elara sintió el significado en lo más profundo del pecho: una invitación a abrir la ventana, a salir al exterior, a dejar atrás el frío, la oscuridad, el miedo.
La voz era dulce.
Casi amable.
Como la de una madre llamando a su hija para que volviera a casa después de haberse perdido demasiado tiempo.
Elara dio un paso hacia la ventana.
Varek la agarró del brazo con una fuerza que no sabía que aún poseía.
—No.
Ella parpadeó, confusa, como si despertara de un sueño.
—¿Qué...?
—Te están llamando. No escuches. Cúbrete los oídos si es necesario, pero no escuches.
Elara obedeció.
Se tapó los oídos con las palmas de las manos, cerró los ojos y se concentró en su respiración.
Durante un instante, una presión extraña le recorrió el vientre.
No fue dolor.
Fue algo distinto.
Un tirón profundo, imposible, como si la voz no la hubiera llamado solo a ella, sino también a algo que aún no existía y que, sin embargo, ya parecía capaz de estremecerse ante la oscuridad.
Elara abrió los ojos de golpe.
Varek lo notó.
—¿Elara?
—Estoy bien —dijo ella, demasiado rápido.
No lo estaba.
Pero seguía dentro del círculo.
Y eso bastaba.
Varek dirigió la atención hacia el exterior.
Los rastreadores eran tres. Los distinguía por el brillo de sus esencias en la oscuridad. No podía verlos directamente; sus ojos humanos carecían de la percepción sobrenatural que había poseído durante siglos, pero el círculo le transmitía información como una telaraña transmite las vibraciones de un insecto atrapado.
Uno de los seres era grande, pesado, probablemente el encargado de derribar las defensas físicas.
Otro era pequeño y rápido: el susurrador, el que trabajaba sobre las mentes.
El tercero era diferente.
Su esencia no brillaba con el rojo oscuro de los demás, sino con un tono violáceo que Varek reconoció con un escalofrío.
Un especialista.
Alguien enviado para analizar la protección, encontrar su punto débil y deshacerla desde los cimientos.
—Hay un tercero —dijo en voz baja—. No es un rastreador normal. Es un deshacedor. Los Señores lo enviaron para romper la barrera.
Elara apartó despacio las manos de sus oídos.
—¿Puede hacerlo?
—Sí. Con tiempo suficiente, sí.
—¿Cuánto tiempo?
—Horas. Quizá menos, si es más hábil de lo que parece.
La cabaña se estremeció.
No fue un temblor de tierra, sino algo más sutil: un crujido en las paredes, un rechinamiento en las vigas del techo, como si la casa entera contuviera la respiración.
Varek apoyó una mano en el suelo, dentro del trazado, sintiendo cómo los símbolos vibraban bajo sus dedos.
El deshacedor estaba trabajando.
No de forma violenta.
De forma meticulosa.
Aplicando presión en los puntos exactos donde la protección era más frágil.
—No puedo quedarme aquí sentado —dijo Varek—. Tengo que hacer algo.
—¿Qué?
—Hablar.
Elara lo miró como si acabara de decir la mayor locura del mundo.
—¿Con demonios?
—He sido uno de ellos. Sé lo que quieren. No es matarnos, no necesariamente. Es recuperarme, castigarme o asegurarse de que no pueda volver a convertirme en un problema. Si les ofrezco algo más valioso que mi cabeza...
—¿Qué podrías ofrecerles que valga más que tu cabeza?
Varek dudó.